Aire fresco

Traducción del cuento Cool air de H.P. Lovecraft

 

Me pides que te explique por qué le temo a una brisa de aire fresco; por qué al entrar a una habitación fría me estremezco más que otros, y por qué me dan nauseas y rechazo cuando el frío del atardecer repta dentro del calor de un suave día otoñal. Hay quienes dicen que respondo al frío como otros lo hacen a un mal olor, y yo soy el último en negar dicha impresión. Lo que haré es relatar la más horrible circunstancia que jamás haya encontrado, y te dejaré a ti juzgar si esto te parece una explicación adecuada de mi peculiaridad.

Es una equivocación imaginar que el horror está asociado inextricablemente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo encuentro en el brillo de la tarde, en el estruendo de una metrópolis, y en medio de una atestada, andrajosa y común casa de huéspedes con una casera prosaica y dos fornidos hombres a mi lado. En la primavera de 1923 había asegurado un monótono e infructuoso trabajo en una revista en la ciudad de Nueva York; e incapaz de pagar una renta substancial, fui a la deriva, de pensión en pensión, en busca de una habitación que combinara las siguientes cualidades: una limpieza decente, muebles tolerables, y un precio razonable. Pronto descubrí que tan sólo podía elegir entre distintos males, pero después de un tiempo encontré una casa en la calle Catorce Oeste la cual me desagradó mucho menos que las otras que había visto.

El lugar era una mansión de cuatro pisos de piedra rojiza, construida aparentemente a final de los años cuarenta, equipada con maderaje y mármol cuyo teñido y manchado esplendor hablaba de un descenso desde los elevados niveles de la opulencia del buen gusto. En las habitaciones, amplias y altas, y decoradas con un papel tapiz imposible y ridículas y floridas cornisas de estuco, parecía suspenderse una depresiva humedad y el indicio de los hedores de una oscura cocina; pero los pisos estaban limpios, la mantelería tolerablemente regular, y el agua caliente no tan tibia y no se iba tan a menudo, de tal forma que comencé a considerarlo como un lugar al menos soportable en el cual podría hibernar hasta que pudiera volver a vivir de nuevo. La casera, una desaseada, casi barbada, mujer española llamada Herrero, no me molestaba con chismes o criticaba la luz eléctrica encendida en mi habitación del tercer piso, frente al vestíbulo, a altas horas de la noche; y los otros inquilinos eran silenciosos y tan taciturnos como uno pudiera desearlos, siendo ellos españoles tan sólo un poco por encima del grado más tosco y crudo. Tan sólo el estruendo de los coches en la avenida de abajo probó ser una molestia sería.

Llevaba allí unas tres semanas cuando ocurrió el primer incidente extraño. Una tarde, como a las ocho, escuché que algo salpicaba el suelo y de pronto fui consciente de que llevaba ya un tiempo oliendo el pungente olor del amonio. Mirando alrededor, observé que el techo estaba mojado y goteaba; la humedad aparentemente procedía de una esquina, la del lado que daba a la calle. Ansioso de detener el asunto desde su raíz, salí aprisa al sótano para decirle a la casera; y ésta me aseguró que se resolvería el problema cuanto antes.

“El Doctor Muñoz,” gritó ella mientras subía las escaleras delante de mí, “ha derramado sus químicos. Debería buscarse a un doctor él mismo—busca y busca todo el tiempo—pero no quiere que nadie le ayude. Su enfermedad lo hace un ser muy extraño—se la pasa tomando baños de cosas apestosas todo el día, y no puede excitarse o calentarse. Hace la limpieza de su habitación—su pequeña habitación está repleta de frascos y máquinas, y ya no trabaja como doctor. Pero fue uno muy bueno—mi padre en Barcelona ha escuchado hablar de él—y hace poco le sanó el brazo a un plomero. Nunca sale, sólo sube al techo, y mi niño Esteban le lleva su comida y su ropa limpia y sus medicinas y químicos. ¡Dios, las sales de amonio que usa ese hombre para mantenerse fresco!”

La señora Herrero desapareció en las escaleras que conducían al cuarto piso y yo regresé a mi habitación. El amonio dejó de gotear, y mientras limpiaba lo que se había derramado y abría la ventana para que entrara el aire, escuché las pesadas pisadas de la casera encima de mí. Jamás había escuchado al Doctor Muñoz, excepto por ciertos sonidos, como los de un mecanismo impulsado a base de gasolina; ya que su pisada era suave y gentil. Por un momento pensé en cuál podría ser la extraña aflicción de este hombre, y si su obstinado rechazo a la ayuda externa no era el resultado de una excentricidad más bien infundada. Hay, reflexioné trilladamente, una infinita cantidad de pathos en el estado de una persona eminente que ha caído en el mundo.

Quizá jamás habría conocido al Doctor Muñoz de no haber sido por el dolor de pecho que una mañana se apoderó de mí cuando me encontraba sentado en mi habitación. Los médicos ya me habían advertido del peligro de esos episodios, y sabía que no había tiempo que perder; así que recordando lo que la casera había dicho de la ayuda que el inválido le había prestado al trabajador herido, me arrastré escaleras arriba y toqué débilmente en la puerta superior a la mía. En un buen inglés, una curiosa voz, a cierta distancia y a la derecha, preguntándome mi nombre y asunto, respondió a mis golpes; y una vez que estas cosas fueron declaradas, se abrió la puerta aledaña a la cual había tocado.

Un soplo de aire fresco me recibió; y aunque el día era uno de los más calurosos de ese junio, me estremecí al cruzar el umbral e ingresar a un apartamento grande cuya rica decoración, de buen gusto, me sorprendió en este nido de miseria e indisposición. Una cama plegable ahora fungía su papel diurno como sofá, y los muebles de caoba, los tapices suntuosos, las viejas pinturas, y los melodiosos estantes, todo ello indicaba que me encontraba en el estudio de un caballero y no en la habitación de una pensión. Ahora veía que el vestíbulo encima del mío—“la pequeña habitación” de frascos y maquinas la cual había mencionado la señora Herrero—era simplemente el laboratorio de un doctor; y que sus habitaciones principales se encontraban situadas en la espaciosa parte aledaña cuyas convenientes alcobas y amplio baño contiguo le permitían esconder armarios y demás intrusivas cosas utilitarias. El Doctor Muñoz, sin duda alguna, era un hombre de alcurnia, cultivado y discriminatorio.

La figura frente a mí era pequeña pero exquisitamente proporcionada, y vestía ropa formal hecha a la medida. Un rostro con una expresión eminente pero no arrogante se adornaba con una barba gris, y unas anticuadas gafas protegían los oscuros y profundos ojos y montaban una nariz aguileña, la cual daba un aire morisco a la fisonomía dominantemente celtibérica. Una cabellera, gruesa y bien cortada, la cual hablaba de puntuales citas con el peluquero, se partía armoniosamente por encima de una frente amplia; y la apariencia entera hablaba de una inteligencia sorprendente y una sangre y crianza superior.

Sin embargo, al ver al Dr. Muñoz dentro de esa ráfaga de aire fresco, sentí una repugnancia la cual nada en su aspecto justificaba. Sólo su complexión lívidamente inclinada y su tacto frío podrían aportar una base física para tales sentimientos, e incluso estas cosas debían ser excusadas dada la invalidez del hombre. Quizá, también, debió ser el frío singular que me alienó; pues tal escalofrío era anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre despierta la aversión, la desconfianza, el miedo.

Pero la repugnancia se olvidó prontamente, dejando su lugar a la admiración, pues las extremas habilidades del extraño médico pronto se manifestaron a pesar de la frialdad y la agitación de sus manos, por las cuales parecía no correr sangre. Tras un vistazo, claramente comprendió mis necesidades, y se abocó a ellas con la agilidad de un maestro; mientras me aseguraba, con una voz finamente modulada aunque extrañamente hueca y sin timbre, que él era el enemigo jurado de la muerte, y que había perdido su fortuna y todos sus amigos realizando bizarros y eternos experimentos consagrados a frustrarla y extirparla. Había algo en él del fanático benévolo, y divagó casi charlatanamente al tiempo que examinaba mi pecho y mezclaba un adecuado preparado de drogas que sacaba del cuarto más pequeño del laboratorio. Evidentemente, la compañía de un hombre bien nacido le parecía una extraña novedad en ese deslucido ambiente, y sintió obligado a recitar un desacostumbrado discurso al tiempo que las memorias de mejores tiempos le iban llegando.

Su voz, aunque extraña, al menos era tranquilizadora; y al tiempo que las fluidas oraciones iban saliendo con urbanidad ni siquiera percibí su respiración. Buscaba distraer mi mente de mi propia enfermedad, hablando de sus teorías y experimentos; y recuerdo la manera diplomática con la cual me consoló por tener un corazón débil, insistiendo que la voluntad y la consciencia son más fuertes que la vida orgánica, de tal forma que un cuerpo originariamente saludable y cuidadosamente conservado, podría, por medio de un mejoramiento científico de estas cualidades, retener una especie de animación nerviosa a pesar de los más serios impedimentos, defectos, o incluso ausencias de órganos específicos. ¡Algún día podría, dijo medio en broma, enseñarme a vivir—o al menos a poseer una especie de existencia consciente—sin corazón! Por su parte, a él le afligía un complejo de males los cuales requerían un régimen muy exacto, el cual demandaba frío constante. Cualquier alza en la temperatura podría, si se prolongaba, afectarlo fatalmente; y la frialdad de su casa—unos 55 o 56 grados Fahrenheit—era mantenida por medio de un sistema de absorción a base de amoniaco, el combustible de las maquinas que a menudo había escuchado desde mi habitación.

Aliviado de mi dolor en un tiempo increíblemente corto, dejé aquel gélido lugar como un discípulo y devoto del virtuoso recluso. Después de eso lo visité con frecuencia; lo escuchaba  hablar de investigaciones secretas y resultados casi mortales, y temblé un poco cuando examiné los sorprendentes y nada convencionales volúmenes de su repisa. Eventualmente, debo añadir, todo el tiempo estuve casi curado gracias a su habilidosa ayuda. Parecía no desdeñar los conjuros de los medievales, pues creía que estas crípticas formulas contenían extraños estímulos psicológicos los cuales podrían tener efectos concebiblemente singulares en la sustancia de un sistema nervioso del cual las pulsaciones orgánicas habían desaparecido. Me conmovió su consideración del envejecido Dr. Torres de Valencia, quien había compartido sus primeros experimentos con él, dieciocho años atrás, cuando su actual enfermedad había comenzado. Pero en cuanto el venerable practicante salvó a su colega él mismo sucumbió ante el siniestro enemigo al cual había combatido. Quizá el esfuerzo había sido demasiado; pues el Doctor Muñoz murmuró claramente—aunque no a detalle—que los métodos de sanación habían sido extraordinarios, involucraban escenas y procesos detestados por los viejos y conservadores galenos.

Con el paso de las semanas, observé con pena que mi nuevo amigo estaba, de hecho, perdiendo la batalla físicamente, lenta pero inconfundiblemente, como la Sra. Herrero lo había sugerido. El aspecto lívido de su semblante se intensificó, su voz se volvió más vacía e indistinta, sus movimientos musculares se coordinaban cada vez más imperfectamente, y su mente y su voluntad mostraban menos elasticidad e iniciativa. No parecía estar al tanto de estos tristes cambios, y poco a poco su expresión y conversación adquirieron una espantosa ironía la cual restauró en mí la sutil repulsión que originalmente había sentido.

Desarrolló extraños caprichos, adquiriendo un gusto por especias exóticas e inciensos egipcios hasta el grado en el cual su cuarto olía como la cripta del sepulcro de un Faraón en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo sus demandas de aire fresco crecieron, y con mi ayuda amplificó la tubería de amonio de su habitación y modificó las bombas y alimentó su máquina enfriadora hasta que pudo mantener la temperatura tan baja como los 34° o 40°, y finalmente incluso llegó hasta los 28°, manteniendo el baño y el laboratorio, por supuesto, a una temperatura más alta, a fin de que el agua no se congelara, y que el proceso químico no se obstruyera. El inquilino adyacente a él se quejó del gélido aire que se comunicaba por medio de la puerta que los conectaba, así que le ayudé a colgar unos tapices pesados para obviar esa dificultad. Una especie de creciente terror, un extravagante y mórbido arrojo, parecía poseerlo. Hablaba incesantemente de la muerte, pero se reía sordamente cuando se le sugerían gentilmente cosas como un entierro o un funeral.

Dentro de todo, se convirtió en una compañía desconcertante y terrible; aun así, mi gratitud por su curación no me dejaba abandonarlo a merced de los extraños a su alrededor, y limpiaba cuidadosamente su habitación y atendía sus necesidades todos los días, abrigado con un saco que compré especialmente para este propósito. Asimismo hacía la mayor parte de sus compras, y me quedaba  desconcertado ante algunos de los químicos que pedía a la farmacia y al laboratorio.

Una creciente e inexplicable atmósfera de pánico parecía elevarse en su apartamento. La casa entera, como ya he dicho, tenía un olor mohoso; pero el olor en su habitación era aún peor— a pesar de todas las especias y los inciensos, y los punzantes químicos de sus nuevos e incesantes baños, los cuales insistía en tomar a solas. Percibí que aquello debía estar relacionado con su padecimiento, y me estremecía cuando reflexionaba acerca de qué padecimiento se trataba. La Sra. Herrero se persignaba cuando lo veía, y lo dejó sin reservas a mi cargo; ni siquiera dejó que su hijo Esteban siguiera haciéndole las compras. Cuando le sugería que viera otros médicos, el dolor se convertía en tanta ira como la que le fuera permitido soportar. Evidentemente temía el efecto físico que las emociones violentas pudieran tener, pero aun así su voluntad y su fuerza aumentaban en lugar de disminuir, y se negaba a verse confinado a su cama. La lasitud de los primeros días de su padecimiento dejó su lugar al retorno de un vehemente propósito, de tal suerte que parecía a punto de lanzar un desafío al demonio de la muerte incluso cuando el ancestral enemigo lo secuestraba. El pretexto de comida, la cual siempre había sido una curiosa formalidad con él, fue virtualmente abandonado; y tan sólo el poder mental parecía mantenerlo con vida.

Adquirió el hábito de escribir largos documentos de cierta clase, los cuales selló cuidadosamente y los cuales estaban llenos de medidas cautelares que después de su muerte les transmití a ciertas personas a las cuales él había nombrado—en su mayoría letrados de las Indias Orientales, pero también a un celebrado médico francés quien ahora se considera generalmente muerto, y de quien se han murmurado las cosas más inverosímiles. Asimismo, quemé todos los papeles cerrados que no fueron entregados. Su aspecto y su voz se volvieron absolutamente espantosos, y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, un hombre, quien había venido a reparar su lámpara eléctrica, al verlo inesperadamente, sufrió un ataque epiléptico; un ataque que el mismo curó efectivamente al tiempo que se mantenía fuera de vista. El hombre, extrañamente, había vivido los terrores de la Gran Guerra sin haber sufrido un espanto tan absoluto.

Entonces, a mediados de octubre, el horror de horrores arribó con una brusquedad pasmosa. Una noche, como a las once, la bomba de la máquina enfriadora se descompuso, de tal forma que tres horas después el proceso de enfriamiento a base de amonio se volvió imposible. El Doctor Muñoz me convocó dando pisotones en su suelo, y trabajé desesperadamente intentando reparar la máquina mientras mi anfitrión maldecía en un tono cuya falta de vida e increíble vaciedad sobrepasan cualquier descripción. Mis esfuerzos amateurs, sin embargo, no sirvieron para nada; y cuando traje a un mecánico de un taller abierto las veinticuatro horas supimos que nada podía hacerse hasta la mañana, cuando debíamos obtener un pistón nuevo. La ira y el temor del ermitaño moribundo, hinchándolo en proporciones grotescas, destruirían lo que restaba de su errante psique; y en una ocasión un espasmo lo obligó a llevarse las manos a los ojos y a salir corriendo al baño. Salió de ahí a tientas con su rostro vendado ajustadamente, y jamás volví a ver sus ojos.

El frío de la habitación ahora había disminuido considerablemente, y a las cinco de la mañana el doctor volvió a retirarse al baño, ordenándome que le proporcionara todo el hielo que pudiera conseguir en las farmacias abiertas veinticuatro horas y en las cafeterías. Cuando regresaba de mis en ocasiones desconsoladores viajes y dejaba mi botín frente a la puerta cerrada del baño, podía escuchar incesantes salpicaduras desde el interior, y una voz gruesa croando la orden de “¡Más—más!” Finalmente llegó el cálido día, y las tiendas fueron abriendo una por una. Le pedí a Esteban que fuera a buscar hielo mientras yo conseguía un pistón, o que fuera por el pistón mientras yo iba por el hielo; pero aconsejado por su madre, se negó absolutamente.

Finalmente contraté a un vago de apariencia sórdida al cual encontré en la esquina de la Octava Avenida para que constantemente le proporcionara al paciente el hielo de una pequeña tienda en la cual lo presente, y me apliqué diligentemente a la tarea de encontrar un pistón y un trabajador competente que pudiera instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecí casi tanto como el ermitaño cuando vi que las horas se iban, sin respirar, sin comer, realizando vanas llamadas telefónicas, y una frenética búsqueda de lugar en lugar,, de allá para acá, en metro y en transportes a ras de suelo. A mediodía encontré una ferretería decente, y a la 1:30 aproximadamente arribé a mi casa de huéspedes con la parafernalia necesaria y dos mecánicos robustos e inteligentes. Había hecho todo lo que había podido, y esperaba haber llegado a tiempo.

Un terror negro, sin embargo, me había precedido. La casa se encontraba en una completa confusión, y por encima del parloteo de las voces impresionadas escuché a un hombre rezando con una voz profunda. Había cosas diabólicas en el aire, y los inquilinos repasaban las cuentas de sus rosarios mientras olían el hedor que salía por debajo de la puerta del doctor. El haragán que había contratado al parecer había salido huyendo y gritando, con los ojos desquiciados, después de su segunda entrega de hielos; quizá a causa de una excesiva curiosidad. No pudo, por supuesto, cerrar la puerta a sus espaldas, sin embargo, ahora estaba cerrada, presumiblemente desde adentro. Del interior no salía ningún sonido, excepto un innombrable, lento y grueso goteo.

Después de consultar brevemente a la Sra. Herrero y a los mecánicos, a pesar del temor que roía lo más profundo de mi alma, aconsejé tirar la puerta; pero la casera encontró la manera de darle vuelta a la llave desde afuera con un dispositivo de alambre. Previamente habíamos abierto todas las puertas y las ventanas de ese pasillo. Ahora, con pañuelos protegiendo nuestras narices, temblorosamente invadimos la condenada habitación del sur la cual se encontraba iluminada por el cálido sol del atardecer.

Un rastro oscuro y pegajoso conducía desde la puerta abierta del baño hasta la puerta del vestíbulo, y de ahí seguía hasta el escritorio, donde una terrible alberca pequeña se había acumulado. Ahí había algo garabateado con lápiz, con una caligrafía ciega y horrenda, sobre un pedazo de papel manchado repulsivamente como si las mismas garras que había trazados las apuradas últimas palabras lo hubieran manchado. Después el rastro conducía al sillón y terminaba indeciblemente.

No me atrevo y no puedo decir lo que había, o había habido, sobre el sillón. Pero esto es lo que, no sin escalofríos, logré leer en el pegajoso y manchado papel, antes de sacar un cerillo y quemarlo; lo que leí mientras la casera y los dos mecánicos corrían frenéticamente fuera de ese infernal lugar para balbucear sus incoherentes historias en la estación de policía más cercana. Con la luz amarilla del sol, el estrépito de los coches y las camionetas ascendiendo clamorosamente desde la atestada Calle Catorce, las nauseabundas palabras parecían casi increíbles, aun así confieso que en ese momento las creí ciertas. Si hoy en día las creo, honestamente no lo sé. Hay cosas de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que odio el olor a amonio y que una brisa de aire fresco me hace desvanecer.

“El final,” decía el fétido garabateo, “está aquí. No más hielo—el hombre miró y huyó. Cada vez estoy más cálido y los tejidos no lo soportarán. Me imagino que lo sabes—lo que dije acerca de la voluntad y de los nervios y del cuerpo preservado después de que los órganos han cesado de funcionar. Era una buena teoría, pero no lo pude sostener indefinidamente. Hubo un deterioro gradual que no había previsto. El Dr. Torres lo sabía, pero la conmoción lo mató. No soportó lo que debía hacer—después de leer mi carta y atenderme debió encerrarme en un extraño y oscuro lugar. Y así los órganos no volverían a funcionar. Tuve que hacerlo a mi manera—preservación artificial—pues verás morí aquella vez hace dieciocho años.”

La Princesa Artificial (pt. 1)

 Traducción de The Artificial Princess de Ronald Firbank

I

DONDE UNA DAMA LE PIDE A OTRA QUE REALICE UN SERVICIO

‘En la Plaza tomas el colectivo blanco,’ murmuró la Princesa, ‘pero al llegar al Mercado de las Flores no olvides cambiarte al ultramarino, o si no terminarás en los “Mataderos” De haber sido hoy cualquier otro día, te habría enviado de incognito en el coche de cristales—el que usó mi pobre hermana cuando se escapó con el pequeño corista—pero he ordenado, ya que es mi cumpleaños, que los caballos reales pasen el día descansando. Esta noche los sacaremos para que admiren los juegos artificiales, y posiblemente las estrellas… Pero, Baronesa, no has probado ninguno de estos deliciosos bocadillos—ese morado se ve irresistible. Creo que es una Orquídea cristalizada; o este otro rosa pequeñito; creo que es una Rosa Salvaje. A pesar de la Revolución el querido Presidente jamás olvida mi cumpleaños.’

La Baronesa Rudlieb se negó, y después aceptó; era algo muy suyo… Sentada frente al piano había acompañado a la Princesa mientras ésta dirigía una brillante Rapsodia de Liszt, con sus ojos mirando fija y teatralmente la Coronación de la Virgen que adornaba el techo. En silencio se tragó dos bocadillos, y después expresó su sentir por medio de un suspiro desconcertado.

Las economías de la Princesa eran ridículas. ¡El colectivo blanco! ¡Y después un vulgar azul! Era indigno, pero el ser mezquina era una característica de la Princesa.

‘Un landó rentado,’ se aventuró a sugerir la Baronesa, ‘sería menos conspicuo…’

La Princesa alzó sus hombros ligeramente. ‘No, querida, creo que será mejor que tomes el colectivo.’

Había una firmeza adulzada en su voz la cual no pretendía disfrazar su orden.

En la Corte la Princesa era considerada exquisita—una Largillière[1]… pero su madre, la reina, siempre la vio como una Minx.

‘Jamás hemos escuchado hablar de ese pintor,’ decían las Damas de Honor, realizando una reverencia y abriendo ampliamente sus ojos: pero la Señora de los Vestidos, quien era considerada una intelectual (había escrito varios volúmenes en defensa de famosos Pecadores, y una extravaganzza que sería representada ese día en honor a la Princesa), había declarado en más de una ocasión que la Princesa poseía la delicadeza de expresión y la brillantez en su coloración que tan sólo pueden encontrarse en el estilo posterior de un Minx.

‘Lo sé; me gustan sus pinturas; son tan exquisitamente irreales,’ solía afirmar la Reina a menudo. ‘Admiro el fantástico esplendor de sus fondos, los porteros girándose hacia atrás, y las altísimas nubes de una tormenta… ¡tan dulce!’ Era la primera Reina cínica en reinar ahí por cientos de años; de hecho, pudo haber sido la primera, pues su predecesora tan sólo podía ser juzgada por sus posturas en una mascarada, bordada en ciertos tapices medievales, en los cuales representaba la extrema exclusividad de Semiramis, Reina de Babilonia y su camarilla particular. En consecuencia, la Reina era a menudo incomprendida; mucha gente la consideraba extremadamente tonta. ‘Pero el intelecto,’ dicen, ‘rara vez se da bajo una orla amarilla.’

La Princesa tenía diecisiete años—excepto esos días en los cuales iba a jugar Mah-Jong en el Casino. En estas ocasiones se echaba talco en el pelo, se colgaba unos aretes de diamantes, y decía que tenía veintidós. ‘¡Una insolencia tan fascinadora!’ Las amables bellezas que frecuentaban el lugar la adoraban.

La gente no solía admirar muchísimo a la Princesa o solían no admirarla en absoluto. Como una Virgen en un misal, su figura carecía de consecuencia—sexo.

‘Mi alto-alto colegial,’ usualmente así la nombraría su madre en su correspondencia con Reinas vecinas.

Siendo consciente de los detrimentos de una finesa extrema, la elección de vestidos de la Princesa era casi siempre indiscreta; pero los vestidos alegremente osados le iban bien.

Hoy, la terrible cosa vestía masas de listón con cruces de galón llamadas ‘Inspiraciones’ y sin mangas; sus delgados brazos como tallos de flores se desvanecían hasta las puntiagudas puntas de los dedos las cuales parecían evaporarse y perderse en el éter.

Evidentemente no era plana por completo; lucía como una radiante marioneta.

La Baronesa era una persona delgada y fastidiosa, con el aire de una passée Madonna. Tenía esa ligera coloración tísica que los connoisseurs tanto admiran, y unas manos místicas y nerviosas que bien habrían podido pertenecerle al Santo de  El Greco. Su nariz, muy pequeña de un lado, sugería un artilugio, una capacidad para el engaño. Se decía que en sus días había despertado grandes pasiones, y se conocía que poseía cartas de amor en tres idiomas distintos las cuales guardaba en su tocador dentro de una caja de plata. En una mujer cuyo atractivo había sido tan gloriosamente universal, graciosamente libre para los políticos, su encanto era naturalmente elusivo. Pero probablemente su secreto yacía simplemente en su desaliño; ella lo había hecho un estudio. El desaliño en ella se había vuelto un arte. Un mechón suelto… el insalvable ángulo de un sombrero; y, para añadir énfasis, siempre había una cantidad de pequeños botones de pasta en lugares absurdos en  sus vestidos los cuales pedían a gritos ser abrochados, otorgándole un aire de irresponsabilidad que los jóvenes Cortesanos parecían encontrar fascinante.

Hipersensible, exquisitamente impresionable, era parte de su temperamento dejarse llevar cada cuarto de hora por una nueva influencia. Podía extraer toda la belleza de un gesto, y, en el espacio de un Arcoíris, hacerlo propio. A menudo las fugaces maravillas del atardecer se dilatarían con ella en un resplandor crepuscular enteramente personal, y algunos de sus efectos lunares eran extremadamente buenos. Desafortunadamente, era igualmente sensible a la fealdad, y había hecho muchísimos enemigos entre la gente sencilla por medio de una brusquedad casi telepática, excesivamente hiriente, y a menudo se había comentado que, después de hablar con el Rey, o después de cenar con el Primer Ministro, su belleza disminuía invariablemente.

‘Ella es tan espléndidamente femenina,’ dirían los Cortesanos. ‘¡Qué fastidiosa joie de viviré!’ ‘Ella es una Cobra,’ pensaba su criada, quien la comprendía a la perfección.

Esa mañana, en honor del cumpleaños de la Princesa, se había puesto un traje de paño, con un sombreado artístico nuevo y misterioso, adornado caprichosamente con rosas y brillantes ramas de adelfa. Un hilo maliciosamente corto, muy acanalado, se enroscaba como una serpiente en sus tacones Louis XV.

Sentada en el borde de un banco desgastado, ella aparecía ahora con una delicada ventaja; su perfil indeterminado, fugitivo contrastaba con las insinuantes obras maestras de las paredes. Mecánicamente, con un pesado abanico negro, agitaba el aire. Desde el piano, rodeado de lirios, un ídolo en una pose profesional la estudiaba con una mirada de dorada indulgencia; en vida, tan sólo un diplomático podía mirar tanto, y decir tan poco.

La Princesa alzó su mirada somnolientamente hacia el retrato oval de un ancestro suyo, ahora conocida en la historia como ‘La Reina Berila la Mala.’ La Reina, con una estrella en el pelo, arropada con un vestido francés,  guiaba, por medio de una frágil cadena hecha de enredaderas, a un caballo de batalla realizando una cabriola.

‘Son las dos de la tarde,’ comentó la Princesa. ‘Todo el pueblo duerme la siesta; es una hora más misteriosa que la medianoche’ y tembló ligeramente.

‘Olvidas a la Reina, querida,’ suspiró la Baronesa (la Baronesa tenía el privilegio de llamar ‘querida’ a la Princesa cuando quisiera) ‘Salió a conducir apenas hace una hora. ¡Sería tan extraño encontrarme con ella!’

‘Mamá está demasiado ensimismada,’ replicó la Princesa, ‘como para ser realmente un peligro, además, puedes abrir tu sombrilla cuando la veas venir.’

A la Reina la apasionaba el automovilismo. Conducía horas y horas con su corona en la cabeza; era prácticamente imposible confundirla… era el deleite de todos los extranjeros, y en especial de los americanos que venían a su capital a estudiar arte.

‘Para serte sincera, querida,’ comenzó a decir la Baronesa, ‘tengo un severo dolor de cabeza; me di cuenta esta mañana en cuanto me levanté; me imagino que, antes de que atardezca, tendremos una tormenta.’ Y descansando su abanico, y quitándose algunos anillos, comenzó a tocar una melancólica fuga.

‘¡Una tormenta!’ se burlo la Princesa, encendiendo un cigarro y subiendo una fruslería la cortina (sentarse bajo una luz dura iba en contra de todos sus principios), ‘¡ay! Hoy no habrá algo tan interesante como eso; pero si debes tocar, querida, no podrías ser un poco menos siniestra.’ Y agregó misteriosamente: ‘Puedes tocarme eso, si lo deseas, después de que él haya muerto.’

Afuera, bajo las ventanas del Palacio, el sol brillaba sobre las mansas ramas de los tilos que ondulaban cerca de una alberca verde donde un Delfín burbujeaba descuidadamente y entibiaba los macizos y bordes con formas extrañas, estrictamente florales, que, tejidos entre el pasto, sugerían los patrones de un chal oriental. Por aquí y por allá, donde el follaje se sumergía, se podía observar la azulado Cordillera Wellen, monte sobre monte, a lo largo de cuyas venas pasaban espléndidos automóviles. Encima de todo el cielo estaba tan pálido que parecía que lo habían empolvado con poudre-de-riz. El aroma de las flores de la lima flotaba a través de las ventanas abiertas, llenaban el largo salón donde la Princesa se encontraba sentada, rodeada de sus leales muebles, y disfrutaba sus cigarros de té provenientes de China, los cuales aspiraba con placer.

¡Qué vista más elegante! ¡Qué lejanía tan engañosa! Quién habría adivinado que detrás de la ondulante cortina de los árboles, se encontraba la reja de hierro, con Centinelas con alegres sombreros emplumados y espadas calentadas por el sol rondándola; mientras más allá, se encontraba el blanco pueblo, con sus innumerables chapiteles y sus Óperas de dorados domos, sus Teatros y sus espaciosas calles, sus Cafés, desde donde, a veces, en noches tranquilas, quizá se podría escuchar el sonido de los violines, viajando caprichosamente, como un listón, en el viento. Mirando desde la ventana del Palacio al silencioso Delfín, mientras burbujeaba descuidadamente, entre los caramillos y los lirios; mirando estúpidamente las ventanas Reales, indiferente ante la agitada danza de las mariposas o el ocasional brinco de un carpe, quién podría haber imaginado tales alegrías. ¡Qué vista más elegante! ¡Qué lejanía tan engañosa! Tanto, contenido en tan poco, sugería un paisaje pintado delicadamente sobre una taza o un platillo de porcelana, o sobre el sedoso paño de un abanico.

‘Este cigarro… mis nervios… la hora,’ vaciló la Baronesa, apretando su corazón con sus temerosos dedos.

‘¡Tonterías, Teresa!’ dijo la Princesa, bruscamente, ‘No creí que fueras tan cobarde. ¡Mira! Aquí está la carta; llévala, no hay peligro. Es tan oscura como la segunda parte de “Fausto”; de hecho es aún más oscura.’

El sobre, lila, con aroma a narcisos, se dirigía a:

San John Pellegrin,

Villa Montoni.

‘¡Villa Montoni!’ La Baronesa revoleó sus ojos con resignación hacia el techo barroco, metiendo el sobre en un pliegue de su vestido. ‘Por supuesto,’ dijo ella, ‘querida, debes hacer lo que desees, jamás doy consejos, pero si yo fuera tú, ciertamente no soñaría…’

‘La Villa está a dos millas del pueblo,’ continuó diciendo la Princesa, descansando su cabeza profundamente sobre un cojín con una forma increíble, ‘pero el tranvía pasa por la reja. Está rodeada por un muro bajo el cual muestra por todas partes anuncios nada artísticos y del peor gusto posible. Hay árboles de granada a cada lado de la puerta; muy majestuosos ellos; él también tiene mascotas. Adorables palomas regordetas que llevan sus cartas; y realizan pequeños mandados piadosos por aire para él. Justo anoche divisé dos de sus aves volando sobre el Palacio con un par de medias. Dicen que durante el invierno su jardín está llenó de flores tropicales, y se rumora que allí las fresas maduran todo el año. No olvides llevar una canasta ni, con la emoción, admirar las frutas.’

La Baronesa fijó sus enormes ojos sobre una Crucifixión pintada por un pupilo de Félicien Rops—se veía una pálida mujer estirada sobre una Cruz con un vestido plateado, con una rosa rosa en su cabello empolvado; las perlas a la altura de su cuello la sujetaban aún más a la cruz, y un esplendido listón cubría sus sangrantes manos y pies. Al pie de la Cruz yace un abanico, una carta, y un pañuelo tan anudado que parece una flor blanca; tras de ella se extiende el cielo gris cenizo, recortado con flamas, mientras algunas gotas de lluvia caen lenta, lentamente, como si se escurrieran entre unos dedos… Por un instante la Baronesa aparentaba estar perdida en sus pensamientos, imaginándose al amante de la mártir.

‘Para ser tan cruel, debió ser él muy joven,’ se dijo a sí misma. ‘No me sorprendería si fuera él apenas un niño. Ella podría tener cualquier edad; una peluca empolvada resulta tan engañosa. ¡Qué ojos tan sigilosos! ¡No me gusta su mirada!—Me pregunto’ dijo después de un rato, después de una pausa lo suficientemente larga como para que un Ángel pasara volando lentamente, ‘qué vestiré. Espero que el hombre sea tímido y no extrovertido; ¡imagínate!, querida, ¡si me hace un avance! No puedo olvidar el destino de la pobre Gilda en esa deslucida Ópera que vimos anoche.’

‘¡Calla!’ exclamó la Princesa, inhalando voluptuosamente un largo y lento respiro— ejercicio de respiración conocido por ella y la Baronesa como ‘un revuelo del alma.’ ‘¡Él es un Santo, te olvidas de ello! Y si eso no bastara, su madre, creo, era una Condesa Italiana.’

La baronesa se veía menos desconfiada, era un alivio saber que la creatura no había iniciado su vida como un acróbata o junto a una concertina, comenzó a sentirse casi excitada.

‘¿Debería usar,’ inquirió ella, ‘el pequeño vestido que usé en el funeral de la pobre Eulalia, o debería atreverme a vestir una cosa celestial—Escenas del Decamerón pintadas sobre la gasa, y un enorme sombrero con cordeles de plata?’

‘No me importa qué vistas,’ respondió la Princesa, ‘pero, oh, Teresa, vistas lo que vistas, no regreses sin su promesa de que esta noche vendrá a mi fiesta. ¡Qué me importa ser una nueva Salomé! ¿Y por qué no habría de serlo? De hecho, la posición en la cual el destino me ha colocado, corresponde exactamente con la de ella. Estudiemos la situación y verás que tan sólo me falta desarrollar mi estilo.’

La Princesa amaba colorear su retrospección. De hecho, lo hacía cada hora en voz alta, ignorando que la paciente Baronesa casi siempre había estado presente durante el incidente original.

‘Cuando mi querido Papá murió en Montreux hace siete años,’ comenzaba diciendo ella—‘murió sosteniendo una botella de absenta,—Mamá erigió un ángel de apariencia mundana en su honor y aceptó la invitación de su hermano, el Rey, para pasar el resto de su lacrimosa vida en la Corte. ¡Qué bella se veía mi Mamá como viuda, con sus delgadas mejillas rojas, y su negra bufanda de plumas! Y cómo se preocupó horriblemente por sus aretes rosas de perlas con broches permanentes que no se abrían. Con todo eso, casi se olvidó, piadosamente, del pobre, pobre de Papá. Qué aventura tan desagradable fue esa; Mamá postrada con presentimientos. Cada vez que la canasta llena de Alcatraces y Orquídeas (sin escatimar Gypsophila) que el Director de la Estación de Montreux le había ofrecido, caía al suelo, Mamá gritaba, y decía que estaba segura que en algún momento de ese año sería asesinada, lo cual naturalmente la hacía recordar la fatal gala ofrecida en honor de la pobre Tía Caroline—requiescat in pace.

“¿Alguna vez escuchaste hablar de la Duquesa de Malfi?” me preguntó misteriosamente mi institutriz, con un tono que nos detuvo la circulación, y sin advertencia alguna comenzó a recitar: “¿Qué placer podría ofrecerme el que me cortaran la garganta con diamantes?, ¿o el que me ahogaran en Cassia?, ¿o el que me dispararan con perlas?” Personalmente, a mí casi me paralizaba la idea de, a nuestra llegada, verme dando un largo paseo en un landó abierto a través de una vía pública, y ser vista vistiendo un feo sombrero de crêpe con Francesillas de crêpe bordadas, y mi cabello anudado como la coleta de un Chino. Fue una bella tarde de Junio, los azules y rojos del atardecer combinándose en un exquisito malva. Entonces el cielo fue decididamente malva, el cual, mientras la noche llegaba, se convirtió en un violeta templado. Pasamos por campos de tréboles blancos, unidos por canales de agua morada, y había molinos que giraban y giraban en el crepúsculo como Crucifijos giratorios. Los blancos bueyes que regresaban del campo fueron bañados con luz violeta, y el polvo rosado sobre la punta de la nariz de la institutriz también se volvió violeta. Al tiempo que nos acercábamos a la Capital, Mamá se desató terriblemente, y comenzó a reírse inmoderadamente.

‘El Rey nos recibió en la Estación de Tren con su Corona puesta, y al verlo, mi pobre Mamá perdió todo el control de sí misma y rió hasta el llanto: “¡Parece la pieza de un tablero de ajedrez!” jadeó ella. “¡Qué dulce!”

El tren se demoró y el Rey ya estaba fastidiado.

“Por el amor de Dios calla a tu madre, y te daré una caja de chocolates, cosita,” me murmuró él al oído, y mirando a Mamá él dijo: “El público ha estado de pie desde el amanecer para verte, mientras muchas personas han llegado incluso al grado de subirse a los balcones para ver pasar a la procesión. Sin duda se sentirán decepcionados si no luces afligida y derramas lágrimas en público y, en general, si no actúas como si estuvieras completamente afectada.’

“¿Acaso no puedes ver que lo estoy?” gritó Mamá… “Pero, en serio… ¿una ovación? ¡Qué encantador! No; claro que no los defraudaré. ¿Mi sombrero está bien puesto? ¿Cómo cae mi velo?” Y durante todo el camino de vuelta al Palacio se arrojó a sí misma a una tormenta de comprensivos aplausos. Esa noche bajó a cenar vistiendo una adorable cachemira negra, con brillantes lirios cocidos, y una diadema uraeus de diamantes extendida como alas sobre su cabello. Cuando ella entró yo estaba parada en la ventana mirando a los centinelas ir lentamente de aquí para allá; la noche era tan silenciosa que podía escucharlos maldecir. Creo que la luna colgando por encima de los árboles se veía como una pieza de Mayólica, y recuerdo que las luciérnagas lanzándose en el jardín de abajo fueron una nueva experiencia para mí; verás, mi querido Papá jamás se quedaba en un lugar donde no hubiera un Casino; adoraba la vida de las Ciudades con Casinos, y encontraba poéticas las frescas habitaciones cerradas, mientras afuera el sol se derramaba sobre el mar. Por las tarde Mamá y yo, usando vestidos con encajes, solíamos salir y beber té en los salones públicos, y escuchábamos a la banda Vienesa, e incluso en aquellos días, ella solía ir acompañada de una alegre corte. A menudo me regañaba por lucir tan vieja y me decía que jamás una niña linda debía de lucir mayor de ocho años; y jamás me dejaba ir con ella a menos de que cargara un tonto y lanudo cordero, eso hasta que cumplí catorce.

‘Fue tonto de mi parte, pero confieso que aquella primera tarde, mientras me encontraba junto a la ventana recordándolo todo, me sentí un poquito sola. ¡Qué triste se veía el Palacio! Extraño el glamur, el sentimiento de una posible aventura que en el ocaso te da un gran hotel, pues no pocas veces (¡como Mamá sabe!) me las arreglaba para encontrarme al menos un niño chico que me ofreciera su respetuoso amor. En la hora en la cual acostumbramos escuchar música era mi hábito esconderme detrás de una cortina o un artesón de flores y mirar a las personas que bajaban a cenar. Uno podía a menudo escuchar las olas del mar, como una gran desazón, desabrochándose a sí mismas unas de otras, y cuando una puerta se abría podía echarle un vistazo al mar, estirado como una tira de seda tensada a través de una ventana.

‘¡Qué triste se veía el Palacio! ¡Tan quieto! Sabes, cariño, cuando llegamos por primera vez, me colocaron sola en una horrida torre; los mismos departamentos que la pobre Reina Berila ocupó antes de que la arrastraran a su muerte.

“Qué tonto fue de nuestra parte venir a vivir a una Barricada tal,” exclamé amargamente, pues a pesar de que Mamá siempre se quejaba de cenar en los restaurantes—“Agarrando Comidas” solía decir—yo sabía que realmente lo amaba, cuando de pronto, detrás de mí, escuché el movimiento de su vestido.

‘En cuanto vi su elegante vestido supe porqué habíamos venido. Me leyó el pensamiento, y posando un dedo sobre sus labios, y apuntando hacia el cielo con su abanico, salió de la habitación sin decir palabra.’

‘Seis meses después las joyas de la Corona se habían reacomodado, y Mamá era Reina. Se casó de manera silenciosa en la esquina de un salón de baile… frente a una mesa Imperial, sin dama de honor, sin una flor. ¡Sólo hubo una oración al Señor y se les leyó algo medio mascullado  que sonó como a algo de Jack Cocteau o de Maurice Rostand! Por supuesto que nunca la he considerado como una unión propiamente hablando. Y estoy segura que él también lo verá así. Y cuando le pregunté a Mamá por qué no se casó en una Catedral, ella me dijo que no hiciera preguntas, pero que aquello se debió a las condiciones del techo.

“¡Eso es lo que llamo candor perfecto!” dije, “pero no puedes engañarme; deseabas escapar de la Procesión.”

‘Ante lo cual ella se mostró vejada y gritó “¡Insolente!” en francés, y predijo que algún día yo haría un mésalliance, y es por eso por lo cual me he comprometido con un horrido horrido Príncipe, pero por supuesto que nada, nada, nada me hará casarme con él.‘

La Baronesa sonrió, doblando su boca de lado como la Taxeira en un rôle invalido… ¡la monotonía de estos arrebatos cotidianos! ‘El parecido es sorprendente,’ afirmó, con tacto, ‘tu madre, como Herodías, se casó con su cuñado, pero, de alguna forma, antes de eso jamás los había imaginado relacionados. ¡No sé por qué!

‘¡Ah! Pero sí los verás así,’ declaró la Princesa, ‘después de que él la haya denunciado a ella. Por otra parte, hay algo en la apariencia de Mamá que hace pensar en Herodías, sobre todo por las tardes cuando usa sus abrigos. Jamás sabrás lo aburrida que estoy, Teresa, ni lo mucho que ansío un poco de emoción, y ahora que parece haber una ligera oportunidad de tenerla, sería cruel de tu parte echar a perder el insignificante divertimento que el diablo me manda. ¡Hombre encantador! Desdeña nuestra Corte desde que Fräulein Anna Schweidler rió de manera irrespetuosa en una Misa Negra. Ella atribuye su risa a su nerviosismo, ¡pero ya sabes cómo es Anna! Jamás debió de haber ido.’

‘Después de todo,’ dijo la Baronesa con dulzura, ‘es tan delicioso estarse quieta. La emoción, particularmente cuando es diabólica, siempre se nota. No que la vida sea realmente tan aburrida…”

‘Naturalmente,’ respondió la Princesa, más bien maliciosamente, ‘al crecer, a uno le gusta estar tranquilo,’ y sentándose, con la irracional mirada de una Ifigenia, sobre un frágil, andrajoso y florido trono, comenzó a tararear algo de Strauss.

Estos tronos abandonados eran una de las características del Palacio. Cada vez que un trono comenzaba a verse desgastado o cuando la seda comenzaba a verse ‘desgarrada,’ era enviado a una habitación libre en la sección destinada a las visitas y era usado como una silla. Cuando una Gran Duquesa venía de visita, con toda seguridad llegaba tarde a la cena, pues se dilataba recargándose en una silla con una pose real ante su tocador, sus peines acomodados ‘en couronne,’ olvidándose del tiempo, del temperamento de la Reina y de la sopa fría—soñando, soñando. …La Princesa también compartía esa debilidad. Ahora, recargada, con su dedo índice presionando su mejilla, se sintió como una mujer casada, mientras se estudiaba cuidadosamente en el espejo. ‘¡Ay!’ exclamó. ‘¿Por qué los pecados contemporáneas son tan convencionales—tan anémicos? Un suave sacerdote con gafas podría pisotearlos con un par de botas. ¡Preferiría  que un Profeta me insultara! Entonces sería un placer contraatacar. Siempre he considerado mi temperamento como Salomónico. Naturalmente, sería una traición hablar del Rey con candor, pero él sería un Herodes soberbio. Él posee el mismo caminar sospechoso y el incurable hábito de pinchar cortinas y de esperar una emboscada en cada esquina. ¡Es tan tonto de su parte! Y, claro, también posee una constante desilusión. Es un viejo adorable, y me mima, pero realmente su carácter es aterradoramente débil. ¿Qué dirá la Historia? Pero él nunca se preocupa acerca de eso, y sin duda después de su muerte habrá una Ópera en su honor, y me atrevo a decir que apareceré en ella, también. Y ahora, ya que el destino nos ha otorgado este puesto—cómo se repiten los acontecimientos—Reyes, Reinas, Princesas—gente improbable como nosotros, con un  Profeta frente a nuestra reja, y la Corte entera languideciendo por alguna novedad, sería ingrato de nuestra parte no aprovechar la oportunidad y mientras tanto hacer heno…’

‘¡Heno!’ La Baronesa se miraba escéptica. ‘Me temo que te has engañado a ti misma, querida,’ dijo ella, ‘respecto a este hombre, él podría no ser todo lo que supones; he hecho algunas investigaciones, e incluso gente algo tonta lo considera un tonto… Y luego recuerda, querida, que realmente estás comprometida con el joven de Bucarest—el Príncipe Heredero. Si llegara a aparecer en los periódicos…. esta aventura podría terminar en un terrible escándalo. ¡No puedo olvidar una vieja máxima de mi madre! “Antes de morir,” solía decir, “no puedes ser demasiado cuidadoso.” Tan sólo recuerda qué tan celoso se veía ayer durante la revisión tu prometido; no tengo duda de que puede ser terrible cuando se le incita.’

‘No hables de él. Lo odio, y jamás me casaré con él, prefiero morir,’ declaró la Princesa, dramáticamente.

Este discurso se le había inculcado, desde sus primeros años. Era el de las obras Clásicas en las matinés infantiles, y en ocasiones la heroína lo articulaba desde su closet donde había permanecido confinada en desgracia, o a veces lo decía a través del ojo de la cerradura de su calabozo, a una persona invisible, usualmente a su madre, sin temor alguno por si su indignado señor la sorprendiera entablando una conversación prohibida. Si la obra era una ópera esta escena daba pie espléndidamente para comenzar un largo dueto.

‘Prefiero morir,’ repitió la Princesa.

‘Imagínate quedarte con él, solos, en una isla desierta,’ dijo la Baronesa, tristemente, después de una pausa sentenciosa.

‘¡Ah! ¡No, Teresa, cómo puedes ser tan cruel!

‘¡Cruel! Querida, esa es la única forma en la que se debe pensar en un hombre. Considéralo, qué haría una joven con talento, recién salida del convento, en circunstancias similares. El primer día en la isla ella (si fuera del todo distinguida) se negaría a dirigirle la palabra, y se retiraría a algún Oasis con un libro. El segundo día, se sorprendería a sí misma mirándolo de reojo; aunque aún no lo admita. Y cuando él intente decirle que los vientos del desierto le han dado una complexión infinitamente mejor a la de su hermana casada—la cual hizo por ella más de lo que debía—ella forzará una sonrisa cansada y desconfiada y se irá a escribirle cartas a la marea del atardecer. Pero la tercera tarde, después de haber comido el postre, y cuando ya unas cuantas estrellas brillen en el cielo, es probable que su cercanía le cause un revuelo nervioso. ¿Y por qué? Simplemente porque él sería el único hombre… ¡y entre más feo fuera, mayor sería la fascinación! Y la fascinación es realmente más poderosa que el amor. Afirmo que la Isla Desierta es la manera correcta de juzgar a todo hombre adinerado; especialmente si se trata de un Príncipe. Todo lo que necesitas, querida, es cerrar los ojos y dejar de ver a todos los demás y decirte que sólo hay un hombre, y que has tenido la suerte suficiente como para asegurártelo, y luego, con un poco de persuasión, el amor vendrá…’ Y la Baronesa, afectando sabiondez, sacó su polvera y la usó con una  elegancia que no podría haber sido superada incluso en los floreados días del Pequeño Trianón.

‘Querida Teresa,’ exclamó la Princesa. ‘¡Eres tan maravillosa! Pero has tenido tantas experiencias. Siento que jamás podré amar realmente a alguien a menos de que sea pálido, pero pálido… con una cabellera violeta ondulante, y que tuviera ojos azules, pero azules como cielos de Mayo, y que pudiera emitir un gran-gran Oh,’ dijo abstrusamente, ‘¿alguna vez has amado a alguien así, Teresa?’

‘A muchos,’ respondió la Baronesa, imprudentemente. Y al tiempo que la Princesa expresó su deseo por saber más, ella se vio obligada a ponerse de pie. Usualmente solía arrepentirse de estas pláticas sentimentales.

De la repisa de la chimenea salió un repentino zumbido proveniente de una despreocupada pastora de Sèvres; un coqueto silencio, seguido del florido campaneo del reloj.

‘Muy bien, querida,’ dijo ella, ‘si realmente lo deseas, y absolutamente debo hacerlo, estaré lista en una hora. Espero que nada indigno salga de todo esto. Me pondré todos mis amuletos; será difícil hacerme daño cuando traigo puestas mis Victorias Aladas—y usaré mis largos aretes.’

‘Bendita seas,’ ronroneó la Princesa, transportada; y añadió, dulcemente: ‘Recuerda que la pretina enjoyada será tuya si colocas tus redes con tacto.’

La Baronesa le guiñó el ojo mientras se retiraba. ‘¡Redes! ¡Ay! No tengo una sola, pero la pretina enjoyada… me consientes demasiado, querida.’

‘Pobre Teresa,’ reflexionó la Princesa, haciendo sonar ociosamente un arpa con clavijas de jade y cuerdas rosas rojizas, ‘es una temible hipócrita, pero de todas formas estoy muy encariñada con ella.’

Cuando la Baronesa regresó una hora después era toda plumas y nervios. Lucía angelical en un vestido con tres sombras de gris, con bordados plateados y nudos improvisados y borlas caídas, las cuales ocultaban parcialmente las ‘acuarelas celestiales.’ Había muchos botones pequeños y pintados por aquí y por allá, al parecer sin ningún sentido, sin una dirección, todos desabotonados. Como mariposas amarillas sus Victorias Aladas sobrevolaban sus orejas, y un hilo de piedras transparentes, hechizos obviamente, se asomaba furtivamente, como ojos vigías, esperando actuar ante la más mínima advertencia, de formas mejor conocidas por ellas. Se veía pálida, e inusualmente agotada, bajo una enorme estructura de plumas y orquídeas, cayendo pesadamente a un lado en un artístico colapso. En sus delicadas manos de El Greco, envueltas dentro de unos rígidos guantes blancos de piel de cordero, sostenía la canasta de mimbre más frágil y bajo su brazo había una elaborada sombrilla de rosa geranio.

‘¡Qué bien te ves!’ dijo la Princesa, al tiempo que le besaba cada mejilla. ‘¡Y, oh! Qué sombrero tan lindo. Y qué sensible de tu parte vestir de gris—eso siempre es algo seguro. El negro, si está bien hecho, siempre se ve tan rápido. Y ahora, no olvides, querida, traerme en tu canasta un enorme melón, de esos que tienen en palestina; y, si fuera posible, me encantaría tanto una rosa verde suave. Hasta ahora tan sólo las he visto en sombreros, donde parecen calabazas, o en papel, en los bazares.’

La Baronesa lucía demasiado abrumada, con los peligros de su misión, como para articular; una palpitación de su alma fue su único comentario. Recibió el abrazo de su señora con una nerviosa tranquilidad, jamás levantando su mirada por encima de las zapatillas reales. Cuando ya había desaparecido, la Princesa desahogó su alivio y ejecutó un vals ritual. Giró por toda la habitación, pasó frente a las Obras maestras (colgadas por el jardinero, uno se atrevería a decir, con una ciencia herbácea), pasó frente a las Madonnas y a las Reinas con el ceño fruncido, y frente a Favoritos temblando en sofás en etéreos lienzos y frente a ‘Extrañas Sorpresas’ y ‘Tormenta en el Mar,’ y frente a enormes pinturas de ramos de flores, todas satinadas, sobre tablones barnizados, sobre los cuales el dorado polvo caía. De momento, cansada por su rapto, recogió sus broches del pelo y se sentó sobre un convencional banquillo Imperial, con un libro convencional que una Tía convencional le regaló con amor convencional para su cumpleaños convencional. El libro convencional era ‘La Vida Doméstica de la Reina de Saba.’

‘Hasta el momento,’ se dijo a sí misma, ‘no ha resultado nada divertido ser una débutante. Creo que por poco deseo haber estado de vuelta en el salón de clases con la vieja Miss Littleclaud, aunque en su momento solía decir que era una mujer odiosa.’

¿Pero qué era ese pesado y persistente perfume que se dilataba amorosamente en el aire, debilitando los sentidos morales, deshaciendo las buenas resoluciones—suponiendo que algunas se hubieran tomado? La Princesa olfateó. ¿Flores de Lima? No. ¿Las Acacias floreciendo? Difícilmente. ¿Tubérculos de Rosas? Quizá. Súbitamente se puso de rodillas, con terribles sospechas en su mente. ¿Podría ser lo que la Reina más aborrecía, a lo que más se oponía el Rey; lo que a ella misma más le repugnaba porque le era prohibido usar? ¿Acaso era… perfume?

Sí, lo era, de hecho, y de una clase particularmente execrable—‘Vieille Cocotte’ lo pronunció ella. Era imposible que una mujer con un pañuelo así tuviera algo de prestigio.

Caminando de un lado a otro, consideró el asunto. Aquí se estaba produciendo un misterio, una intriga que debía desenmascarar.

¿Teresa? Era impensable. ‘Sabiendo como sabe,’ murmuró, ‘el horror que le tiene Mamá a todas las esencias ella jamás se atrevería…’

Pero no había manera de confundirlo; la habitación estaba empapada de aquel pungente aroma. ¡Era Vieille Cocotte! En el Casino lo podías conseguir en pequeñas botellas verdes adornadas con alegres listones, en un inusualmente hermoso Kiosco en cuya puerta había una pintura de ‘Madam Carmen.’ Madam Carmen, una persona con una notable apariencia, permanecía sentada allí todo el día, con sus collares y aretes de pasta, sonriéndole siempre a sus propios pensamientos divertidos, con su rostro tan empolvado que parecía que lo habían sumergido en harina. ¿Pero cómo había logrado la Baronesa procurarse esa cosa tan culposa? Y ahora, por medio de un espiral de inconsecuencias, la Princesa recordó. Anoche en el Teatro la Baronesa había rogado salir durante un entreacto…

‘Amo,’ había dicho, ‘pasear en la terraza de noche. ¡La ciudad se ve realmente regia con sus casas blancas, con su brillante agua y sus arqueados árboles!’ y con la sonrisa como permiso había salido.

‘¡Creatura artística!’ había dicho el Rey, en voz alta, mientras ella abandonaba el palco.

A su regreso su conducta se veía extraña—debió procurárselo entonces.

La Princesa se dirigió hacia las ventanas y las abrió de par en par. Qué irritante le pareció el Delfín, mirándola desde abajo, burbujeando innecesariamente, con su boca bien abierta como una persona que ha cometido una falta. Bajo la sombra de los árboles unos hombres erigían una vasta marquesina y descargaban bebidas para el baile. Las bandejas cargadas con burbujeantes dulces y botellas de champagne, yaciendo imprudentemente al sol (¡cuando salieran las estrellas qué tan irresponsables harían esas impasibles botellas a las personas!) y un bosque de vasos vacíos bien amontonados como flores cultivadas para la venta, sugerían jardines Holandeses irradiando todos los colores de los Tulipanes más raros. Esparcidos sobre el pasto había platos majestuosos, y pilas de platos, inclusive más espléndidos que los botones florales entre los cuales estaban acomodados.

‘¡Qué la loza sea representativa!’ había dicho la Reina, ‘pues el embajador estará aquí.’ Y también había agregado: ‘No enciendan las fuentes hasta que perciban al primer invitado.’

¡Oh! ¡Qué variedad de porcelana había! Ver toda esa vajilla era como echar una mirada a un fantástico baile. Había vestidos Dresde (los cuales mostraban las imperfecciones de su cerámica nacional) y Crown Derby y Biscuit y Urbino y Delft. Había cosas japonesas, y cosas chinas, y regimientos enteros de misteriosas ollas y sartenes los cuales, a menos de que los voltearas y examinaras sus marcas, se negaban a ser reconocidos. Había festones de banderas, también, y cestas de rosas (blancas Miss Missingham y rojas oscuras Sra. Steeple) desde el asiento del Rey en el campo en la Cordillera Wellen, cuyas escabrosas torres y siniestros minaretes, apenas visibles, servían para asustar a los niños desobedientes en la capital a sus pies.

Revoloteando en el balcón, la Princesa se quedó absorta. Había algo exquisitamente oriental en todos estos bulliciosos sirvientes, los cuales le sugerían la esclavitud. ‘Me temo que el atardecer será un fracaso,’ comentó mirando ansiosamente el cielo. Y al tiempo que hablaba un pájaro vistiendo un edredón satinado pasó rozándola.

¡Oh, caridad! Ella lo miró, embelesada, cernirse por encima de los árboles. Sobre el jardín de una cómoda casa de campo su regalo caería como un rayo del cielo.

Cómo se habría deleitado el viejo Brueghel contemplando la escena… La valla, las hileras de rígidas malvarrosas, la invalida en su ventana, los niños revolcándose en la tierra, el padre ocupado cavando, el cortejo inmodesto en el patio trasero, y la súbita aparición del pájaro sobre el techo de paja.

¡Qué admirable obra primitiva habría sido aquella! ¡Qué amplitud de asombro! ¡Para arrojar las manos al aire! Y pensar que todo es un desperdicio. Ella suspiró, y ante la pérdida miró hacia el cielo.

Aunque la educación de la Princesa había sido costosa, ella no pudo reprimirse un grito. Echándole una mirada desde el piso superior, su Abuela (una vieja señora que había dejado de hacer muchas cosas, menos diabluras) la miró a los ojos fijamente. Con su gran capa parecía una temible gárgola. ¿Podría ser aquello un mal presagio? Cuántas veces había dicho el Rey, durante la comida, que su madre había sido la Ruina del País…

‘Querida,’ le dijo la anciana con su voz gutural, ‘¿viste ese extraño pájaro? Me temo que significa que pronto tendremos una guerra.’

Con una respuesta poco amable, la Princesa regresó al salón, pero el aroma del Vieille Cocotte[2] no la calmó; se disipaba ridículamente, dilatándose como su nombre sugería, y pasó buen tiempo hasta que se decidiera y escapara por la ventana.

Excitada con sospechas, a continuación habría para ella un periodo de considerable suspenso.

¡Claro! Podría haberlo adivinado. La Baronesa intentaría deslumbrar al Santo. En su imaginación ella ya estaba sentada sobre sus rodillas, con un pérfido brazo alrededor del cuello del profeta. No podría soportarlo. Deliberadamente, miró a su alrededor en busca de algo para destruir. Marie Leszczinska, en su túnica de Fleur-de-lys, la miró desde la chimenea con fría consternación.

Endureciendo sus dedos, y dilatando las pupilas de sus ojos, la princesa se examinó cuidadosamente en el espejo. ¡Qué belleza tan fatal! ¡Qué expresión tan maravillosa! ¡Pero, claro! Sólo familiares torpes o cortesanos estúpidos no verían el parecido con…

* * *

Diez minutos después el lugar entero era un escándalo. La princesa había ordenado preparar un baño caliente à la reine de Saba, y antes de dárselo deseaba hablar con el Rey.


[1] Nicolas de Largillière, pintor francés clasicista. La reina considera a su hija como pintada por Minx, quien, como se verá adelante, es un pintor inexistente y cuyo peculiar nombre se traduce por Coqueta.

[2] Cortesana Anciana.

Dos escritores en Lyon

Extracto de la traducción de A moveable feast de Ernest Hemingway

 

Algo bastante extraño sucedió cuando conocí a Scott Fitzgerald. Muchas cosas extrañas sucedieron con Scott pero ésta jamás la pude olvidar. Él había ido al bar Dingo en la rue Delambre donde me encontraba sentado junto a algunos personajes de poca monta, se había presentado a sí mismo y había presentado a un hombre alto y agradable que lo acompañaba como Dunc Chaplin, el famoso pitcher. Yo no estaba al tanto del beisbol de Princeton y jamás había escuchado el nombre de Dunc Chaplin pero él era extraordinariamente agradable, despreocupado, relajado y amigable y yo lo preferí por encima de Scott.

Por aquel entonces, con una cara entre guapa y linda, Scott era un hombre que parecía un niño. Tenía un pelo ondulado, una frente amplia, unos ojos amigables y una boca irlandesa delicada y larga que en una chica habría sido la boca de la belleza. Su barbilla estaba bien formada y tenía buenas orejas y una nariz guapa, casi hermosa. Todo esto sumado no debería dar un bello rostro, pero la belleza se daba por medio del color, el pelo y la boca. La boca te preocupaba hasta que lo conocías, entonces te preocupaba aún más.

Tenía curiosidad por verlo y había estado trabajando duro durante todo el día y parecía maravilloso que ahora aquí estuviera Scott Fitzgerald y el gran Dunc Chaplin cuyo nombre jamás había escuchado pero quien ahora era uno de mis amigos. Scott no paró de hablar y yo sentía vergüenza por lo que estaba diciendo—hablaba de mis escritos y de lo grande que era yo—, lo miré fijamente y en lugar de escucharlo me dediqué a observarlo. En aquel entonces aún nos guiábamos por el viejo sistema, aquella alabanza a la cara era una desgracia. Scott pidió champagne y él y Dunc Chaplin y yo bebimos juntos, creo, con algunos de los personajes de poca monta. Creo que ni Dunc ni yo seguimos el discurso muy de cerca, pues era eso, un discurso, y yo seguí observando a Scott. Era alguien ligero y no se veía en buena forma, su cara era ligeramente blanda. Su vestimenta de los Brooks Brothers le iba bien y vestía una camisa blanca con el cuello abotonado y una corbata militar. Pensé que debía decirle algo acerca de la corbata, quizá, porque en París sí había corbatas inglesas y uno podía ir al Dingo—en aquel entonces había dos—pero después me dije, al demonio con ello, y seguí observándolo. Después supe que había comprado esa corbata en Roma.

Observándolo no estaba aprendiendo mucho de él, excepto que sus manos estaban bien formadas y se veía que podía usarlas, no eran muy pequeñas, y cuando se sentó en uno de los bancos del bar observé que tenía piernas muy cortas. Con unas piernas normales habría sido unos centímetros más alto. Habíamos terminado la primera botella de champagne y comenzado la segunda y el discurso comenzaba a agotarse.

Los dos, Dunc y yo comenzábamos a sentirnos aún mejor de lo que nos sentíamos antes del champagne y fue lindo que el discurso terminara. Hasta entonces sentía que lo que me hacía un gran escritor era un secreto bien guardado entre mi esposa y yo y aquellas personas a las cuales conocíamos muy bien como para hablarles acerca de ello. Me alegraba que Scott hubiera llegado a esa misma y alegre conclusión de mi posible grandeza, pero también me agradaba que su discurso finalmente acabara. Pero después del discurso vino el periodo de preguntas. Podías estudiarlo y olvidarte de seguir el discurso, pero las preguntas eran inescapables. Scott, como después sabría, creía que el novelista podía descubrir lo que necesitaba preguntándole a sus amigos y conocidos de forma directa. El interrogatorio fue directo.

“Ernest,” dijo. “¿No te importa si te llamo Ernest?”

“Pregúntale a Dunc,” dije.

“No seas tonto. Esto es serio. Dime, ¿tu esposa y tú dormían juntos antes de casarse?”

“No lo sé.”

“¿Cómo que no lo sabes?”

“No lo recuerdo.”

“¿Pero cómo no puedes acordarte de algo tan importante?”

“No lo sé,” dije. “Resulta extraño, ¿no es así?”

“Es peor que extraño,” dijo Scott. “Debes ser capaz de recordarlo.”

“Lo siento. Es una lástima, ¿no lo crees?”

“No hables como un inglés,” dijo. “Intenta ser serio y recuérdalo.”

“No,” dije. “No tiene sentido.”

“Podrías hacer un esfuerzo real para recordarlo.”

Vende su discurso muy caro, pensé. Imaginé si a todos les ofrecería ese discurso, pero me dije que no, lo había visto sudar mientras lo hacía. El sudor había resbalado hasta su alargado y perfecto labio irlandés superior en forma de pequeñas gotas, y fue entonces que dejé de ver su rostro y estudié la longitud de sus piernas, cayendo desde el banco del bar. Ahora veía de nuevo su rostro y fue entonces que sucedió la cosa extraña.

Mientras permanecía en el bar sosteniendo su copa de champagne la piel de su rostro pareció tensarse hasta el punto en el cual toda su blandura desapareció y luego se tensó aún más hasta que su rostro era parecido al de un muerto. Los ojos comenzaron a hundirse y a parecer como muertos y los labios se tensaron y el color abandonó la cara hasta que ésta tuvo el color de la cera usada. Todo esto no fue producto de mi imaginación. Su cara se convirtió en la verdadera cabeza de un muerto, o la máscara de la muerte, frente a mis ojos.

“Scott,” le dije. “¿Te sientes bien?”

No respondió, su rostro se veía aún más tenso.

“Será mejor que lo llevemos a la estación de primeros auxilios,” le dije a Dunc Chaplin.

“No. Él está bien.”

“Parece que se está muriendo.”

“No. Así le sucede.”

Lo metimos a un taxi y yo estaba muy preocupado pero Dunc dijo que estaba bien y que no me preocupara por él. “Es probable que para cuando llegue a casa esté del todo bien,” dijo.

Debió ser así porque, cuando lo volví a ver, un par de días después en el Closerie des Lilas, le dije que lamentaba que aquella cosa lo hubiera afectado de tal forma y que quizá, mientras platicábamos, habíamos bebido demasiado aprisa.

“¿Por qué te lamentas? ¿Qué me afectó de tal forma? ¿De qué hablas, Ernest?”

“Me refiero a lo de la otra noche en el Dingo.”

“No me pasaba nada malo en el Dingo. Simplemente me cansé de esos británicos absolutamente malditos que venían contigo y me fui a casa.”

“Mientras estuviste ahí no había ni un solo británico. Sólo el cantinero.”

“No intentes hacer un misterio de todo esto. Sabes a cuáles me refiero.”

“Oh,” dije. Después había regresado al Dingo. O había regresado otro día. No, recordé, sí había habido dos británicos. Era cierto. Recordé quiénes eran. Sí que habían estado allí.

“Sí,” dije, “por supuesto.”

“Esa chica con su falso título, la cual fue tan grosera, y ese ebrio torpe que la acompañaba. Dijeron que eran amigos tuyos.”

“Lo son. Y ella en ocasiones es muy grosera.”

“Ya lo ves. No tiene sentido crear misterios simplemente porque uno ha bebido unas cuantas copas de vino. ¿Por qué deseabas crear el misterio? No es el tipo de cosa que te imaginaría haciendo.”

“No lo sé.” Deseaba dejar el tema. Entonces pensé en algo. “¿Fueron groseros contigo por tu corbata?” pregunté.

“¿Por qué habrían de ser groseros conmigo por mi corbata? Usaba una simple corbata negra tejida con una camisa blanca.”

Entonces me rendí y él me preguntó por qué me gustaba este café y le conté cómo solía ser en la buena época y él entonces intentó que el lugar le agradara también y nos sentamos ahí, mientras a mí el lugar me agradaba y él intentaba que le agradara, y me hizo preguntas y me habló acerca de escritores y editores y agentes y críticos y de George Horace Lorimer, y acerca de las habladurías y las finanzas involucradas con el hecho de ser un escritor exitoso, y fue cínico y gracioso y muy alegre y carismático y adorable, adorable incluso para alguien reacio a ello. Habló acerca de sus escritos con desprecio pero sin amargura, y supe, al escucharlo hablar sin amargura de los errores de sus libros pasados, que su nuevo libro debía ser muy bueno. Quería que leyera su nuevo libro, El Gran Gatsby, tan pronto como recuperara su última y única copia de la persona a la cual se lo había prestado. Al escucharlo hablar de su libro, jamás habrías sabido qué tan bueno era, excepto porque lo hacía con la timidez con la cual los escritores no engreídos hablan cuando han creado algo realmente bueno, y deseé que recuperara el libro lo antes posible para poder leerlo.

Scott me dijo que había escuchado por medio de Maxwell Perkins que el libro no estaba vendiendo mucho pero que había recibido buenas críticas. No recuerdo si fue ese día, o después, cuando me mostró una crítica escrita por Gilbert Seldes la cual no podía ser mejor. Sólo podría haber sido mejor si Gilbert Selder fuera mejor crítico. Scott estaba confundido y dolido por las ventas del libro pero, como ya dije, no estaba amargado, más bien se expresaba tímidamente y con alegría de la calidad del libro.

En este día, sentados en la terraza del Lilas, mirando el atardecer y la gente pasar sobre la banqueta y el grisáceo cambio de la luz, los dos whiskies que tomamos no le produjeron un cambio químico. Lo esperaba con detenimiento, pero no llegó y él no hizo preguntas desvergonzadas, no hizo nada embarazoso, no realizó discursos, y actuó como una persona normal, inteligente y adorable.

Me dijo que él y Zelda, su esposa, se habían visto obligados a abandonar su pequeño Renault rojo en Lyon a causa del mal tiempo y me preguntó si me gustaría ir con él a Lyon en el tren para recoger su coche y regresar en él a París. Los Fitzgerald habían rentado un piso amueblado en el 14 de la rue de Tilsitt no muy lejos del Etoile. Era primavera y pensé que el campo estaría en su mejor momento y que podríamos tener un viaje excelente. Scott era tan bueno y tan razonable, y lo había visto beberse dos sólidos whiskies y nada había pasado, y su carisma y su buen sentido hacían que los eventos de la noche en el Dingo fueran como un sueño desagradable. Así que dije que me gustaría ir a Lyon con él y que cuándo deseaba salir.

Acordamos vernos el día siguiente y entonces decidimos partir hacia Lyon en el tren exprés que salía esa misma mañana. Este tren salía a una hora conveniente y era muy rápido. Hacía sólo una parada, si recuerdo bien, en Dijon. Nuestro plan era llegar a Lyon, mandar a revisar el coche y tenerlo en buena forma, comer una buena cena y temprano por la mañana iniciar el regreso hacia París.

Estaba entusiasmado por el viaje. Tendría la compañía de un escritor mayor y exitoso, y durante el tiempo que pasaríamos platicando en el coche seguramente aprendería muchas cosas que me serían útiles. Es extraño ahora recordar cómo veía a Scott como un escritor mayor, pero en ese entonces, sin haber leído El Gran Gatsby aún, lo veía como un escritor mucho mayor. Creía que había escrito cuentos para el Saturday Evening Post que tres años atrás había leído pero nunca lo vi como un escritor serio. En el Closerie des Lilas me había contado cómo escribía lo que él consideraba buenos cuentos, aunque en realidad tan sólo eran buenos cuentos para el Post, y después los cambiaba para promoverlos en otros lares, sabiendo exactamente qué cambios hacer para hacerlos atractivos para las revistas de cuentos. Esto me había sorprendido y le dije que aquello me parecía prostitución. Él dijo que sí, que era prostitución, pero que debía hacerlo pues de esa manera por medio de esas revistas ganaba el dinero necesario para escribir libros decentes. Le dije que no creía que alguien pudiera escribir, sin destruir su talento, más que de la mejor manera en la cual sabía hacerlo. Ya que había escrito el cuento real primero, me dijo, la destrucción o los cambios a los que lo sometía, al final, no le causaban a él ningún daño. No podía creer esto, quería disuadirlo de esto, pero necesitaba que una novela sustentara mi convicción, para mostrársela y convencerlo, pero en aquel entonces aún no había escrito una novela. Desde que había comenzado a desmontar mi escritura, a deshacerme de toda facilidad, a intentar hacer en lugar de describir, escribir había sido algo maravilloso. Pero era muy difícil, y no sabía de qué manera lograría escribir algo tan grande como lo es una novela. A menudo escribir un párrafo podía tomarme una mañana entera.

Mi esposa, Hadley, se alegró al saber que haría el viaje, a pesar de que, de lo que había leído de él, no tomaba en serio a Scott. Su idea de un buen escritor era Henry James. Pero ella pensó que era una buena idea que descansara e hiciera el viaje, aunque los dos deseábamos tener el dinero suficiente como para tener un coche y hacer nosotros mismos el viaje. Pero eso era algo que nunca consideré que fuera posible hacer.  Había recibido un adelanto de doscientos dólares por parte de Boni and Liveright por un libro de cuentos que ese otoño se publicaría en América, y estaba vendiéndoles cuentos a Frankfurter Zeitung y a Der Querschnitt en Berlín y a This Quarter y a Transatlantic Review en París y estábamos ahorrando y no gastábamos mucho, sólo lo necesario, para poder ir a la feria de Pamplona en Julio y a Madrid y a la feria de Valencia después.

La mañana en que partiríamos de la Gare de Lyon llegué temprano y esperé a Scott frente a las rejas de los trenes. Cuando se acercaba la hora de partir y él aún no arribaba, compré un boleto para entrar a los andenes y caminé al lado del tren, buscándolo. No lo vi y cuando el largo tren estaba a punto de partir me subí y caminé por el pasillo esperando verlo a bordo. Era un tren muy largo y él no estaba dentro de él. Le expliqué la situación al conductor, pagué un boleto de segunda clase—no había de tercera—y le pregunté al conductor el nombre del mejor hotel en Lyon. No quedaba nada más que enviarle un telegrama a Scott desde Dijon y darle la dirección del hotel donde lo esperaría en Lyon. No le llegaría a tiempo, pero su esposa se lo podría reenviar. Hasta entonces no había escuchado que un hombre maduro perdiera un tren; pero en este viaje habría de aprender muchas cosas nuevas.

En aquel entonces solía tener un temperamento malo y volátil, pero para cuando pasamos Montereau éste se había calmado y no estaba lo suficientemente enojado como para no ver y disfrutar el paisaje y por la tarde tuve una buena comida en el vagón restaurante y bebí una botella de St.-Émilion y pensé que, aunque había sido un tonto al aceptar una invitación a un viaje que alguien más pagaría, y que estaba gastándome el dinero que necesitaríamos para ir a España, aquello era una buena lección para mí. Jamás había aceptado una invitación para un viaje pagado por alguien más, en lugar de dividir los costos, y para éste yo había insistido en dividir los gastos de los hoteles y las comidas. Pero ahora ni siquiera sabía si Fitzgerald aparecería. En mi enojo había dejado de referirme a él como Scott y ahora para mí era Fitzgerald. Después consideré una maravilla el haberme deshecho del enojo al principio y así darlo por terminado. No era un viaje diseñado para alguien con inclinación al enojo.

En Lyon supe que Scott había dejado París para dirigirse a Lyon pero no había dicho dónde se quedaría. Le confirmé de nuevo mi dirección y la recepcionista me dijo que me avisaría si llamaba. Madame no se encontraba bien y aún dormía. Llamé a todos los hoteles y dejé mensajes pero no pude dar con Scott y después fui a un café para comer un apéritif y leer los periódicos. En el café conocí a un hombre que se ganaba la vida comiendo fuego y también doblaba monedas, las cuales sostenía con su boca desdentada y sus dedos. Sus encías estaban adoloridas pero, cuando las exhibía, se veían en buen estado y decía que no era un mal métier. Lo invité a tomar algo y se alegró. Tenía un bello rostro moreno que brillaba cuando comía fuego. Dijo que en Lyon no se ganaba dinero comiendo fuego o realizando proezas de fuerza con su mandíbula y sus dedos. Los falsos come fuegos habían arruinado el métier y continuarían arruinándolo allá donde se les permitiera seguir practicando. Llevaba comiendo fuego toda la tarde, dijo, y no tenía el dinero necesario para comer otra cosa esa noche. Le invité otro trago, para que se lavara el sabor a petróleo, y le dije que si sabía de algún sitio barato podíamos ir a cenar los dos. Dijo que conocía un sitio excelente.

En un restaurante Argelino comimos muy barato y me gustó la comida y el vino argelino. El come fuego era un buen hombre y era interesante verlo comer, pues podía masticar con sus encías tan bien como las demás personas lo hacen con sus dientes. Me preguntó qué hacía para ganarme la vida y le dije que estaba iniciándome como escritor. Me preguntó qué clase de escritura y le respondí que de cuentos. Dijo que sabía muchos cuentos, algunos de ellos más terribles e increíbles que cualquier cosa jamás escrita. Él podía contármelos para que yo después los escribiera y si ganaba algo de dinero con ellos podía darle a él lo que pensara conveniente. Mejor aún, podíamos ir juntos al Norte de África y él podía llevarme a la tierra del Sultán Azul donde podía conseguir historias jamás antes escuchadas por los hombres.

Le pregunté qué tipo de historias y él dijo e batallas, ejecuciones, violaciones, costumbres aterradoras, prácticas increíbles, libertinajes; cualquier cosa que necesitara. Ya iba siendo hora que regresara al hotel y viera qué había sido de Scott, así que pagué por la comida y le dije que seguramente nos volveríamos a ver. Me dijo que iría a trabajar a Marsella y le dije que tarde o temprano nos encontraríamos en algún lugar y que había sido un placer cenar con él. Cuando lo dejé para regresar al hotel, él estaba desdoblando y apilando sus monedas.

De noche Lyon no era una ciudad muy alegre. Era una ciudad grande, pesada, adinerada, quizá agradable si tenías dinero y te gustaban ese tipo de ciudades. Por años había escuchado acerca del maravilloso pollo de los restaurantes de por aquí, pero habíamos comido carne de cordero. El cordero había sido excelente.

En el hotel no hubo noticias de Scott y me fui a la cama en medio de aquel inusual lujo del hotel y leí una copia del primer volumen de A Sportsman`s Sketches de Turgenev que había tomado prestado de la librería de Sylvia Beach. Llevaba tres años sin poner un pie en un hotel de lujo y abrí la ventana de par en par y acomodé la almohada bajo mis hombros y mi cabeza y me sentí feliz de encontrarme en Rusia junto a Turgenev hasta que me quedé dormido mientras leía. Por la mañana me encontraba rasurándome antes de salir a desayunar cuando llamaron de la recepción diciendo que un hombre me esperaba abajo.

“Díganle que suba, por favor,” dije y seguí rasurándome, escuchando los sonidos de la ciudad la cual desde muy temprano por la mañana había despertado a la vida.

Scott no subió y lo vi en la recepción.

“Lamento muchísimo que haya sucedido toda esta confusión,” dijo. “Si tan sólo hubiera sabido en qué hotel estarías todo habría sido más sencillo.”

“Está bien,” dije. Tendríamos un largo viaje y deseaba mantener la paz. “¿En qué tren viajaste?”

“Uno que salió no mucho después del tuyo. Era un tren muy cómodo y bien pudimos haber viajado juntos.”

“¿Ya desayunaste?”

“Aún no. Te he estado buscando por todas partes.”

“Es una lástima,” dije. “¿No te dijeron en casa que me quedaría aquí?”

“No. Zelda no se sentía bien y quizá habría sido mejor no venir. Hasta el momento el viaje ha sido un desastre.”

“Vayamos a desayunar y después por el coche y a la carretera,” dije.

“Está bien. ¿Desayunamos aquí?”

“Sería más rápido en un café.”

“Pero aquí es seguro que tendríamos un buen desayuno.”

“Muy bien.”

Fue un gran desayuno americano con jamón y huevos y estuvo muy rico. Pero para cuando lo pedimos, nos lo comimos y esperamos a pagar por él, ya se había perdido cerca de una hora. No fue hasta que el mesero llegó con la cuenta que a Scott se le ocurrió que el hotel podría hacernos una comida para llevar. Intenté disuadirlo de esto pues estaba seguro que podríamos conseguir una botella de Mâcon en Mâcon y podríamos comprar algo en una tienda delicatesen para prepararnos unos sándwiches. O, si cuando pasáramos por ahí todo estuviera cerrado, habría cualquier cantidad de restaurantes en los cuales podríamos detenernos a comer algo. Pero él me dijo que yo le había dicho que en Lyon el pollo era maravilloso y que deberíamos llevarnos uno. Así que el hotel nos hizo una comida que de haberla hecho nosotros nos habría costado cuatro o cinco veces menos.

Era evidente que antes de encontrarme Scott había estado bebiendo y, como se veía que necesitaba un trago, le pregunté si no deseaba una bebida del bar antes de irnos. Me dijo que él no bebía por las mañanas y me preguntó si yo lo hacía. Le dije que eso dependía por completo en cómo me sentía y qué tenía que hacer y él me dijo que si yo sentía que debía beber algo él me acompañaría, para que no bebiera solo. Así que bebimos un whisky con Perrier en el bar mientras esperábamos nuestra comida y los dos nos sentimos mucho mejor.

En el taller donde Scott había dejado el coche, descubrí para mi sorpresa que el pequeño Renault no tenía techo. El techo se había dañado cuando descargaron el coche en Marsellas, o había sido dañado en Marsellas de alguna u otra forma y Zelda había ordenado que lo quitaran y se negó a que pusieran uno nuevo. Su esposa odiaba los techos de los coches, me dijo Scott, y habían manejado sin techo hasta Lyon, donde la lluvia los detuvo. Fuera de eso el coche estaba en buen estado y Scott pagó la cuenta después de discutir ciertos cobros por lavadas y enceradas y por dos litros de aceite. El dueño del taller me explicó que el coche necesitaba nuevos anillos de los pistones y que evidentemente había sido conducido sin suficiente aceite y agua. Me mostró cómo esto había quemado la pintura del motor.  Me dijo que si persuadía a Monsieur para que le cambiara los anillos en París el coche, el cual era un buen coche, sería capaz de dar el servicio para el cual había sido construido.

“Monsieur no me dejará arreglarle el techo.”

“¿No?”

“Uno tiene cierta obligación para con los vehículos.”

“Claro.”

“¿Ustedes, caballeros, no tienen impermeables?”

“No,” dije. “No sabía lo del techo.”

“Intente que Monsieur sea serio,” me dijo, suplicante. “Al menos con el vehículo.”

“Ah,” dije.

Una hora al norte de Lyon la lluvia nos detuvo.

Ese día la lluvia nos detuvo posiblemente unas diez veces. Algunas eran lluvias pasajeras y otras duraban más. De haber contado con impermeables habría sido placentero viajar bajo la lluvia primaveral. Pero tuvimos que buscar refugio bajo los árboles o pararnos en cafés al lado del camino. La comida que trajimos del hotel de Lyon estaba increíble, un excelente pollo rostizado con trufas, un pan delicioso y un vino blanco Mâcon y en cada una de nuestras paradas Scott se alegraba al beber el Mâcon. En Mâcon había comprado otras cuatro botellas más de ese excelente vino y las descorchamos cada vez que fue necesario.

No estoy seguro si anteriormente Scott había bebido vino de la botella y aquello le resultaba excitante como cuando alguien hace algo indebido o como se excitaría una chica que por primera vez nada sin traje de baño. Pero, por la tarde, había comenzado a preocuparse de su salud. Me platicó de dos personas que recientemente habían muerto de congestión pulmonar. Los dos habían muerto en Italia y aquello lo había impresionado mucho.

Le dije que la congestión pulmonar era un término anticuado para la neumonía, y él me dijo que yo no sabía nada y que estaba completamente equivocado. La congestión pulmonar era una enfermedad propia de Europa y yo no habría podido conocer nada de ella incluso habiendo leído los libros médicos de mi padre, pues en ellos sólo se describían enfermedades de América. Le dije que mi padre también había estudiado en Europa. Pero Scott me explicó que la congestión pulmonar había aparecido en Europa recientemente y que era imposible que mi padre supiera algo al respecto. También me explicó que las enfermedades eran distintas en las distintas partes de América, y que si mi padre había estudiado medicina en Nueva York y no en el Medio Oeste entonces conocía toda otra gama distinta de enfermedades. Usó la palabra gama.

Le dije que tenía un buen punto en cuanto a la prevalencia de ciertas enfermedades en una parte de los Estados Unidos y su ausencia en otras y le cité la cantidad de casos de lepra en Nueva Orleans y su baja incidencia en Chicago. Pero le dije que los médicos contaban con una sistema de intercambio de conocimiento e información y que ahora recordaba, ya que lo mencionaba, haber leído el artículo de una autoridad sobre la congestión pulmonar en Europa en el Journal of the American Medical Association en el cual se investigaba su historia hasta Hipócrates mismo.

Esto lo calmó por un tiempo y lo insté a beber otro trago del Mâcon, ya que un buen vino blanco, de cuerpo moderado y con un contenido alcohólico bajo, era un remedio indicado contra la enfermedad.

Después de esto Scott se alegró un poco pero después volvió a recaer y me preguntó si llegaríamos a una ciudad grande antes de que la fiebre y el delirio, los síntomas de una verdadera congestión pulmonar, como le había dicho, aparecieran. Ahora, le dije, estaba traduciéndole un artículo que había leído, mientras esperaba en el American Hospital en Neuilly a que me cauterizaran la garganta, en una gaceta médica francesa sobre la misma enfermedad. Una palabra como cauterizar tenía un efecto positivo en Scott. Pero quería saber cuándo llegaríamos a una ciudad. Le dije que si nos apurábamos podríamos estar ahí en veinticinco minutos o una hora.

Scott entonces me preguntó si tenía miedo a morir y le dije que en algunas ocasiones más que en otras.

Entonces comenzó a llover en serio y nos refugiamos en un café del siguiente pueblo. No recuerdo todos los detalles de esa tarde pero cuando finalmente estuvimos en un hotel de lo que debía ser Châlon-sur-Saône era ya demasiado tarde y las farmacias estaban todas cerradas. Scott se desnudó y se metió en la cama en cuanto llegamos al hotel. Dijo que no le importaba morir de una congestión pulmonar. Lo que le preocupaba era quién se haría cargo de Zelda y el pequeño Scotty. No pude imaginarme hacerme cargo de ellos pues apenas podía cuidar de Hadley y de nuestro hijo Bumby, pero le dije que lo intentaría y Scott me dio las gracias. Debía evitar que Zelda bebiera y asegurarme que Scotty tuviera una institutriz inglesa.

Habíamos enviado nuestras ropas a secar y vestíamos nuestros pijamas. Afuera aún llovía pero la habitación, con la luz eléctrica encendida, era agradable. Scott yacía en la cama, conservando sus fuerzas para combatir la enfermedad. Le había tomado el pulso, el cual había sido de setenta y dos, y le había palpado la frente, la cual estaba fresca. Había escuchado su pecho y lo había hecho respirar hondo, y su pecho sonaba bien.

“Mira, Scott,” le dije. “Estás perfectamente bien. Si deseas evitar un resfriado lo mejor que puedes hacer es quedarte en la cama y pediré unas limonadas y un whisky para los dos y tú te tomarás una aspirina y te sentirás mejor e incluso evitarás sufrir un resfriado mental.”

“Esos viejos remedios caseros,” dijo Scott.

“No tienes temperatura. ¿Cómo demonios vas a sufrir una congestión pulmonar sin temperatura?”

“No me grites,” dijo Scott. “¿Cómo sabes que no tengo temperatura?”

“Tú pulso es normal y cuando te toco no te sientes caliente.”

“¿Cuándo me tocas?” dijo Scott con amargura. “Si eres un amigo, me conseguirás un termómetro.”

“Estoy en pijamas.”

“Pide uno.”

Le hablé al mesero. No vino y volví a llamarle y después bajé al pasillo a buscarlo. Scott yacía con sus ojos cerrados, respiraba lenta y cuidadosamente y, con su piel acerada y sus facciones perfectas, parecía un cruzado muerto. Me estaba cansando de la vida literaria, si aquello era la vida literaria, y ya extrañaba trabajar y sentí aquella mortal soledad que acompaña a un día desperdiciado. Estaba cansado de Scott y de su absurda comedia, pero encontré al mesero y le di dinero para que comprara un termómetro y unas aspirinas, y le pedí dos citron pressés y dos whiskies dobles. Intenté pedir una botella de whisky pero sólo vendían por vaso.

De vuelta en el cuarto Scott aún yacía como en su tumba, esculpido como un monumento de sí mismo, con sus ojos cerrados y respirando con una dignidad ejemplar.

Al escucharme entrar dijo, “¿Conseguiste el termómetro?”

Me le acerqué y posé mi mano sobre su frente. No estaba tan fría como una tumba. Pero estaba fresca y no pegajosa.

“No,” dije.

“Pensé que lo habías traído.”

“Lo mandé pedir.”

“No es lo mismo.”

“No, no lo es, ¿verdad?”

No podías enojarte con Scott, como no puedes enojarte con alguien que está loco, pero comenzaba a enfadarme conmigo mismo por haberme involucrado en aquel absurdo. Él tenía un buen punto, y yo lo sabía muy bien. En aquellos días la mayoría de los alcohólicos morían de neumonía, una enfermedad casi erradicada. Pero era difícil considerarlo un alcohólico, pues se veía afectado por cantidades tan pequeñas de alcohol.

En Europa veíamos al vino como algo saludable y tan normal como la comida y también como un dador de felicidad y bienestar y deleite. Beber vino no era un signo de esnobismo ni de sofisticación ni un culto; era algo tan natural como comer y para mí una necesidad, y no se me habría ocurrido comer sin beber ya fuera vino o sidra o cerveza. Amaba todos los vinos, excepto los dulces o dulzones y los vinos que eran demasiado fuertes, y jamás se me ocurrió que compartir unas pocas botellas del ligero y seco Mâcon causaría cambios químicos en Scott que lo convertirían en un idiota. Por la mañana habíamos bebido el whisky con Perrier pero, en mi ignorancia de los alcohólicos de aquel entonces, no se me había ocurrido que un whisky pudiera lastimar a alguien que manejaba al aire libre bajo la lluvia. El alcohol debió haberse oxidado rápidamente.

Mientras esperaba a que el mesero trajera las cosas me senté y leí y me terminé la botella de Mâcon que habíamos descorchado en la última parada. Cuando vives en Francia, siempre hay crímenes espléndidos que aparecen en los periódicos y a los cuales sigues día a día. Estos crímenes son como historietas que continúan y es necesario haber leído los primeros capítulos, ya que no se proveen recapitulaciones como en las historietas seriadas en América, y, de cualquier manera, en América ninguna historieta seriada es buena si no has leído los importantes primeros capítulos. Cuando viajas por Francia los periódicos son decepcionantes porque pierdes la continuidad de los distintos crimes, affaires, o scandales, y pierdes gran parte del placer que podrías obtener leyéndolos en un café. Esta noche habría preferido por mucho haber estado en un café en el cual habría podido leer las ediciones matutinas de los periódicos parisinos y ver a la gente y beber algo con más carácter que el Mâcon mientras me preparo para la cena. Pero estaba cuidando a Scott y me agradaba estar ahí.

Cuando el mesero llegó con los dos vasos con jugo de limón y hielo, los whiskies y la botella de Perrier, me dijo que la farmacia estaba cerrada y que no había conseguido un termómetro. Había pedido prestadas unas aspirinas. Le pregunté si podía pedir prestado un termómetro. Scott abrió sus ojos y le envió una mirada siniestra al mesero.

“¿Le has dicho lo serio que es esto?” preguntó.

“Creo que lo entiende.”

“Por favor intenta hacérselo claro.”

Intenté aclarárselo y el mesero dijo, “Haré lo que pueda.”

“¿Le diste la propina suficiente como para que nos ayude? Todo lo hacen por las propinas.”

“No lo sabía,” dije. “Pensé que el hotel les pagaba aparte.”

“Quiero decir que sólo harán algo por ti a cambio de una propina sustancial. La mayoría de ellos están completamente podridos.”

Pensé en Evan Shipman y pensé en el mesero del Closerie des Lilas al cual habían obligado a cortarse el bigote cuando hicieron ese bar americano en el Closerie, y cómo Evan había estado trabajando en su jardín en Montrouge mucho antes de conocer a Scott, y en los buenos amigos que habíamos sido y que fuimos durante tanto tiempo en el Lilas y en todos los cambios que habían sucedido y lo que significaron para nosotros. Pensé mencionarle todo este lío del Lilas a Scott, aunque quizá ya se lo había mencionado, pero sabía que a él no le importaban los meseros o sus problemas ni su gran amabilidad y sus sufrimientos. En aquel entonces Scott odiaba a los franceses, y como casi los únicos franceses con los que convivía regularmente eran meseros a los cuales no comprendía, taxistas, mecánicos y caseros, tenía muchas oportunidades para insultarlos y abusar de ellos.

Odiaba a los italianos incluso más que a los franceses y no podía hablar de ellos sin perder la calma incluso estando sobrio. A los ingleses solía odiarlos a menudo pero en ocasiones los toleraba y en ocasiones los admiraba. No sé qué pensaba de los alemanes y de los austriacos. No sé si en aquel entonces había conocido ya a uno de ellos o a algún suizo.

Esta tarde en el hotel estaba encantado ante el hecho que estuviera tan tranquilo. Había mezclado la limonada y el whisky y se lo había dado junto con dos aspirinas y él se había tragado las aspirinas sin protestar y con una calma admirable, y sorbía de su bebida. Sus ojos ahora estaban abiertos y miraban a la distancia. Yo leía el crime al interior del periódico y me sentía feliz, bastante feliz, al parecer.

“Eres frío, ¿verdad?” me preguntó Scott y viéndolo descubrí que mi percepción había sido errónea, al menos mi diagnosis, y que el whisky había trabajado en nuestra contra.

“¿Qué quieres decir, Scott?”

“Puedes estar ahí sentado y leer esa basura francesa y no te importa nada que esté yo aquí muriéndome.”

“¿Quieres que llame a un médico?”

“No. No quiero a un sucio médico francés de provincia.”

“¿Qué quieres?”

“Quiero que me tomen la temperatura. Y luego quiero mi ropa seca y que después tomemos un tren exprés a Parí y después ir al American Hospital en Neuilly.”

“Nuestra ropa no estará seca hasta la mañana y no hay trenes exprés,” dije. “¿Por qué no descansas y comes algo en la cama?”

“Quiero que me tomen la temperatura.”

Después de un rato de esto finalmente el mesero trajo un termómetro.

“¿Fue este el único que pudiste conseguir?” pregunté. Cuando el mesero entró, Scott cerró sus ojos y al menos se veía tan mal como Camille. Jamás había visto a un hombre perder la sangre de su rostro tan rápidamente y me pregunté adónde habrá ido.

“Es el único en todo el hotel,” dijo el mesero y me entregó el termómetro. Era un termómetro de baño con un respaldo de madera y con el metal suficiente como para hundirse en la bañera. Di un trago rápido a mi whisky  y abrí la ventana para mirar la lluvia por un instante. Cuando giré Scott estaba mirándome.

Agité el termómetro con profesionalismo y dije, “Tienes suerte que no sea un termómetro anal.”

“¿Y éste por dónde va?”

“Bajo el brazo,” le dije y lo acomodé bajo mi brazo.

“No manipules la temperatura,” dijo Scott. Volví a agitar el termómetro con un solo movimiento y desabotoné su pijama y coloqué el instrumento bajo su axila mientras tocaba su fresca frente y después le volví a  tomar el pulso. Mantuvo su vista fija. Su pulso era de setenta y dos. Mantuve el termómetro en esa posición durante cuatro minutos.

“Pensé que sólo lo dejaban ahí un minuto,” dijo Scott.

“Este es un termómetro grande,” le expliqué. “Tienes que multiplicar el tiempo por el tamaño del termómetro. Es un termómetro en centígrados.”

Finalmente saqué el termómetro y lo llevé a la luz.

“¿Cuánto dice?”

“Treinta y siete y seis décimos.”

“¿Qué es lo normal?”

“Eso.”

“¿Estás seguro?”

“Sí.”

“Pruébalo contigo. Tengo que asegurarme.”

Agité el termómetro y abrí la camisa de mi pijama y coloqué el termómetro en mi axila y lo sostuve ahí un rato mientras checaba el tiempo. Después lo miré.

“¿Qué dice?” Lo estudié.

“Exactamente lo mismo.”

“¿Cómo te sientes?”

“Espléndidamente,” dije. Intentaba recordar si treinta y seis era realmente lo normal. No importaba, pues el termómetro, impertérrito, se mantenía en treinta.

Scott tenía algunas dudas así que le pregunté si deseaba que lo intentara de nuevo.

“No,” dijo. “Debemos estar agradecidos que haya pasado tan rápido. Siempre he gozado de un increíble poder de recuperación.”

“Estás bien,” dije. “Pero creo que es buena idea que permanezcas en cama y cenes algo ligero, y así podemos salir mañana temprano.” Había planeado conseguirnos unos impermeables pero tendría que ser con su dinero y no deseaba iniciar ahora una discusión al respecto.

Scott no deseaba quedarse en cama. Quería levantarse y vestirse y bajar paraa llamarle a Zelda para que ésta supiera que él estaba bien.

“¿Por qué pensaría ella que no estás bien?”

“Desde que nos casamos esta es la primera noche que no estamos juntos y tengo que hablar con ella. ¿Puedes ver lo que significa esto para nosotros, no es así?”

Podía verlo, pero no podía ver cómo habían hecho él y Zelda para dormir juntos la noche anterior; pero no había necesidad de discutir eso. Scott se bebió el whisky con rapidez y me dijo que pidiera otro. Encontré al mesero y le entregué el termómetro y le pregunté por nuestra ropa. Dijo que podría estar seca en una hora aproximadamente. “Que la planchen y así terminará de secarse. No tienen que estar del todo seca.”

El mesero trajo las dos bebidas contra el resfriado y sorbí de la mía y le sugerí a Scott que tomara la suya despacio. Me preocupaba que se resfriara y ahora podía ver que un resfriado podía enviarlo al hospital. Pero la bebida lo hizo sentirse de maravilla por un rato y las implicaciones trágicas de la primera noche, desde su boda, lejos de Zelda lo hacían feliz. Finalmente no pudo esperar más y se puso su bata y bajó para hablarle.

La llamada tomaría un rato y, cuando subió, el mesero apareció con otros dos whiskies dobles. Hasta ese momento no había visto a Scott tomar tanto, pero las bebidas parecían no tener efecto en él, excepto que lo hacían una persona más animada y habladora, y comenzó a relatarme los pormenores de su vida junto a Zelda. Me contó cómo la conoció durante la guerra y cómo la perdió y después la recuperó, y después me contó acerca del matrimonio y después acerca de algo trágico que les sucedió en St.-Raphael un año atrás. Esta primera versión de la historia de Zelda y de aviador francés que se enamoró de ella era en verdad una historia triste y pensé que era verdadera. Después me contó otras versiones de la misma historia, como si intentara usarlas para una novela, pero ninguna fue tan triste como esta primera, aunque es probable que ninguna de ellas fuera verdadera. Cada vez las contaba mejor; pero no lastimaban ya como la primera vez.

Scott era muy articulado y sabía contar historias. No necesitaba describirte las cosas punto por punto y tampoco necesitaba acentuar ciertas cosas y no tenías la sensación de leer las cartas de un iletrado antes de ser corregidas. Después de dos años de conocerlo aún no sabía escribir mi nombre; pero quizá era un nombre largo y quizá con el tiempo se volvía más difícil escribirlo; y cuando finalmente logró escribirlo correctamente lo felicité. Aprendió a escribir cosas más importantes e intentó pensar correctamente de muchas más.

Sin embargo esta noche deseaba que supiera y comprendiera y apreciara qué había sucedido en St.-Raphael y podía verlo con tal claridad que me era posible ver el hidroavión zumbando por encima de las balsas y el color del mar y la forma de los pontones y sus sombras y el bronceado de Zelda y el bronceado de Scott y las partes claras y las partes oscuras de sus rubias cabelleras y la bronceada y morena cara del niño que se enamoró de Zelda. No podía hacer la pregunta que tenía en mente, ¿cómo, si la historia era verdadera y todo había sucedido, había sido capaz Scott de dormir todas las noches en la misma cama que Zelda? Pero quizá aquello era lo que hacía que la historia fuera la más triste que jamás me hubieran contado, y, quizá, también, no lo recordaba, así como no lograba recordar la noche anterior.

Nuestra ropa llegó primero que la llamada y nos vestimos y bajamos a cenar. Scott ahora lucía un poco inestable, y miraba a la gente, con el rabillo de su ojo, con cierta beligerancia. Para empezar comimos unos caracoles excelentes acompañados de una jarra de Fleurie y cuando nos encontrábamos a la mitad de ese platillo la llamada llegó. Se fue una hora aproximadamente y finalmente me comí sus caracoles, sumergiéndolos en la salsa de mantequilla, ajo y perejil y pequeños trozos de pan, y me bebí la jarra de Fleurie. Cuando regresó le dije que pediría más caracoles para él pero dijo que no quería. Quería algo sencillo. No quería un bistec o hígado o tocino, tampoco un omelette. Comería pollo. Habíamos comido un buen pollo frío por la tarde pero aún nos encontrábamos en la tierra de los buenos pollos, así que ordenamos un poularde de Bresse y una botella de Montagny, un vino blanco ligero y placentero de la región. Scott comió muy poco y se bebió a sorbos su único vaso de vino. Se quedó dormido, con sus brazos y cabeza sobre la mesa. Fue muy natural y no hubo nada dramático en ello e incluso pareció como si hubiera sido cuidadoso a fin de no romper nada. El mesero y yo lo llevamos a su habitación y lo recostamos sobre la cama y yo lo desvestí, colgué su ropa y después quité las colchas de la cama y las coloqué encima de él. Abrí la ventana y vi que hacía buen clima y dejé la ventana abierta.

Ya abajo terminé mi comida y pensé en Scott. Era obvio que no debería haber tomando y yo no lo había cuidado bien. Cualquier cosa que bebiera parecía estimularlo demasiado y después envenenarlo y planeé para el día siguiente restringir las bebidas al mínimo. Le diría que estábamos ya en camino a París y necesitaba entrenarme para llegar a escribir. Esto no era cierto. Mi entrenamiento era no beber después de la cena o antes de escribir o mientras lo hacía. Subí y abrí todas las ventanas de par en par y me desvestí y al llegar a la cama me quedé dormido.

Al día siguiente viajamos hacia París atravesando el Côte d`Or en un día hermoso con el aire fresco y limpio y los montes y los campos y los viñedos todos nuevos, y Scott lucía animado y alegre y saludable y me contó las tramas de cada uno de los libros de Michael Arlen. Michael Arlen, dijo, era el hombre al que tenías que tomar en cuenta, y los dos, él y yo, podíamos aprender mucho de él. Le dije que no podía leer sus libros. Me dijo que no era necesario. Él me contaría las tramas y me describiría a los personajes. Me ofreció una especie de tesis doctoral sobre Michael Arlen.

Le pregunté si había tenido una buena conexión cuando había hablado con Zelda y me dijo que no había sido mala y que tenían muchas cosas que platicar. En la comida pedí el vino más ligero que pude conseguir y le dije a Scott que me haría un gran favor si no me dejaba beber más ya que debía prepararme para escribir y bajo ninguna circunstancia debía beber más de media botella. Cooperó de maravilla y cuando me observó mirando el fondo de la botella con nerviosismo me ofreció un poco de la suya.

Después de dejarlo y tomar un taxi de vuelta al aserradero fue maravilloso ver de nuevo a mi esposa y fuimos al Closerie des Lilas a beber algo. Estábamos contentos, de esa manera en que los niños que han estado separados lo están al verse de nuevo y le relaté el viaje.

“¿Pero, acaso no te divertiste o aprendiste algo, Tatie?” preguntó ella.

“Aprendí acerca de Michael Arlen, si hubiera escuchado, y aprendí cosas que aún no digiero.”

“¿Acaso Scott no es feliz?”

“Quizá.”

“Pobre hombre.”

“Aprendí algo.”

“¿Qué?”

“Nunca viajar con alguien a quien no amas.”

“¿No es eso algo bueno?”

“Sí. E iremos a España.”

“Sí. Ahora faltan menos de seis semanas para ir. Y este año no dejaremos que nadie lo eche a perder, ¿verdad?”

“No. Y después de Pamplona iremos a Madrid y a Valencia.”

“M-m-m-m,” dijo ella, como un gato.

“Pobre Scott,” dije.

“Pobres todos,” dijo Hadley. “Gatos ricos sin dinero.”

“Somos terriblemente afortunados.”

“Tendremos que ser buenos y cuidadosos con nuestra suerte.”

Los dos tocamos madera en el café y el mesero vino a ver qué deseábamos. Pero no deseábamos lo que él, ni nadie, nos pudiera traer, así como tampoco lo que tocar madera o mármol, como lo eran esas mesas, nos pudiera dar. Pero esa noche no lo sabíamos y fuimos muy felices.

Uno o dos días después Scott trajo su libro. Tenía una cubierta llamativa y empolvada y recuerdo haberme sentido avergonzado por su apariencia resbaladiza y violenta y de mal gusto. Parecía la cubierta de un mal libro de ciencia ficción. Scott me dijo que no me dejara desencantar por ello, me dijo que tenía relación con un cartel publicitario en una carretera de Long Island y que era importante en la historia. Me dijo que le había gustado la cubierta pero ahora ya no le agradaba. Para leer el libro me deshice de ella. Cuando terminé el libro supe que, sin importar lo que Scott hiciera, o cómo se comportara, debía entender que aquello era como una enfermedad y que debía ayudarlo y debía ser un buen amigo para él. Tenía muchos buenos amigos, buenos amigos, más que cualquiera que yo haya conocido. Pero me enlisté como uno más, si podía o no servirle de ayuda. Si podía escribir un libro tan bueno como El Gran Gatsby estaba seguro que podría escribir aún mejores. Aún no conocía a Zelda, así que aún no sabía las terribles desventajas que jugaban en su contra. Pero pronto las descubriríamos

Si les interesó el tema, acá les dejo el link de un artículo relacionado:

http://jimarino.com/2010/12/04/francis-scott-fitzgerald-ernest-hemingway/

La señorita Tooke

Extracto de la traducción de Valmouth de Ronald Firbank

III

En una pequeña habitación trasera con vista al patio de la iglesia la Abuela Tooke, sobre una mecedora, compartía un cuenco de leche con el gato.

Era su ‘Día Vibrante’, un día en el cual un enjambre de abejas silvestres podía producir música fantasmal en su familiar habitación. Por encima de los benévolos y verdes árboles el venerable minutero de madera del reloj de la iglesia de San Verónica le informó que, si todo iba conforme a lo establecido, Madam Yajñavalkya y sus instrumentos debían estar ya en camino.

‘¿Habrá un gato al que le guste la leche tanto como a ti, Tom?’ se preguntó la vieja señora, colocando el cuenco medio vacío sobre su buró y observó con la discerniente mirada de un pollero los descuidados movimientos de las palomas domesticadas mientras éstas se pavoneaban sobre las enormes y burdas gárgolas de la iglesia.

Alguna vez, hace mucho, en esa misma habitación, ella había sido una novia de mejillas redondas. ¡Ah, las pequeñas cicatrices de la vida!… Ahora, toda envuelta como un canario que cambia de plumaje, su pardo y magro rostro tenía más arrugas que una fruta podrida. Sin embargo, ¡se sentía bien estar con vida! La vieja Sra. Tooke suspiraba autocomplaciente, su mirada captaba el cementerio, en cuya oscura y pastosa tierra tantos antiguos compinches yacían dormidos. Ser testigo, sin esfuerzo alguno, de tiempo en tiempo, de las últimas e impresionantes pompas de algún vecino era un extraño deleite para ella; mirar a ‘los caballeros‘ sobre las altas baldosas del pueblo ‘cargando a pobres individuos’; unirse (sin ser vista, sobre su mecedora, calzando unas pantuflas) a los interminables y lúgubres himnos; respirar a través de los resquicios de la ventana de su habitación el ligero y exótico perfume de las flores aromáticas del suelo blanqueado por las flores de las coronas.

Pero hoy no había exequias que observar.

A través de su ventana podía observar a Maudie y a Maidie Comedy, hijas de Don Q. Comedy, el agente inmobiliario y subastador local, divirtiéndose haciendo cadenas de margaritas junto a la puerta de la funeraria, mientras alguien dentro de la iglesia—evidentemente no se trataba de la hija del vicario—vaciaba los contenidos rancios de un florero del altar a través de la ventana del triforio, insensible a los que pasaban por el lugar.

La Sra. Tooke sopló pensativamente la nata que se había formado en la superficie de su leche. El largo rayo de sol  que iluminaba su buró hizo que el seguro de cobre de su biblia emitiera miles de juguetonas chispas, situación que la llevó a fijar su atención en una obra de ficción que claramente no era suya… Extendiendo una callosa mano hacia ella, con dificultades apenas había leído una oración cuando su nieta se asomó lánguidamente a su habitación.

‘Tus toallas se están secando muy bien,’ dijo ella, posando su atractiva y bien formada cara sobre la madera pulida de la puerta.

La Sra. Tooke tosió secamente.

‘Hasta ahora,’ murmuró, ‘la Sra. Yaj no ha llegado.’

‘Es una mañana tan espléndida.’

‘¿Dónde está David?’

‘Salió desde temprano con el segador de cebada.’

‘¿Algún pedido?’

‘Sólo del Hotel—mantequilla extra.’

‘Asegúrate de decirles que ha subido. La mantequilla y los huevos,’ declaró la Sra. Tooke dramáticamente, ‘han subido. Y ya que vas al Stranger podrías proponerle al cocinero un par o dos pares de palomas.’

La Sra. Tooke giró ansiosamente su cabeza.

‘Pensarías,’ vaciló, ‘que son gaviotas, pobres, tan blancas allá arriba.’

‘Si tan sólo pudiera hacerme cargo del lugar,’ prosiguió inquieta la Sra. Tooke, ‘como solía hacerlo.’

‘Quizá puedas hacerlo con el clima cálido de aquí. Esta misma noche la vieja eglantina floreció. ¡La vieja eglantina! Y nadie de nosotros pensaba que podría hacerlo.’

‘Por todos los cielos,’ irrumpió malhumoradamente su abuela, ‘no quiero escucharte decir que piensas. Nunca ha existido alguien tan cabeza de chorlito como tú.’

‘De cualquier manera, pienso a menudo,’ replicó la señorita Tooke, ’nací para algo más brillante que para estarte esperando.’

‘¡Ramera insolente! Ten, llévatelo—antes de que lo rompa.’

‘¿Mi libro de la biblioteca?’

‘Bah, la biblioteca. Desearía que no existiera ninguna.’

La señorita Tooke encogió ligeramente sus hombros.

‘Douce está ladrando,’ dijo ella, ‘la Sra. Yaj ha de haber llegado.’

Y de hecho se escuchó un crujiente rat-a-tat-a en la reja seguido de una majestuosa pisada sobre las escaleras.

‘¡Perro del diablo, paria! Suéltame,’ dijo una voz ruidosamente desde abajo; una voz larga, profunda, boyante, con una sonora persuasión, lanzada directamente desde las entrañas de su propietaria.

La Sra. Tooke tuvo una palpitación pasajera.

‘¡Ponle la cadena a Douce y ten listas las cosas!’ ordenó, al tiempo que la Sra. Yajñavalkya, envuelta en sonrisas, ingresó con vitalidad a la habitación.

Tenía una manta brillante envuelta alrededor de la cabeza, y vestía un colorido cancán y un chal de tartán.

‘Disculpe mi tardanza,’ comenzó diciendo. ‘Pero me quedé dormida de nuevo—como un niño pequeño—después de la colación.’

‘¡Comoquiera que sea!’ exclamó la Sra. Tooke.

‘¡Ah! ¡Los clientes, Sra. Tooke!’ soltó la negra. ‘Me creerá, ¡esta mañana he estado despierta desde las cuatro!… Apenas había luz cuando un viejo caballero me mandó llamar desde el Hotel Stranger.’

La Sra. Tooke profesó sorpresa.

‘Tenía entendido que jamás “atendía” a caballeros,’ dijo ella.

‘Ya no lo hago, Sra. Sólo lo hago,’ la Sra Yajñavalkya suspiró cómodamente, ‘cuando necesito tener sexo.’

‘¡Despierta desde las cuatro!’ tembló maliciosamente la Sra. Tooke.

‘¿Y cómo se encuentra hoy, Sra. Tooke? ¿Cómo está esa ciática suya?

‘Para ser honesta, Sra. Yaj, ¡hoy siento que todas mis articulaciones necesitan una aceitada!’

‘De lo que usted se queja, Sra. Tooke, es tan sólo de la rigidez—y eso se debe a su deseo de equilibrio. O (como dicen las mujeres del oeste) su deseo de vigor. Ya sabe, con frecuencia el hígado se vuelve flojo. Pero ya pasará… No dejaré—¿me escucha?—no dejaré que se me escurra por entre los dedos: Oh, no, su vida me es preciada.’

‘De cualquier forma, supongo que no puedo esperar durar mucho, Sra. Yaj.’

‘No si yo tengo algo qué decir al respecto, Sra. Tooke,’ murmuró la imperiosa mujer, mientras comenzaba a remover, a manera de preliminar, los numerosos y brillantes anillos que colmaban sus manos.

‘¡Ujú!’ suspiró solícita la anciana, ‘se está preparando.’

‘¡Y el tiempo de igual manera se prepara, Sra. Tooke! Pero no tenga miedo. Aunque me esperan personas distinguidas, jamás apuraría mi arte, especialmente con usted. No; oh, no. ¡Usted, querida, es mi más hermoso triunfo! ¿Acaso no he visto su vida pasar, gastarse? ¿Acaso no he respondido a sus llamados… y con mi ciencia—con estas dos manos, acaso no le he traído de vuelta los deleites del mundo?’

‘Deleites,’ murmuró la Sra. Tooke, cayendo en un tono lastimero. ‘Desde el día en que mi nuera—Charlotte Carpster se llamaba—murió en su cama, y mi hijo, grande y salvaje, se destruyó a sí mismo cayendo en un ataque de remordimientos, sólo ha habido problemas en mi vida.’

‘¿Y cómo sigue la erotomanía de su nieta, Sra. Tooke? ¿Ha aumentado?’

‘Sólo Dios sabe lo que hace, Sra. Yaj.’

‘Nosotras, las mujeres orientales,’ declaró la Sra. Yajñavalkya, quitándose el que quizá algún día fue su anillo de matrimonio, ‘jamás tomamos al amor en serio. ¿Y por qué lo hacemos, Sra. Tooke?—¡Porque es algo demasiado serio!’

‘¿Me imagino, Sra. Yaj, que en el este el amor tan sólo es factible a puertas cerradas?’

‘A nadie le importa, Sra. Tooke. Las parejas normales sin un lugar a menudo se van a la jungla.’

‘Esos vientos cortantes de por allá deben ser un obstáculo para el cortejo.’

‘¡Nuestros vientos cortantes! Son ustedes los de los vientos cortantes… No nosotros… No; oh, no. ¡En el este todo es gozo, calor!’

‘¿Entonces de dónde son esos malditos vientos?’

‘Ahora no se preocupe por eso, Sra. Tooke, sólo doble esas hermosas rodillas suyas, y haga lo que le pida… Este incipiente pasado,’ le explicó la benéfica mujer, sentándose en el marco de la ventana y mirando la silla de la Sra. Tooke, ‘es una margarita. Créame, Oh, Allah la Ilaha,’ gorgoteó, ‘pero pronto haré que salga de nuevo al aire libre, espero, y entonces usted podrá visitarme… este año la acacia blanca en mi jardín trasero es algo hermoso; y en esta temporada incluso eclipsa a mi acebo… ¡Ah. Sra. Tooke! Cada vez que veo un acebo me acuerdo de mi pobre Mustapha. Me produce el mismo cosquilleo juguetón que el que produce el bigote de un mastodonte. Marido y mujer deben de estar juntos, Sra. Tooke; al menos para mantenerse; a menudo resulta difícil, querida, llegar a fin de mes; los clientes no siempre pagan; ¡puedes dejarte la piel por un cliente (y ofrecerle las mejores especialidades) y aun así jamás ver un solo dólar!’

‘Comoquiera que sea,’ exclamó la Sra. Tooke, mirando con desconfianza a su nieta, quien discretamente había reingresado a la habitación con las toallas.

Traía un sombrero puesto, estaba preparada para salir.

‘¿A dónde vas, tan resuelta?’ interrogó la anciana.

‘A ningún lado en particular.’

‘¿Con ese sombrero—? ¡No me digas!’

‘Volveré, me atrevo a decir, antes de que estés lista,’ respondió la señorita Tooke, saliendo de la habitación de puntitas.

‘Ese corazón engrandecido debería atenderse, Sra. Tooke. Debería persuadirla a usar mis baños de asiento. Vendo los doce boletos a un buen precio—una docena a tan sólo cinco chelines,’ la joven pudo escuchar a la mulata murmurar mientras cerraba la puerta.

Aprovechando la hora de tratamiento de su abuela, era su hábito, cada vez que esto ocurría, salir a dar un paseo. A menudo solía dirigirse a la Bahía Spadder a tenderse ahí sobre la arena, su pálida mejilla recostada sobre los húmedos guijarros marinos; con frecuencia vagaba hacia la Casa Hare-Hatch con la esperanza de un retorno milagroso.

Esta mañana sus pies fueron irresistiblemente atraídos hacia Hare.

Atravesando el patio de la iglesia en dirección al Mercado, donde, por encima de las cabinas y las tiendas y la floreada fachada del Hotel Stranger, se elevaba la estatua de John Baptist Daleman, 1698-1803, el ilustre hijo de Valmouth, la señorita Tooke caminó lentamente sobre el viejo puente de ladrillos que cruzaba el Val. Aquí, bajo la sombra de un toldo color crema y bordeado por delgadas líneas azules, se encontraba sentado Victor Vatt, el paisajista, con una caja de colores sobre sus rodillas. A cada lado suyo había un pupilo acuclillado—jóvenes que, mientras miraban la mano del veterano pintor, se acaloraban y enrojecían y adquirían una apariencia religiosa.

Continuando su camino, la señorita Tooke salió a un sendero poco recorrido que corría a lo largo del río, entre brezos y sauces llorones mal desarrollados, y que conducía al Hare. Martines pescadores más esmeraldas que el pasto pasaron como las aves de un sueño sobre el río. Envuelta en fantasías, caminando sin prisa, ella se detenía, de tiempo en tiempo, para inclinarse, para soñar y morir. Entre el húmedo y crujiente ladrido de los sauces, lamentándose por pecados ajenos, el mar, lejano, se mostraba pulsante bajo el sol.

‘Amé a un hombre

Y él se fue navegando,

Ah, eh, ah, eh,’

cantaba ella.

Una larga milla separaba Valmouth de Hare-Hatch. Medio enterrada en un bosque de cedros pasaba por tierras altas, por encima del valle de Val, con los azulados montes de Spadder Tor a sus espaldas. Ascendiendo un sendero zigzagueante ella ingresó a una pequeña plantación de abetos que era conocida por casi todas las personas de las cercanías como el Bosque Jackdaw; pero, más trascendentalmente, para ella era ‘el’ bosque. Cuán dulcemente la había besado él inmersos en aquella amable penumbra… Tomados de la mano, sobre los conos muertos de los abetos, con sus claros ojos inclinándose hacia los suyos (aquellos queridos y fascinantes ojos que contenían el glamur de puertos extranjeros), él le había contado acerca de su homónima griega, la diosa, la nereida Thetis, la hermana de Calipso, y la madre de Aquiles, el personaje más paradójico de entre todos los griegos. Sobre estos conos de abeto muertos él le había hablado de su barco—El Sesostris—y de su amigo marinero, Jack Whorwood, quien no tenía más de quince años, y era el más joven a bordo. ‘Ese pequeño chico,’ había dicho él, con una sonrisa peculiar que mostraba sus regulares y puntiagudos dientes, ‘ese pequeño chico, sobre un barco, fue, para mí, lo que Patroclo fue para Aquiles, e incluso más.’

Rumiando, siguió rumiando, barriendo las espigas rosadas de las consueldas y los dedales rojos de las dedaleras con su vestido. Sobre una brisa espasmódica el gemebundo llanto de un pavorreal hirió su oído como la música y instándola a seguir. Al llegar a la carretera más allá del pequeño bosquecillo bordeó la empalizada de hierro oscuro que encerraba a Hare. A través de las grandes rejas heráldicas—abiertas como si la esperaran—la casa, después de un trecho de camino, se encontraba frente a ella.

Se detuvo vacilante, perdida en amorosas conjeturas, mesurando con hambrientos ojos la fachada muda y desgastada por el sol.

Oh, ¿en cuál de esos niveles de ventanas vacías se encuentra la que ilumina su habitación?

Encima de cada ventana alta había una máscara esculpida en piedra. Extraños rostros cincelados, singularmente saturninos… que ríen y miran de reojo y fruncen el ceño. ¿Su habitación quizá se encuentre al otro lado? Sus ojos barrieron el largo pabellón seudo clásico. Encima de las demacradas pizarras se veían las gigantes criptomerias sobre el jardín.

Ella jamás había penetrado ese lugar.

A un lado de la casa había un montículo de madera donde había un templo de jardín abierto a los vientos, sus cuatro columnas blancas sostenían cada una un busto.

En ese momento, bajo la cúpula aérea, había tres personas sentadas, ocupadas en una tranquila charla.

Paralizada, la señorita Tooke las consideró. Ella estaba también allí, en espíritu, ‘comportándose con integridad’, como diría su abuela, con esas dos mujeres aristocráticas y ese padre.

Ezra Pound y su Bel Espirit

Traducción de Ezra Pound and his Bel Espirit, de Ernest Hemingway

Ezra Pound era un buen amigo y siempre estaba haciendo cosas por los demás. El estudio donde vivía con su esposa Dorothy en la rue Notre-Dame-des-Champs era tan pobre como rico era el de Gertrude Stein. Tenía buena luz y lo calentaba una estufa y contenía pinturas de artistas japoneses que Ezra conocía. Eran nobles y usaban el pelo largo. Sus cabelleras negras brillaban y oscilaban hacia adelante cuando se inclinaban y a mí me impresionaban mucho pero no me gustaban sus pinturas. No los entendía pero ellos no ocultaban algún misterio, y cuando los comprendí, no significaron nada para mí. Me lamentaba de esto, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.

En cambio, las pinturas de Dorothy me encantaban y Dorothy me parecía hermosa y bien formada. También me gustaba la cabeza de Ezra hecha por Gaudier-Brzeska y me gustaban todas las fotos del trabajo de este escultor que Ezra me mostró y que estaban incluidas en el libro de Ezra acerca de este escultor. A Ezra también le gustaban las pinturas de Picabia pero a mí me parecían sin valor alguno. También me desagradaban las pinturas de Wyndham Lewis, las cuales le gustaban a Ezra. A él le gustaban las obras de sus amigos, lo cual es una prueba de hermosa lealtad, pero como juicio puede llegar a ser algo desastroso. Nunca discutimos acerca de estas cosas porque yo solía no hablar acerca de las cosas que me desagradaban. Si a un hombre le gustan las pinturas o los escritos de un amigo, yo me decía que aquello debía ser parecido a aquel sentimiento de algunas personas por sus familiares, y no era educado criticarlos. En ocasiones puede pasar mucho tiempo hasta que comiences a criticar a algunos familiares, de sangre o políticos, pero resulta más fácil hacerlo con los pintores malos porque ellos no cometen actos terribles o causan daños íntimos como pueden hacerlo los familiares. Pero incluso cuando has aprendido a no ver a los familiares ni a escucharlos y has aprendido a no responder a sus cartas, los familiares tienen muchas maneras de ser peligrosos. Ezra era más amable y cristiano con la gente de lo que yo lo era. Su propia escritura, cuando la lograba, era tan perfecta, y era tan sincero con sus errores y estaba tan enamorado de sus errores, y era tan amable con la gente que siempre lo consideré una especie de santo. También era irascible, pero quizá muchos santos también lo fueron.

Ezra deseaba que yo le enseñara a boxear y fue una tarde mientras entrenábamos en su estudio cuando conocí por primera vez a Wyndham Lewis. Ezra no llevaba mucho tiempo boxeando y me avergonzaba tener que entrenarlo frente a cualquiera de sus conocidos, e intentaba hacerlo lucir lo mejor posible. Pero no se veía muy bien porque sabía defenderse y yo aún estaba intentando incorporar su mano izquierda al ataque y que siempre mantuviera en movimiento su pie izquierdo y que trajera su pie derecho hacia adelante y que los dos formaran una línea paralela. Eran sólo movimientos básicos. Nunca pude enseñarle cómo tirar un gancho izquierdo, y enseñarle cómo recortar su gancho derecho era una cosa futura.

Wyndham Lewis usaba un sombrero negro y amplio, como un personaje del barrio, y se vestía como alguien salido de La Bohème. Tenía un rostro que me recordaba una rana, no un sapo, sólo una rana, y París era un estanque muy grande para él. En aquel entonces creíamos que cualquier escritor o pintor podía usar cualquier ropa, la que tuviera, y no existía un uniforme oficial para el artista; pero Lewis usaba el uniforme anterior a la guerra para un artista. Era vergonzoso verlo y nos miraba arrogantemente mientras yo desviaba los golpes de Ezra o los bloqueaba con un guante abierto.

Quería parar pero Lewis insistió que continuáramos, y yo pude ver que, sin saber qué estaba pasando, él esperaba que Ezra saliera lastimado. No pasó nada. Nunca lo contraataqué, sólo lo mantuve en movimiento, dejándolo que me arrojara unos cuantos golpes y después le dije que eso era todo y me lavé con un tazón de agua y me sequé con una toalla y me puse mi sudadera.

Bebimos algo mientras yo escuchaba a Ezra y a Lewis hablar acerca de personas en Londres o Nueva York. Miré cuidadosamente a Lewis sin que él lo notara, como cuando boxeas, y creo que nunca he visto a un hombre tan horripilante. Algunas personas muestran su maldad como algunos grandes caballos de carreras muestran su crianza.  Tienen la dignidad de un duro chancre. Lewis no lucía malvado; solamente se veía repugnante.

Camino a casa intenté pensar qué cosas me había recordado su rostro y de hecho resultaron ser varias. Todas pertenecían al reino médico, excepto toe-jam[1], una palabra de argot. Intenté desbaratar su rostro y describirlo pero sólo me quedaba con los ojos. Bajo el sombrero negro, la primera vez que lo vi, sus ojos eran los de un violador frustrado.

“Hoy conocí al hombre más repugnante que jamás haya visto,” le dije a mi esposa.

“Tatie, no me hables de él,” dijo ella. “Por favor, no me hables de él. Apenas vamos a comer.”

Una semana después me encontré a la Sra. Stein y le dije que había conocido a Wyndham Lewis y le pregunté si lo conocía.

“Lo llamo ‘la Lombriz Medidora’” dijo ella. “Viene de Londres y ve una buena pintura y saca de su bolsillo su lápiz y lo ves medir con su lápiz y su pulgar. Observa y mide para saber exactamente cómo la hicieron. Después regresa a Londres y no le sale. Perdió de vista de qué se trata.”

Así que comencé a pensar en él como la Lombriz Medidora. Era un término más amable y mucho más cristiano del que yo había pensado para él. Después intenté acercármele y hacer amistad con él como solía hacerlo con casi todos los amigos de Ezra una vez que este me los explicaba. Pero así fue como lo vi cuando lo conocí en el estudio de Ezra.

Ezra era el escritor más generoso que jamás haya conocido y el menos desinteresado. Ayudaba a poetas, pintores, escultores y a prosistas en los cuales creía y ayudaba a cualquiera que estuviera en problemas, creyera o no en ellos. Se preocupaba por todos y cuando lo conocí estaba muy preocupado por T.S. Elliot quien, Ezra me contó, tenía que trabajar en un banco en Londres por lo cual tenía tiempo insuficiente y un pésimo horario para ejercer como poeta.

Ezra fundó algo llamado Bel Espirit junto a la Sra. Natalie Barney, la cual era una americana millonaria y una patrona de las artes. La Sra. Barney había sido amiga de Rémy de Gourmont, alguien anterior a mi tiempo, y en su casa tenía un salón donde solía juntarse con sus invitados y en su jardín había un pequeño templo griego. Muchas mujeres americanas y francesas con el dinero suficiente tenían salones y deduje muy pronto que aquellos eran lugares excelentes de los cuales tendría que mantenerme alejado, pero la Sra. Barney, creo, era la única que tenía un pequeño templo griego en su jardín.

Ezra me mostró el folleto del Bel Espirit y la Sra. Barney le había permitido usar el pequeño templo griego para el folleto. La idea del Bel Espirit era que todos daríamos una parte de nuestras ganancias a fin de proveer un fondo para que el Sr. Elliot pudiera dejar el banco y ya con dinero se dedicara a su poesía. Esto me pareció una buena idea y después de que sacamos a Elliot del banco Ezra pensó que seguiríamos adelante y ayudaríamos a todos.

Confundí las cosas un poco al referirme siempre a Elliot como el Mayor Elliot, pretendiendo confundirlo con el Mayor Douglas, un economista de cuyas ideas Ezra se mostraba muy entusiasta. Pero Ezra comprendía que mi corazón estaba en el sitio correcto y que estaba entregado al proyecto del Bel Espirit aunque le irritaba que, cuando les solicitaba fondos a mis amigos para sacar del banco al Mayor Elliot, alguien decía ¿qué está haciendo un Mayor en un banco y si ha dejado su carrera militar, acaso no tiene una pensión o prestaciones?

Cuando esto sucedía les explicaba a mis amigos que ese no era el punto. O tenías un Bel Espirit o no lo tenías. Si lo tenías intentarías sacar al Mayor del banco. Si no, pues lástima. ¿Acaso no comprendían el significado del pequeño templo griego? ¿No? Lo suponía. Muy mal, Mac. Quédate tu dinero. No lo tocaremos.

Como miembro del Bel Espirit hice promoción con energía y en esos días mi sueño más alegre era ver al Mayor salir del banco como un hombre libre. No recuerdo cómo terminó finalmente el Bel Espirit, pero creo que tuvo algo que ver con la publicación de La tierra baldía, libro que hizo que el Mayor ganara el premio Dial y no mucho después de eso una señora encumbrada apoyó una revista para Elliot llamada The Criterion y Ezra y yo no tuvimos que preocuparnos más por él. El pequeño templo griego, creo, sigue en el jardín. Para mí siempre fue una decepción el no haber podido sacar al Mayor del banco a través del Bel Espirit, como en mis sueños lo había imaginado, quizá, saliendo del banco y yéndose a vivir al pequeño templo griego mientras Ezra y yo lo coronábamos con laureles. Sabía dónde podía conseguir buen laurel, y podía realizar el viaje en bicicleta, y pensé que podíamos coronarlo cada vez que se sintiera solo o cuando Ezra revisara el manuscrito o las pruebas de algún otro poema tan grande como La tierra baldía. Toda la cuestión terminó muy mal para mí, moralmente, como ha sucedido con tantas cosas, porque el dinero que había destinado para sacar al Mayor del banco me lo llevé a Enghien y le aposté a caballos que competían en carreras de obstáculos bajo la influencia de estimulantes. En dos ocasiones los caballos estimulados que apoyaba dejaron atrás a las bestias no estimuladas o estimuladas insuficientemente, pero en una carrera nuestra fantasía había sido estimulada a tal punto que antes del inicio de la carrera arrojó al jockey al suelo y a toda velocidad completó el circuito entero de obstáculos saltando hermosamente por sí sola como en ocasiones saltamos en sueños. Finalmente lo atraparon y lo volvieron a montar y terminó la carrera honorablemente, como dice una frase francesa, pero ni hablar del dinero.

Me habría hecho feliz que el dinero de la apuesta hubiera terminado en el Bel Espirit, el cual ya no existía. Pero me consolé pensando que de haber ganado esa apuesta habría contribuido al Bel Espirit más de lo que originalmente pretendía.


[1] Mugre que se acumula entre los dedos de los pies.

Capturando el orden universal

Nos conocimos a finales de los ochenta. El director de la revista para la cual trabajaba en aquella época me anunció, al salir de una junta, que, desde ese malogrado día en adelante, estaría a cargo del espacio que destinábamos mensualmente a semblanzas de personajes destacados de la comunidad. Mi predecesor había estado trabajando, hasta su repentina renuncia, en un retrato de Carlos Ardor y yo debía darle seguimiento. Debo aceptar que cuando escuché su nombre no me vino ningún recuerdo de su persona o de sus logros. Para ese entonces, el excéntrico director de películas de bajo presupuesto, la mayoría de ellas centradas en el desarrollo de perturbaciones mentales, llevaba al menos una década lejos de la vida pública.

Recuerdo que al leer las notas dejadas por mi colega, una treintena de tarjetas de apuntes, tapizadas por una caligrafía presurosa y esquizoide, decidí comenzar aquella semblanza desde cero. Por suerte, entre aquellos garabatos, destacaba un número telefónico. Lo marqué y pregunté por el señor Carlos Ardor. Te estaba esperando, me dijo una voz, para mi sorpresa. Me imaginé que aquel individuo al otro lado de la línea me estaba confundiendo. Le repetí mi nombre y el objetivo de la llamada. Por eso, me dijo la voz, te estaba esperando. Y a continuación añadió: Necesitamos vernos de inmediato.

Debía pensar, supuse, que era mi colega quien le hablaba. Y decidí no alertarme o sugestionarme a partir de aquel extraño intercambio de palabras vía telefónica.

Cuando llegué a la dirección que me había proporcionado, no pude más que sorprenderme. Seguramente me había equivocado o había apuntado mal las indicaciones. El lugar era una casa cuya pared frontal parecía extraída de una pesadilla. El abandono cubría cada centímetro de ese muro cacarizo. Y, por si eso no bastara para explicar mi consternación, las ventanas que daban a la calle no sólo carecían de cristales sino que estaban atravesadas por alambres de distintos calibres, algunos de ellos coronados con cabezas de muñecas infantiles. Estaba a punto de abandonar aquellas inmediaciones y regresar a la oficina, cuando alguien entreabrió la puerta principal y me incitó a pasar.

—¿Carlos Ardor? —pregunté, con la esperanza de estar equivocado.

—Pasa, pasa —me dijo el hombre que sostenía la oxidada puerta de metal.

Dejando atrás la claridad del día, me adentré, a través de un angosto resquicio, hacía aquella especie de cueva urbana. Un sujeto delgado y calvo, de una edad indeterminada y con un inaudito destello en sus ojos, apareció frente a mí. Cerró la puerta y me invitó a seguirlo. Por dentro, el lugar era una letrina desproporcionada. El hedor a eses y humedad lo invadía todo. La luz era escasa y cada dos pasos mis pies chocaban irremediablemente contra uno de los incontables e inclasificables objetos que poblaban el suelo. Me era difícil seguirle el paso a mi guía dentro de aquel sombrío laberinto. Por fortuna, cuando la oscuridad se había vuelto imposible, mi anfitrión encendió una linterna.

—Por aquí —me dijo, ingresando a un cuarto cuyas paredes estaban tapizadas con aluminio.

Al ver aquella habitación no pude dejar de pensar que aquello era una trampa. La situación era excesivamente dramática. En verdad, me encontraba a diez minutos del centro de la ciudad. Sin embargo, aquel lugar no parecía estar regido por las coordenadas espacio-temporales convencionales. Carlos Ardor debió advertir mi reticencia e incomodidad, pues, antes de proseguir con nuestra labor, le pareció adecuado informarme respecto a lo que en ese momento estaba aconteciendo:

—Cada individuo se encuentra ligado a una especie de malla, de la cual es imposible desprenderse. Nuestras vidas se entrecruzan. Ningún momento puede salirse del orden de las cosas. Por eso he construido esta habitación. La llamo La cápsula fuera del universo. Aquí podremos dialogar sin temor de entrometernos con el mundo exterior y sus consecuencias.

Aquella explicación, tan desquiciada y pronunciada con tal naturalidad, casi me arranca una carcajada. A las claras, pensé, este sujeto ha perdido todo contacto con la realidad. Sin embargo, de alguna manera, aquel ambiente me era atractivo. Incluso estaba algo agradecido de que las cosas estuvieran yendo de aquella manera. Por lo general, los individuos candidatos a aparecer en la sección de semblanzas de la revista solían ser personajes portadores de un carisma convencional y un ego ilimitado y en continuo crecimiento, cuya notoriedad se debía, en la mayoría de los casos, a algún logro trivial y, por demás, común. Médicos destacados, abogados exitosos, políticos polifacéticos, amas de casa con un corazón de acero, policías incorruptos y profesoras de ballet clásico al filo de una crisis nerviosa, eran algunos de los personajes que habían aparecido hasta ese entonces en la sección ahora a mi cargo. Entre estas despampanantes personalidades se habían colado a la fiesta, por razones del todo ajenas a mí, un poeta (que, cuando no destinaba su tiempo a forjar rimas anacrónicas, administraba su negocio de helados), un músico y una pintora. Y estaba claro que Carlos Ardor, con su docena de largometrajes, su exacerbada misantropía y sus latentes delirios, no se ajustaba al perfil deseado. Pero ello, en lugar de desanimarme, me llevó a considerar que quizá podría darle un nuevo ángulo a las semblanzas.

Pensando en los cambios que le haría a la sección y después de escuchar aquella absurda explicación, ingresé a La cápsula fuera del universo, la cual, a pesar de su nombre futurista, era tan sólo un cuarto de dos por dos, tapizado con pedazos de lámina y retazos oxidados de aluminio. Según me explicó su creador, aquellas paredes metálicas impedían el libre flujo de partículas entre el exterior y el interior. La información, continuó diciéndome el cineasta, se transmite de diversas maneras. El habla, por ejemplo, es la forma más tradicional y mejor conocida por nosotros.

—Sin embargo —concluyó Carlos Ardor, al tiempo que cerraba la puerta de La cápsula—, el mayor intercambio informático se da a un nivel celular. Los límites del individuo son una ficción. En realidad nuestro cuerpo es el universo entero. Todos somos todo y todo es todo.

Maravillado ante la convicción con la cual pronunciaba sus sentencias, olvidé el propósito de La cápsula y extraje de mi chaleco una grabadora.

—Nada de grabaciones —sentenció el señor Ardor al ver mi aparato—. Lo que se diga dentro de La cápsula debe permanecer en ella.

Quise objetar aquella sentencia tan tajante. Pero, considerando con quién estaba tratando, decidí no decir nada al respecto. Y, en su lugar, intentando proseguir nuestra charla, le indiqué que lo que decía se parecía mucho a lo escrito por William Blake, para quien el cuerpo y los sentidos eran la cárcel de nuestro verdadero yo, el cual, por supuesto, era eterno e infinito.

—Por supuesto —dijo mi entrevistado—. Pero hay que llevar esa idea hasta sus límites. Si nuestro ser es eterno e infinito y nuestra individualidad es un artificio de la razón entonces nada me impide decir que yo soy William Blake.

Su argumento, aunque extraño, parecía no carecer de cierta lógica. Tampoco era el primero en pasear por aquel terreno de sincretismo religioso visionario. Borges, Freud y varias doctrinas orientales habían ya relatado semejantes posturas. Sin embargo, aunque interesante, temía perderme en aquel lodazal cosmológico, y decidí encauzar nuestra conversación hacia temas más mundanos. Le pregunté por sus cintas. ¿Qué lo había llevado a introducirse en el mundo del séptimo arte? ¿Y por qué lo había dejado?

Confieso que, al realizar tales cuestionamientos, esperaba las respuestas típicas. Después de varias entrevistas, uno puede llegar a predecir lo que el entrevistado contestará. Sin embargo, Carlos Ardor estaba lejos de caer en mi trampa. No mencionó ningún episodio sentimental de su adolescencia, ni confesó su fascinación por algún director encumbrado, cuya figura y poética lo habían llevado a realizar cine.

—Quería encuadrar el orden universal —dijo, después de un breve silencio.

Y el secreto para hacerlo, me confesó, se encontraba en las sincronizaciones. Éstas eran las costuras del universo. Las coincidencias no eran eventos gratuitos y faltos de sentido, al contrario, eran ellas las que mostraban el entretejido de nuestra realidad. Nuestra visión y entendimiento habían sido adiestrados, desde nuestra infancia, para filtrar tan sólo parte de la vasta realidad. Nuestra vida, como la conocemos, es sólo una representación de nuestro ser infinito. Lo que veíamos en el escenario del mundo era sólo una parcialidad del universo; el resto permanecía tras bastidores y eran las coincidencias los instantes en que lográbamos ver detrás del telón de la realidad.

Años después de nuestro encuentro, los hermanos Wachowsky lograrían acercarse a lo dicho por mi entrevistado con su película The Matrix. Al verla, no pude dejar de recordar lo dicho en aquella ya lejana plática dentro de La cápsula fuera del universo y, motivado por una creciente curiosidad, me propuse rentar las películas de Carlos Ardor. Encontrarlas resultó ser una tarea heroica. Finalmente, después de una ardua búsqueda, me conformé con las tres cintas que afortunadamente había localizado en una venta de garaje: El cometa surca el cielo; Las maravillas de lo inefable; El corazón de la realidad.

Los tres largometrajes, grabados con una cámara casera, prescindían de actores, guión o cualquier especie de elemento cinematográfico. Lo que mostraban las imágenes era lo que cualquiera de nosotros hubiera grabado al salir de su casa y caminar durante un par de horas: vehículos estacionados; niños jugando beisbol en la calle; hombres trabajando en una construcción; cables de luz colgando perezosamente de un poste a otro; árboles siguiendo el trazado de la banqueta; un parque; una tienda de abarrotes; estantes de productos; una voz que pregunta por el precio de unos cigarros; un hombre robusto detrás del mostrador que le dice al hombre con la cámara que está prohibido grabar dentro de su negocio; una pareja esperando un camión; etc.

Finalmente, mientras veía Las maravillas de lo inefable, descubrí que Carlos Ardor había sobrepuesto a las imágenes captadas un cronómetro. Aquel detalle, pequeño y aparentemente intrascendente, me recordó una de las cosas mencionadas por el director durante aquel encuentro en La cápsula.

—Fui el único hijo del primer matrimonio de mi madre —declaró Ardor—. Eso tuvo como consecuencia el que pasara mucho tiempo solo, sobre todo los fines de semana. Recuerdo que en esos días letárgicos, sin televisión o juegos electrónicos, al despertar, me quedaba tendido en la cama y comenzaba a contar. No hacía cálculos o cosas extravagantes. Tan sólo me limitaba a recitar los números, 1, 2, 3, 4… y así. Un día llegué hasta el 2345. Pude haber seguido, pero mi madre entró a mi habitación y perdí la cuenta. Sin embargo, un día, creo que era sábado, mientras me entretenía haciendo esto, descubrí que ciertos sonidos aparecían justo cada cincuenta números, por decir algo. No le presté mucha atención a ello. Pero, con el tiempo descubrí que no sólo los sonidos se sincronizaban con mi conteo, sino que el mundo entero a mi alrededor parecía obedecer al ritmo de mi cuenta. Aquello fue la primera pista que tuve del tejido oculto de nuestro mundo. Después pasé a experimentar cosas más elaboradas. Por ejemplo, me gustaba salir a la calle y caminar. En un momento dado pensaba en algo, por decir: en un león. Y entonces miraba a mi alrededor para ver si sucedía algo. ¡Y ahí estaba! No quiero decir que en medio de la calle de un suburbio de clase media apareciera un león, sino, al menos su representación se hacía visible, por ejemplo en un tatuaje en la espalda de un hombre. Aquello era como si el mundo fuera una extensión de mi mente, o, mejor aún, como si los dos, mundo y mente, fueran inseparables y se comunicaran de manera subrepticia, sin llamar la atención de la conciencia, la cual, estoy convencido, es el peor intermediario posible, la causante de los desfases entre la realidad objetiva y la subjetiva.

Con esto en mente, rebobiné la cinta de Las maravillas de lo inefable e intenté descubrir coincidencias entre las imágenes y el conteo del cronómetro, el cual, estaba convencido, Ardor había colocado justamente ahí para hacer visible aquellas sincronías. Pensando que descubriría algo, si no trascendental, al menos curioso, dediqué la tarde entera a observar detenidamente aquel fardo de imágenes inconexas y desmembradas, carentes de la más mínima estructura narrativa.

No encontré nada, por supuesto. Me sentía estúpido. Había llegado a creer, al menos remotamente, en las ocurrencias de aquel desequilibrado mental. Me consolé pensando que al menos sólo había gastado treinta pesos en la compra de esas películas.

Después de aquella desilusión, decidí olvidarme de aquel memorable entrevistado.

Finalmente, hace un año, me enteré de su muerte. Había fallecido en la pobreza total, en la misma casa en la cual lo había conocido. Me propuse asistir al funeral, pensando que, a pesar de todos sus trastornos, no merecía ser sepultado en el abandono total. Me imaginé que nadie asistiría a su entierro. Mi sorpresa fue grande cuando, al llegar al cementerio, descubrí que al menos una veintena de personas se encontraban alrededor de su ataúd. Pero fue aún más sorprendente encontrarme entre los allí reunidos al antiguo colaborador de la revista, aquel que había estado a cargo de la sección de semblanzas antes de que yo fuera el responsable.

Me acerqué a él y lo saludé. Había olvidado su nombre. Él no me reconoció. Le mencioné la revista y que, probablemente sin quererlo, había heredado su sección.

—Ah, esas semblanzas de mierda —dijo—. Duré dos años haciendo esas entrevistas y publicando esa sarta de trivialidades. Hasta que un día me tocó entrevistar a Carlos Ardor, quien descanse en paz. Esa fue la gota que derramó la jarra. Me dije: ¿qué hago a mis treinta años entrevistando a este desquiciado? Ese mismo día, después de conocerlo, al volver a las oficinas de la revista, renuncié. Y tú, ¿cuánto tiempo duraste haciendo ese trabajo de mierda.

En ese momento, afortunadamente, el padre a cargo de la ceremonia comenzó su rezo. Disimuladamente y sintiendo una profunda e inefable pena, me alejé de mi antiguo colega. ¿Qué habría pensado al enterarse que estuve diez años a cargo de aquella aborrecible sección?


Nada personal o “It´s just business, baby…”

“No, su Maliciosa Majestad, no hemos recibido respuesta alguna a nuestros comunicados,” respondió Franz, con suma gentileza, a la pregunta de su señor y amo.

Incrédulo ante lo que para él era una desvergonzada falta de mera cortesía, Satán azotó su puño contra el escritorio. Durante el último año había enviado, por medio de Franz, su secretario personal, una decena de comunicados dirigidos al Santísimo, solicitando una audiencia y, hasta el momento, no habían recibido ningún telegrama proveniente del Cielo. La falta de pericia en asuntos administrativos era un rasgo conocido del Todopoderoso y su cuadrilla de ángeles —más inclinados a refocilarse encima de una blanda nube, al son de un arpa, que a conducir labores propias del estado celestial—, pero aquella ineptitud, en algo tan simple como concertar una cita, enervaba, hasta su satánica médula, a su Maliciosa Majestad.

“Franz, al carajo. Nos presentaremos frente al Altísimo sin cita previa. Esto se ha vuelto sencillamente intolerante,” dijo Satán, incapaz de esperar más tiempo, sentado detrás de su escritorio, mientras contemplaba cómo su imperio se venía abajo.

La realidad era que, de unos años a la fecha, el Infierno, como organización avocada al comercio de almas, había perdido terreno en el de por sí devaluado mercado espiritual. Eran tiempos difíciles. El número de personas que creían en un castigo eterno era cada vez menor, a pesar de las cuantiosas campañas publicitarias impulsadas por el ministerio de propaganda de su Maliciosa Majestad. Y, por supuesto, aquel engendro llamado posmodernidad dificultaba enormemente la captación de almas. Un acto perverso o malicioso, el cual, en otros tiempos, le habría valido a su perpetrador un pase inmediato al Infiero, era hoy en día evaluado desde una diversidad de ángulos —basados todos ellos en distintas teorías éticas—, los cuales entorpecían a un grado absurdo la labor de condenar o salvar al pecador. Una consecuencia evidente de este embrollo religioso era que el crecimiento estimado del acervo infernal se había estancado, mientras que, a la par, los números del Purgatorio y del Cielo, sus competidores ancestrales, habían aumentado estratosféricamente. Sus colaboradores más cercanos le habían sugerido reconsiderar su ya legendaria postura frente al Bien. Quizá, había dicho uno de ellos, sería prudente que su Maliciosa Majestad estimara la posibilidad de fusionar nuestra organización con la empresa celestial.

“¿Beckett, me propones vender mis acciones al Todopoderoso?” cuestionó Satán, indignado ante la insinuación de su colaborador, quien, por su parte, tan sólo se había limitado a presentar la mejor opción dentro del panorama actual.

“Durante siglos he sujetado las riendas de mi infausto imperio con fortaleza y tenacidad, Franz,” le dijo su Maliciosa Majestad a su secretario, ya en privado, “pero últimamente mi pulso no es el que solía ser. Tiemblo. Vacilo. Los espíritus malditos ya no son lo que eran antes. Ricardo Tercero, Nerón, Hitler; ese tipo de hombres condenados y perversos hasta el tuétano han quedado atrás. Ahora los personajes que conducen las matanzas más sangrientas, aquellos que llevan a cabo las más grandes maldades, son hombres de bien, religiosos y devotos, que en casa son amados y respetados. No puedo competir contra el Cielo y su odioso programa de Matar en nombre de Dios. Mis tentaciones y vilezas parecen cosas de niños cuando las comparas con las tretas de esos hijos del Señor. Y esto sin hacer mención de ese detestable relativismo moral tan de moda, del cual, el único que ha salido beneficiado es el Purgatorio. Antes sabías cuándo un hombre era un ser despreciable y estaba obligado a residir eternamente en nuestras instalaciones. Pero ahora, el papeleo necesario para llevar a cabo la captación de un alma es simplemente monstruoso. ‘Sí, violó y mató a su hija,’ te dicen los abogados, después de estar en un Tribunal Espiritual, ‘pero, la defensa dice que a los diez años salvó a un gato y que cumplió fielmente con sus oraciones. Además, argumentan que su violencia se debe a un abuso sufrido de pequeño.’ O peor aún,” continuó Satán, recostado sobre su imperial lecho, mientras Franz, diligente, masajeaba sus patas de cabra y lo escuchaba con paciencia: “‘El acusado es el causante material de la muerte de más de cuarenta mil hombres, pero los abogados del Cielo sostienen que sus acciones son motivadas por un corazón noble y generoso. Además, persigue un bien mayor.’ Charadas, les digo. El cielo y sus engorrosos trámites legales no son para mí más que una mala broma. Cómo desearía que las cosas fueran como antes, Franz. Debiste estar aquí cuando el ser pagano era razón suficiente para condenar tu alma. Ahora no puedo ni siquiera… Ay, ay ay, cuidado, Franz.”

“Listo,” dijo su secretario personal, mostrándole la astilla que le había sacado de su pezuña.

“Ah, era eso lo que me molestaba. No sé de dónde la habré sacado.”

“Seguramente se le clavó esta mañana, cuando su Majestad perseguía a ese encantador rebaño de Ninfas en el Bosque del Averno.”

“Sí, Franz, puede que estés en lo correcto. Pudo ser cuando…” y lentamente Satán, ante la entrañable imagen de aquellas adorables Ninfas, mostrando sus turgentes muslos y saltando despavoridas y excitadas ante la presencia del demonio, fue quedándose dormido.

Sin embargo, no había vuelta atrás, la resolución había sido tomada. Y al despertar, sin más dilaciones, Satán ordenó a su secretario preparar su maleta de viaje. Sin previo aviso, ellos dos saldrían esa mañana rumbo al Cielo. La situación era crítica y ameritaba medidas drásticas. Su Maliciosa Majestad no había vuelto al Paraíso desde su dramática expulsión, unos cuantos milenios atrás. En ocasiones, sentía cierta nostalgia por el lugar que lo había visto nacer. Pero, hasta entonces, su orgullo le había impedido realizar un viaje a su terruño. Varios amigos, residentes celestiales que en público desdeñaban a Lucifer, pero que en la intimidad aún guardaban sentimientos por su viejo cofrade, le enviaban de vez en cuando postales desde el Cielo y le informaban acerca de sus antiguos conocidos. Pero, estando, nada más y nada menos, su imperio en juego, Satán decidió evadir la nota sentimental de su visita y concentrarse solamente en el aspecto profesional.

Ya en el cielo, San Pedro, al reconocer a los dos peregrinos que se acercaban a sus puertas, tomando unas hojas de su escritorio al azar, decidió hacerse el ocupado. Aún le guardaba rencor al Diablo por haberlo hecho negar a su Señor tres veces. Siempre se había considerado a sí mismo como el discípulo más fiel de Dios y la vergüenza que había experimentado aquella mañana de hace dos mil y tantos años aún se agitaba en su interior.

“Buenos días, Pedro, venimos a ver a tu Señor,” le dijo Franz, con suma educación.

Sobreactuando su papel, Pedro continuó haciéndose el ocupado; tomaba unos documentos y los ojeaba; firmaba un papel; engrapaba algo; buscaba en su gaveta un clip o una calculadora; hacía todo lo que estuviera a su alcance, a fin de no prestar atención a los dos sujetos frente a su escritorio.

“Pedro,” gritó Satán, finalmente, impacientado, “ábrenos tus puertas.”

“¿Tienen cita?”

“No, pero soy Satán y demando ver a tu Señor.”

“¿Y por qué debería obedecerte, a ti, que me engañaste esa mañana, haciéndome negar no una, ni dos, sino tres veces a mi Señor? Eres un embustero, un ser ruin y repelente. Te recomiendo que regreses, con todo y tu pestilencia, a tu mazmorra y nos dejes en paz.”

Desconcertado ante la falta de respeto tan evidente en las palabras de Pedro, Satán, de no haber sido por la sensata intervención de su secretario, habría respondido con violencia. Por suerte, Franz, justo cuando su amo estaba a punto de increpar al discípulo, sujetó el brazo de su Maliciosa Majestad, reconviniéndolo a moderar su postura.

“Vamos, Pedro, no lo tomes de manera tan personal,” dijo Satán. “Además, han pasado cientos de años desde entonces. Y, de lo que puedo ver, no te ha ido tan mal. Tu amo fundó su Iglesia sobre ti. Eso no puede ser tan malo, ¿eh?”

“Te conozco, Satán. Conozco tus artimañas, ángel rastrero. Pero tienes razón, no me quejo, gozo de una buena posición en la empresa celestial. Sin embargo, desde aquella mañana, no he dejado de pensar hasta dónde habría llegado mi carrera de no haber pronunciado aquellas malditas tres negaciones.”

Como un experimentado agente de ventas, Satán, al detectar el punto débil de Pedro, decidió aprovecharse de ello de inmediato: “Justo a eso vengo, Pedro. Me parece que mi relación con Dios se ha distanciado mucho y me gustaría entablar un diálogo con él, a fin de establecer nuevas cláusulas que nos permitan mejorar nuestro negocio. Estando con él, nada me costaría echarte una mano, diciéndole que en verdad me costó trabajo hacer que lo negaras tres veces y que no conozco otro discípulo suyo tan leal y competente. ¿Qué te parece?”

Entusiasmado por las promesas de Satán, Pedro decidió dejarlos pasar; pero no sin antes advertirles que las instituciones celestiales, después de tantos años, como cualquier mecanismo, se habían entorpecido bastante.

“Incluso, hace trescientos años, cuando por un descuido perdí las llaves del Paraíso, reponerlas me tomó cerca de un lustro. Imaginen la fila de almas en pena esperando a las puertas del la paz eterna. Les digo, el papeleo para llevar a cabo cualquier acción, incluso la más trivial, es demencial. Nadie está en su oficina y concertar una cita es una tarea titánica. Primero te dicen que te dirijas a tal Ministerio y una vez que llegas a ese lugar te dicen que no, que tu asunto se resuelve en tal o cual lugar. Les recomiendo ser pacientes y en ningún momento enemistarse con algún funcionario; son rencorosos como ellos solos.”

Franz y Satán tomaron las palabras de San Pedro como las típicas de un sujeto amargado y frustrado, al cual han relegado durante años a un puesto insulso y mal pagado, lejos de la toma de decisiones. Más les valdría haberlo escuchado con mayor atención, pues lo que encontraron en el Cielo fue justamente lo que les había descrito. Al parecer, en el Paraíso sólo se podía hacer algo si venías recomendado por alguien. Las distintas secretarias a las cuales solicitaron una audiencia con Dios los miraban con cierta reserva y los sometían a una ridícula lista de preguntas, antes de enviarlos a otra oficina, donde, a su vez, tenía lugar una escena similar a la anterior. Tras pasar horas dando vueltas de un lado a otro, los dos emisarios del Infierno decidieron descansar cerca de una fuente. Satán no paraba de maldecir su suerte. ¿De qué demonios servía ser el Diablo, se preguntaba una y otra vez, si de cualquier manera iba ser tratado como un simple mortal? La indignación corroía su orgullo maligno. Por suerte, estaba tan agotado que le era físicamente imposible hacer una rabieta. Franz, mientras tanto, aunque un tanto vapuleado por tanta vuelta, tanto pasillo y tantas recepciones, parecía estar disfrutando el paseo. A diferencia del Infierno, donde los habitantes estaban torturando o siendo torturados, donde todos llevaban las marcas de los grilletes en sus extremidades y un rampante frenesí sadomasoquista parecía ser la tónica predominante, en el Paraíso los ángeles, bellos y sofisticados, papaloteaban por entre las nubes con una grácil desenvoltura. Algunos jugaban bádminton; ayudándose con sus alas para llegar a la etérea plumilla. Otros copulaban en el aire. Otros reían solos. Pero la mayor diferencia con el Infierno era aquella esplendorosa limpidez que parecía bañarlo todo con su blancura. Definitivamente, pensó Franz, podría quedarme aquí.

“Arriba, Franz. Arriba,” dijo Satán, excitado. “Si mis ojos no me fallan, aquel hombre de la túnica color vino parece ser el profeta Isaías, mi viejo amigo.”

“¡Arcángel Lucifer!” gritó el decrépito profeta, al ver a su antiguo conocido.

“¡Viejo amigo, Isaías! No has envejecido un ápice durante los últimos milenios.”

Después de abrazarse, los dos amigos se contemplaron un breve instante en silencio, incrédulos de lo que frente a sus ojos se presentaba.

“¿Pero qué te trae por aquí, Satán?” preguntó Isaías, finalmente.

Entonces su Maliciosa Majestad aprovechó el momento para poner al tanto a su amigo de su precaria situación. El profeta, al escucharlo, meneaba la cabeza de un lado a otro, con aparente disgusto.

“Se ha vuelto ambicioso,” repuso Isaías, después de que Satanás le explicara el motivo de su visita. “El Señor solía ser sabio y generoso. Pero el éxito lo ha seducido. Por supuesto que te ayudaré, Lucifer. Siempre fuiste uno de mis arcángeles predilectos y no sabes lo mucho que me duele verte así. De hecho, vengan conmigo, justo ahora me veré con él.”

Los dos visitantes infernales, guiados por el profeta, luego de ascender una escalera de cristal, al atravesar una nube blanca y gigantesca, dejaron atrás el esplendor característico del Cielo y, para su sorpresa, ingresaron en una atmósfera, curiosamente familiar para ellos, algo sofocada, a media luz y llena de humo. El lugar parecía más un garito de apuestas ilegales que propiamente un rincón del Paraíso. Y, en efecto, como pudieron comprobar de inmediato, al fondo del lugar, cuatro siluetas sentadas alrededor de una mesa jugaban a las cartas. En cuanto uno de los apostadores divisó a los recién llegados, se levantó y preguntó: “¿Eres tú, Isaías? ¿Por qué vienes acompañado? Sabes muy bien que no podemos traer visitas a este lugar.”

“Señor, sé muy bien que sólo miembros de nuestro club pueden ingresar a este espacio, pero creo que la identidad de al menos uno de estos caballeros le hará comprender mi atrevimiento.”

“Hola, Iahvé,” musitó Satán, detrás de Isaías.

“¿Satán, eres tú?” dijo Dios, incrédulo. Pero pronto despejó sus  dudas. Acercándose al grupo de los recién llegados, pudo observar los legendarios rasgos del arcángel caído. “Vaya sorpresa. ¡Cuánto tiempo sin verte!” Y, contemplándolo con mayor detenimiento, el Señor observó: “Satán, amigo, disculpa la ironía, pero luces muy desangelado.”

“Como podrás adivinar, no he venido aquí para intercambiar consejos de belleza,” dijo Satán, incapaz de controlar la ira que le despertaba, entre otras cosas, el cutis perfecto que ostentaba con sumo orgullo y vanidad el Señor.

“Ya lo creo,” dijo el Señor, olvidando su sonrisa fácil y mostrando ahora un rostro paralizado por la seriedad. “Veo que has traído a Kafka. ¿Cómo estás, viejo amigo? ¿No me guardarás rencor por haber enviado tu alma al Infierno, o sí?”

Franz le aseguró que entre ellos no había malos sentimientos. De hecho, le explicó, le estaba agradecido. Al morir había sido enviado al purgatorio, donde le informaron que su proceso tendría que ser estudiado por varios peritos en la materia. Al escuchar aquello, Kafka casi se va para atrás del susto. De inmediato solicitó que su caso fuera resuelto. Manifestó que no le importaba ir al Cielo o al Infierno, con tal de que no lo obligaran a atravesar un tedioso e incomprensible proceso más.

Después de aquella explicación, con amabilidad, el Señor invitó a los recién llegados a unirse a la mesa de juego, donde dos Santos y un profeta esperaban con visible ansiedad continuar la partida interrumpida.

Una vez sentados alrededor de la mesa, el Señor tronó los dedos y un crupier comenzó a repartir las cartas, al tiempo que un par de mujeres, despampanantes y semidesnudas, montadas en patines, servían bebidas al grupo y retiraban ceniceros. Satán miraba desconcertado lo que ocurría a su alrededor. Era él su Maliciosa Majestad y nadie parecía reparar en ello. Estaba siendo tratado como un ludópata amateur, o, peor aún, como un niño curioso que por casualidad había dado con unos adultos que jugaban a las cartas. La irritación volvió a consumirlo y, mientras los demás jugadores recibían sus respectivas manos, se levantó de golpe, haciendo que, con su vehemencia, una de las mujeres en patines perdiera su equilibrio y cayera al suelo junto con el daiquirí que había solicitado Franz y el whisky doble del Señor, y, con su voz encendida por la ira, vociferó:

“¡No he dejado el Infierno para venir a verte jugar una partida de póker, astuto mojigato!”

Sin inmutarse, el Señor, enarcando una ceja, lo miró un par de segundos, antes de decir, con una voz modulada e impasible:

“Lo sé, Lucifer. Ahora, te ruego, siéntate y dime a qué has venido.”

Sorprendido por aquella ecuanimidad, Satán obedeció y, retomando su lugar en la mesa, comenzó a relatarle al Señor los motivos de su visita: el negocio de las almas iba mal; pensaba que las reglas del juego habían cambiado, dejándolo a él y a su compañía en una mala posición; etc.

El Señor, después de escucharlo con atención, le dijo:

“Como veo las cosas, creo que te has asesorado mal. Para empezar, en el Infierno no hay un organigrama claro. Nadie sabe a bien cuáles son sus funciones. Pretendes administrar aquello como si fuera una rosticería o un puesto en un mercado del siglo X. El mundo de los negocios no es lo que era antes, Lucifer. Míranos a nosotros. Tenemos una organización horizontal. Desde el principio decidimos repartir las obligaciones. En lugar de tener un solo jefe, decidimos crear la Trinidad. Una idea excelente, adelantada a su tiempo. Así, las decisiones son tomadas en grupo. De tal manera, lo que se me escapa a mí, lo puede ver el Hijo o el Espíritu Santo. ¿Comprendes? Además, en el mercado de las almas existe la libre competencia. ¿No pretenderás acusarme de monopolio? Además, si tu negocio va mal, ¿crees que la mejor solución es venir a lloriquear aquí? Vamos, Satán, ya es hora de que madures un poco.”

Por suerte, Franz e Isaías lograron sujetar a tiempo a su Maliciosa Majestad, quien, ante la aparatosa inquina de aquellas palabras, se había arrojado hacia el Señor, dispuesto a, si no solucionar la situación, al menos no irse en blanco de aquella contienda, la cual, a las claras, iba perdiendo.

“¿Quieres arreglar esto?” le gritó el Señor a Satán, perdiendo la calma. “Solucionémoslo ahora mismo. Venga, juguémonos nuestros reinos en una partida de póker.”

Su Maliciosa Majestad escuchó la propuesta con cierta desconfianza. Sabía que su adversario era tan bondadoso como avieso. Tantos años en el universo le habían enseñado un par de trucos. Después de pensarlo un rato, le preguntó:

“¿Qué apostaríamos?”

“Vamos, no te hagas el inocente, Satán. El que gane se queda con todo, Cielo e Infierno.”

“Y entonces,” preguntó Satán, después de pensar la propuesta unos instantes, “¿qué sentido tendría separar las almas en buenas y malas, si, finalmente, todas caerían bajo los dominios de una misma organización?”

“Ah,” bufó el Señor, “lo que me faltaba, ahora te ha dado por filosofar. ¿Estamos haciendo negocios o chachareando solamente?”

“Creo que sólo estamos perdiendo nuestro tiempo,” dijo Satán, al tiempo que con un gesto le hacía saber a Franz que había llegado el momento de retirarse. “Prefiero que el Infierno se vaya a la banca rota a entregártelo.”

“Eh,” dijo el Señor, cuando Satán y su acompañante ya se dirigían a la puerta, “no te lo tomes personal. Así son los negocios. Ya vendrán mejores tiempos para ti.”

“Vaya,” le dijo Satán a su secretario, durante su regreso al Infierno, “después de una eternidad, sigue siendo el mismo.”

Cien días de soledad

Habría querido que la novela de su vida iniciara de la siguiente manera: Muchos años después, frente a un público enfebrecido, el músico Artemio Hinojosa había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a la sala de conciertos para escuchar a la orquesta del pueblo. Pero la realidad, en ocasiones tan contundente y tan alejada de nuestros sueños, era que, en su ciudad natal nunca hubo una orquesta, que su padre fue, en palabras de su madre, un catarrín insalvable, que nunca se preocupó por él, y que las audiencias frente a las cuales se había presentado a lo largo de veinticinco años de carrera profesional jamás habían lucido bastante animadas.

Tampoco se quejaba demasiado. No era una persona amargada. Había tenido suerte y había gozado su parte. Pero, desde su lesión en la muñeca, su ánimo había decaído, obligándolo a, con tanto tiempo libre, regodearse en la nostalgia y los sueños insatisfechos. Su mujer, Clara, al tanto de su vapuleado estado anímico lo miraba con cierta reserva e intentaba no convivir mucho con él. Veinte años de matrimonio le hacían saber que en aquellos oscuros momentos era mejor dejarlo solo.

Lázaro, el tecladista del grupo, le había advertido ya que no se lavara las manos con agua caliente. “Es malo para las articulaciones,” le había dicho en incontables ocasiones. Pero Artemio había decidido no escucharlo. Finalmente, un dolor apareció en su muñeca. Nada grave. Al principio era más una molestia que un intenso dolor. Pero conforme la gira fue avanzando, Artemio, a fin de subir al escenario, pasó de usar los simples ungüentos a los analgésicos, hasta llegar, en el último concierto, a requerir la asistencia de una especie de opiáceo bastante intenso, que, además de hacerle olvidar el dolor mientras agitaba sus maracas, le hizo ver cómo la audiencia, en un abrir y cerrar de ojos, se transformaba en un inmenso monstruo, parecido a un dragón de tres cabezas, que, iracundo y majestuoso frente a él, bufaba y agitaba su alargada y asquerosa cola. Para su fortuna, ese día, el contrato que obligaba legalmente a su agrupación de los últimos diez años, Los Sonidos de la Sierra, a realizar treinta conciertos, en distintos poblados del estado, concluía.

Durante la parte final de la gira, Lázaro y sus demás compañeros, al verlo sufrir, le habían dicho que no se preocupara, que descansara. Pero él, con un sentido de la responsabilidad, casi heroico, se había negado a dejarlos subir al escenario sin él.

“Te vas a lastimar más,” le había dicho Omar, el bajista. “Mejor quédate en la habitación del hotel.”

“No es para tanto,” dijo él, estoico, al tiempo que su muñeca experimentaba agudas punzadas.

Nadie logró disuadirlo, ni siquiera el médico que le recetó los opiáceos. Y, en verdad, era el parecer del grupo, las maracas no eran del todo fundamentales. Bien podrían prescindir de ellas durante un par de conciertos. Pero, desde luego, nadie tenía el coraje necesario para decirle eso a Artemio. Aquellas palabras lo habrían deshecho. Sobre todo a él, quien, durante su carrera profesional, se había dedicado a perfeccionar el arte de las maracas.

Verlo tocar era una epifanía. Cualquiera que haya supuesto que tocar las maracas es cosa de niños, al ver a Artemio agitar sus manos, con su instrumento cascabeleando por el aire, habría cambiado de parecer al instante. Sus movimientos en el escenario eran sutiles y el sonido que se desprendía de sus maracas acompañaba la melodía de una manera natural. Los demás músicos de Los Sonidos de la Sierra se sentían orgullosos de contar con él. Más de una revista musical había descrito su estilo como revelador. Y nada podía complacerle más que escuchar éstas críticas tan positivas, a él, quien siempre, desde sus inicios, y a despecho de la opinión general, había visto en las maracas un instrumento tan digno y completo como el arpa o el piano.

Pero, después de un cuarto de siglo apareciendo en los más diversos escenarios, después de una vida llena de logros, el destino parecía enfurruñarse con él, constriñéndolo a una vida sosegada y lejos del bullicio ensordecedor de los conciertos. Ahora, en la soledad de su despacho las viejas y olvidadas sombras de su pasado volvían, con su antigua y renovada energía, a ofuscar su inestable ánimo.

Su médico de cabecera, además de espantarse cuando Artemio le mencionó el medicamento que le habían suministrado a fin de sobrellevar la última fecha de la gira, confirmó el diagnóstico de su colega. La lesión era seria. Debió haberse cuidado. No debió seguir tocando. Si se hubiera atendido a tiempo y si hubiera guardado reposo, habría sanado de inmediato. Pero, había sobreexplotado a su muñeca y ésta estaba gravemente herida. Lo mejor era que dejara de tocar, al menos durante tres meses.

“¡Tres meses!” resopló Artemio, con incredulidad.

“Sí, tres meses,” dijo el médico. “Durante ese tiempo te prohíbo acercarte terminantemente a tus maracas. El único movimiento al que expondrás a tu muñeca será al de los ejercicios terapéuticos que yo mismo supervisaré. Lo siento, Artemio,” concluyó el profesional de la salud, quien además era un viejo conocido, “conozco la pasión que sientes por la música. Pero, si deseas curarte, deberás confiar en mí.”

“Tres meses,” pensaba Artemio, intermitentemente, sentado en el sillón de su oficina, “casi cien días.”

Su situación le era atroz. Aquel cautiverio emponzoñaba su espíritu. Su mujer, aterrada, detrás de la puerta de su despacho, lo escuchaba hablar consigo mismo. Y, cuando entraba para servirle su sopa de codos y verduras, Artemio le dirigía en silencio una mirada llena de rencor, como si ella fuera la causante de todos sus males. Ni siquiera las visitas de sus compañeros musicales lograban alisar su ánimo. De inicio, frente a ellos intentaba comportarse valeroso. Les decía que él podía soportar aquella pena y muchas más. Estaba hecho para afrontar todo tipo de dificultades. Les aseguraba que desde chico —durante los últimos días había pasado mucho tiempo pensando en su infancia— había tenido que hacer frente a las más terribles adversidades. Su madre y el habían logrado salir adelante. Su pasión por la música y sus maracas lo habían sacado de la pobreza. Lázaro, Omar y el resto de los Sonidos de la Sierra lo escuchaban con recelo, pues en su voz, mientras relataba facetas de su mítica infancia, había un tono de falsa valentía, un cierto dejo de miedo y terrible ansiedad. Y, finalmente, cuando el sol poniente encendía el húmedo despacho, y sus compañeros se preparaban para irse, Artemio, incapaz de contenerse, sin poder continuar hasta el fin su farsa, se rompía y les rogaba, les imploraba, que por favor, por el amor de Dios, se quedaran unos minutos más, sólo unos cuantos, hasta que el sol se metiera, pues, les decía, la soledad era como un perro hambriento que se ensañaba en devorarlo por dentro. En aquellos momentos de sombría incomodidad, Clara se acercaba a él y, cortésmente, le hacía saber que sus amigos tenían familias en casa que los esperaban.

“Ya vendrán otro día, cariño,” le aseguraba ella con infinita ternura.

“Dichosos ellos,” refunfuñaba Artemio, con terrible crueldad, “que tienen una familia en casa que los espera. En cambio yo, ¿qué tengo, Clara? Dime, ¿qué tengo yo?”

Ante aquel melodrama, su mujer, herida, se dirigía al resto de Los Sonidos de la Sierra, agradeciéndoles su visita e implorándoles que no dejaran solo a su amigo.

“Ya ven cómo se pone,” concluía, mientras los hombres, ajustándose sus sombreros, salían del despacho.

Dentro de la oscuridad que había descendido sobre él, Artemio encontró, si no un destello, algo parecido a ello, que, como la pálida luz de una vela asediada por los violentos chiflidos de un vendaval, logró alumbrar sus días. Las sesiones terapéuticas, además del indudable bienestar fisiológico que le proporcionaban, se habían convertido en una especie de confesionario. Su médico de cabecera, Claudio Torres, un amigo de la infancia, quien había crecido junto a él en el mismo barrio, durante aquellas visitas matutinas, se volvió su más íntimo y valorado allegado.

“¿Te acuerdas de aquellos años, Cayo, cuando corríamos en calzones por las calles sin pavimentar del viejo barrio, y tu madre, laboriosa, siempre haciendo algo, nos perseguía, hasta alcanzarnos, para luego arrastrarnos por las orejas de regreso a casa?” suspiraba Artemio, mientras Claudio le indicaba cómo girar su muñeca.

“Sabes, he estado pensando mucho en aquellos días, cuando la vida no era una carga y éramos tan sólo unos niños, mugrientos y libres, sin ninguna responsabilidad. Me habría gustado quedarme en ese mundo, habitarlo eternamente. ¿A ti no?”

“Claro, Artemio. ¿Cómo olvidar aquellos años…?” respondía el médico, con seriedad, recordando que en aquellos lejanos tiempos, él solía ser un niño bastante débil, aquejado continuamente por las más diversa variedad de enfermedades, y, sobre todo, que aquel hombre con la muñeca lastimada, hoy en día su paciente, solía abusar de él.

Artemio, a diferencia de él, había sido un niño robusto, bastante extrovertido, y que siempre estaba metiéndose en problemas. La madre del futuro médico le había prohibido hacer migas con él. Pero Claudio no había tenido muchas opciones. Artemio lo buscaba continuamente. Por fortuna, aquella infancia rural había quedado soterrada bajo un pesado montón de años. Y, a diferencia de su paciente, Claudio, ahora un respetable profesionista, no tenía ningún incentivo para embellecer aquella época de su vida.

“Nunca te lo he dicho,” musitó Artemio un día, durante una sesión, “pero siempre te envidié.” El médico, al escuchar aquella confesión, no pudo ocultar su turbación. “Lo tenías todo,” continuó el paciente, “y yo no tenía nada. Me gustaba ir a tu casa, porque siempre estaba limpia. La mía era un desastre. Y luego, por las tardes, cuando tu padre llegaba y besaba a tu madre y te abrazaba, me gustaba imaginar que yo era tu hermano y que aquella era mi familia, unida y cariñosa. Me conoces, sabes cómo fue mi infancia. Mi padre nunca estuvo en casa y mi madre, la pobre de mi madre, no sabía hacer otra cosa más que rezar y rezar, hasta que en las yemas de sus dedos podías notar las hendiduras provocadas por las bolas de su rosario. En eso me parezco a ella. Pero, ¿no te parece curioso?, yo, en lugar de tener todo el día el rosario entre mis manos, decidí sostener las maracas.”

“No sabía que te sentías así,” dijo el médico, tras un breve silencio. “Pero,” continuó, intentando animar a su paciente, “ahora eres un músico conocido. Tienes tu propia familia y puedes decidir cómo quieres vivir.”

“¡Por Dios Santo! ¡Toco las maracas!” gritó Artemio, repentinamente, con su mirada desencajada. “¿Qué puede haber de honorable en ello? ¡Mi vida entera es un mal chiste!”

Después de aquella irrupción, los dos hombres permanecieron en silencio, intentando no mirarse el uno al otro. Ninguno volvió a mencionar el tema de las maracas. Claudio, al terminar la sesión, se acercó a Clara en privado y le comentó que Artemio estaba pasando por una crisis, que su lesión en la muñeca había despertado viejos rencores y que sería prudente llevarlo a ver a un psiquiatra.

“Gracias,” dijo la mujer, “ya se lo he comentado, pero se niega. Dice que no necesita la ayuda de nadie para cambiar su pasado.”

A pesar de la incomodidad que representaba para Claudio continuar asistiendo a las sesiones terapéuticas, su espíritu profesional lo obligó a cumplir con su deber. Sin embargo, para su sorpresa, Artemio no volvió a mencionar su ancestral envidia ni su amarga frustración. Al contrario, a partir de aquel nefasto día, lucía sereno y, casi se podría decir, alegre. Definitivamente, un cambio se había operado en él. Y, aún más, aunado a su nueva disposición hacia la vida, Artemio parecía haber delimitado el trato con su viejo conocido. Ya no se dirigía a él con familiaridad. Incluso, comenzó a hablarle de usted.

Claudio, aunque intrigado por la actitud de Artemio, se abstuvo de preguntarle qué había pasado. ¿Por qué había cambiado tanto de la noche a la mañana? La prudencia le aconsejó que lo mejor era dejar las cosas como estaban. Lo último que deseaba era que aquel hombre perturbado le volviera a gritonear como en su infancia.

Sin mayores sobresaltos, los tres meses de reposo y terapia llegaron a su fin. Los Sonidos de la Sierra habían firmado un contrato que los obligaba a dar cuarenta conciertos y se mostraron bastante complacidos ante la noticia de que Artemio estaba saludable y dispuesto a sumárseles.

Claudio, por su parte, nunca comprendió qué había sucedido o a qué conclusión había llegado su amigo de la infancia. La realidad era que, desde aquellos meses de forzada cercanía, el músico, el maestro de las maracas, jamás volvió a saludarlo. Era como si nunca se hubieran conocido. Cuando, por casualidad, se encontraban en la calle, Artemio, descaradamente, miraba hacia otra parte y pasaba al lado del médico disimulando no advertir su presencia.

“Pobre hombre,” se dijo Claudio, en una de esas ocasiones, antes de continuar su camino, olvidándose por completo del músico y recordando que debía comprarle un regalo a su mujer. Su aniversario de bodas era la semana siguiente.

Retrato de un héroe

Lázaro Bisarró, hijo de un robusto leñador y de una aseada costurera -pálida como la nieve que cubría los inmensos llanos aledaños a su hogar-, fue un chico introvertido que, a la tierna edad de siete años, inspirado por los grandes héroes nacionales, sabía, con una convicción rayana en la demencia, que de grande él sería no sólo un soldado sino un galardonado y reconocido general.

Ya durante su infancia logró ser conocido como un niño extraño. Sus amigos del barrio lo consideraban un ser extravagante. Y no era para menos. Durante aquellos años, cuando las guerras azolaban constantemente continentes enteros, el juego más popular entre los infantes era recrear con sus monillos de plomo las grandes proezas ocurridas en los campos de batalla. Cada tarde, los soldados de juguete salían de sus cajas, guerreaba sobre el lodo, y regresaban indefectiblemente a su puesto. Al día siguiente se repetía la misma escena, quizá, con un final alterno. Sin embargo, como un vecino suyo constataría personalmente, para Lázaro aquella dinámica era no sólo una aberración intolerable, sino, aún  peor, un agravio en contra de las estrictas normas militares. La historia cuenta que, después de pasar una tarde jugando con el futuro general, aquel vecino decidió regresar al día siguiente para reiniciar la batalla. Lázaro, al verlo ingresar a su casa, le preguntó qué demonios le pasaba. Vengo a jugar, respondió el inocente. ¿Pero, acaso no te he vencido ayer?, respondió Lázaro, indignado. Y agregó: Tus soldados, los que no fueron capturados, han muerto. La guerra ha terminado y hay un ganador: yo. ¿Qué parte no te ha quedado lo suficientemente clara? Su vecino, contrariado, pensó que Lázaro bromeaba y, sin más, comenzó a sacar a sus soldados de plomo. Al ver aquello, la futura leyenda militar, obnubilada por la ira, pateó la caja de su vecino, al tiempo que, histérica, gritaba, ¡Largo, largo!

La historia se repitió un par de ocasiones más, con distintos niños. Y el mito del despiadado general comenzó así a forjarse.

Durante su juventud, ataviado con el esplendor propio del arrojo y con una fealdad tan particular que algunos se atreverían a clasificarla de sublime, atravesó la escuela preparatoria como un ardiente meteoro, dejando fulminados a su paso a varios compañeros de escuela, los cuales, desconociendo su bravura o desafiándola abiertamente, decidieron ponerlo a prueba, retándolo a un duelo de puñetazos. Nadie golpeó tanto ni envió a tantos compañeros a la enfermería como el futuro héroe. Sus profesores de aquella época lo recuerdan como un buen estudiante, un joven retraído y algo gris, de calificaciones modestas, que, de no haber desviado un par de clavículas y pulverizado varias costillas, habría pasado inadvertido. En esos lejanos años, nada en él los habría hecho creer que aquel desgarbado jovenzuelo sería el protagonista de renombradas hazañas.

Y es que Lázaro, tan peculiar y tan distante de la realidad de sus amigos de la infancia y de sus compañeros de escuela, se encontraría a sí mismo hasta los dieciocho años; época en la cual ingresó a la academia militar, donde, con el paso del tiempo, no sólo se forjaría una reputación como el mejor soldado de su generación, sino, de hombre despiadado, o, incluso, con marcadas tendencias suicidas. (Un examen médico descartó esos rumores.)

Ante la constante preocupación de su madre, quien, conociendo el atrevido carácter de su hijo, teme que éste encuentre un cruento final, el recién egresado de la academia militar, en una carta, la consuela, afirmando: Madre, la muerte es sólo un fastidioso contratiempo. En cuanto más pronto llegue, más pronto podremos continuar con nuestros deberes.

Es probable que esa particular concepción de la muerte haya ayudado a que su carrera militar se convirtiera en un ascenso ininterrumpido. Las insignias no se hicieron esperar y, a los veinticuatro años de edad, fue nombrado general; concretando así una parte importante de su sueño.

Sin embargo, el joven general Bisarró, aunque preparado para enfrentar cualquier contratiempo táctico en el campo de batalla, fue incapaz de sortear los aspectos políticos de su puesto. Su comportamiento, arisco y explosivo, y sus ideas, anárquicas y fatalistas, lo volvieron un ser indeseable ante sus colegas, quienes no sólo comenzaron a rehuirle, sino, deseaban fervientemente su fallecimiento; razón que explica porqué le fueron asignadas más misiones que a cualquier otro.

Esta situación, lejos de amedrentarlo, estimuló al general Bisarró, quien, a diferencia de sus soldados, se soslayaba en el campo de batalla.

Sus victorias militares son ahora conocidas mundialmente. Pero, durante aquellos años de infatigable lucha, nadie creía que alguien pudiera salir aireado de tantas campañas. Ningún contemporáneo suyo habría podido predecir que Bisarró los sobreviviría a todos. El héroe de mil batallas logró engañar a la muerte y salir victorioso de más de una emboscada. Bajo sus órdenes decenas de miles de soldados perecieron. Pero, él, criticado por acompañar a sus hombres durante los enfrentamientos (hoy en día, la mayoría de los generales permanecen a varios kilómetros de distancia del campo de batalla, resguardados en una cabina climatizada, desde la cual, por medio de instrumentos tecnológicos monitorean las acciones, al tiempo que sus hombres se baten), contra todo pronóstico, logró salir ileso.

Pero, como desgraciadamente ocurre con demasiada frecuencia, finalmente, el destino quiso que nuestro héroe pereciera en la ignominia, es decir, en este caso particular, lejos del campo de batalla.

Hasta la fecha es un misterio la razón por la cual fue destituido. La versión más conocida, aunque aún no verificada, es que se le acusó de crímenes de guerra. Sea cual fuere el motivo por el cual el ejército decidió expulsarlo, negándose a concederle su pensión vitalicia y sus derechos, la realidad es que Lázaro Bisarró regresó a su tierra natal, no como un héroe nacional, sino, como un simple perro.

Con más de cincuenta años, sin trabajo, sin familia, y sin saber hacer otra cosa que dirigir batallones, el ex general debía ganarse la vida, comenzando de cero. Sin lugar a dudas, ésta fue la época más oscura de nuestro héroe, quien, de no haber sido por la generosidad de un simpático comerciante de helados, habría perecido, completamente desahuciado.

¡Y quién lo habría pensado! Lejos de morir en una de sus misiones suicidas, como el resto de los generales esperaba, Lázaro Bisarró, después de cincuenta años manejando su carrito de helados por las calles de su antiguo pueblo, falleció de una neumonía a los cien años de edad.

Hoy en día, gracias a los diversos estudios especializados, su leyenda como general ha sido rescatada de las penumbras del olvido y sus compatriotas ahora pueden celebrarlo como el gran héroe que fue.

Algunos aún se sorprenden cuando alguien les comenta que el anciano que solía pasearse por las calles del pueblo, empujando su carrito de helados, había sido, en otros años, uno de los hombres más valerosos y temidos de todos los tiempos.

¿Quién lo hubiera dicho?, responden, sin saber qué pensar al respecto.

Los editores

Primer capítulo de la novela La Guía

No es cosa fácil identificar el inicio de esta historia. Sus acciones, personajes y tiempos son tan variados como distantes en el espacio. Quizá, afirman algunos, todo comenzó el dos de febrero del año 2004, cuando los editores, Larry Nostromb y John Ackpoint, discutían la conveniencia de publicar el libro Guide to become a highly sufficient cannabis consumer, personaje central de este libro. Otros prefieren situar el inicio de esta aventura en escenas de mayor impacto comercial (véase capítulo III, VI ó VII). La verdad es que narrar la historia de un libro, me parece, debe comenzar cuando éste era tan sólo una confusa pero estimulante idea en la mente de sus creadores; en este caso: Larry y John, quienes no sólo eran editores, sino, autores de un ya creciente número de libros sobre el consumo de la marihuana.

De 1997 al 2004, los dos autores habían trabajado en varios proyectos cuyo tema central —a pesar de las distintas perspectivas empleadas, los detalles, contenidos y gráficos— era la historia del uso de la marihuana, entre otras cosas: cómo cultivarla, cómo adquirirla, los distintos tipos y nombres de ésta en el mercado, las maneras de fumarla o consumirla, etc.

Dichos esfuerzos iniciaron en gran medida por la creciente preocupación de Larry acerca del buen uso y la errónea mala reputación de la hierba. Consternado ante la situación de uno de sus más entrañables pasatiempos, Larry pasaba largas horas disertando en el ático de la casa de sus padres las distintas posibilidades de poder dar un giro a su vapuleado hábito de fumador, y, sobretodo, quería que la paranoia que experimentaba al estar colocado llegara a su fin. Fue entonces que expuso su idea, sopesada largas horas, a su amigo John, quien, por su parte, no sólo era un dedicado estudiante de literatura y un consumado fumador de marihuana, sino, y esto era de lo que más se jactaba: uno de los mejores —sólo superado por un chef coreano, cuyos pasteles de avellana y hachís hacían delirar a gran parte de la costa oeste— cocineros de brownies y panqueques con hierba en todo el condado de Greenstone.

Durante un atardecer de postal, el sol derritiéndose en el horizonte y coloreando el lienzo celeste con tonos púrpuras, mientras la húmeda brisa del pacífico regaba las costas californianas, Larry, con un canuto en la mano, le habló a su amigo acerca de los panfletos que tenía en mente escribir, imprimir y distribuir. John, en un osado momento de brillantez, y confundiendo aquella plática con su tarea de la facultad de letras, concibió la idea de crear una editorial que se abocara, exclusivamente, a publicar libros con la flagrante intensión de domesticar y transformar la imagen de los, peyorativamente llamados, marihuanos, cuya variopinta agrupación admite a cualquiera que esté dispuesto a pasar un buen tiempo colocado.

Es ya conocida la afabilidad entre los habituales a la hierba, y una realidad era que éstos, desde 1960 a la fecha, habían venido creciendo en número. Sonriendo, dopada y diseminada por el mundo, esta gente o colectivo no atiende a clase social, raza, grupo religioso, partido político o ideología cualquiera, sino, al simple hecho de encender uno por el sólo gusto de hacerlo; de ahí la facilidad para pertenecer al grupo, y de ahí su gran poder de asociación. Aunque, éste último, hay que decirlo, se ve severamente mermado por el innegable efecto que el fumar tiene sobre la voluntad. Así, los consumidores de marihuana, aunque numerosos, han sido incapaces de emprender cualquier acción conjunta; o, para el caso, cualquier acción a secas.

Fue así que en octubre de 1996, Larry y John comenzaron la redacción de su primer libro titulado: Cannabis wake. Sin embargo, aunque el escribirlo resultó ser un trabajo, en suma, fácil —pues, tras una larga carrera como fumadores, los dos autores tenían sobradas cosas que decir al respecto—, la labor para poner en marcha una editorial no fue nada sencilla.

Entonces Bartolome Horwitz entró en escena. Fue éste joven empresario californiano y gran habitual al cannabis quien prestó el dinero necesario para el proyecto.

Bartolome era un tipo alto y rubio, de un bronceado impecable —gracias a sus largas horas encima de una tabla de surf—, de ojos de un azul transparente, nariz afilada, y, lo más apropiado para las intenciones de Larry y John, con una considerable suma de verdes en su cuenta bancaria, herencia de su tío, un viejo guionista de Hollywood, quien durante los años cincuenta sufrió las consecuencias de pertenecer a las ligas comunistas.

Los tres hombres, Larry, John y Bartolome, se habían conocido años atrás en un concierto a beneficio, donde no sólo la pasaron en grande, intoxicados y disfrutando de un alucinante espectáculo de juegos pirotécnicos, sino, al final, entre sonrisas, abrazos y demás demostraciones de afecto, intercambiaron sus respectivos números telefónicos. Desde entonces, se habían reunido en contadas ocasiones, pues Bartolome vivía en el condado vecino al de los futuros editores.

Sin embargo, cuando en la mente de los dos autores apareció el nombre de su antiguo amigo, supieron que no había persona más fiable para subvencionar su incipiente empresa. Y no podían estar más acertados: una llamada telefónica bastó para que Bartolome solicitara una cita con los dos escritores.

Fue así como en enero de 1997 nació la efímera editorial Breeze, cuya dirección quedó a cargo de Larry Nostromb y John Ackpoint. Sin embargo, su vida duró muy poco, pues ésta fue absorbida, el verano de ese mismo año, por The printed word, cuyo accionista mayoritario era, ya para entonces, nada más y nada menos que: Bartolome Horwitz, quien, aconsejado por un viejo amigo de su tío, había tomado la decisión de invertir fuertes sumas en el mundo editorial.

La editorial Breeze se convirtió entonces en una colección de The printed word, titulada The pot documents. Y el segundo libro de Larry y John, How to grow a smile, se tradujo en un bestseller sin precedentes.

Pero eso es ya historia.

El inicio de este relato debe concentrarse en la gestación de su personaje principal: Guide to become a highly sufficient cannabis consumer (desde ahora, por cuestiones prácticas: la Guía).

Corría el año 2004 y la Guía estaba lista para irse a la imprenta. Sin embargo, sus autores, Larry y John, debatían intensamente el hecho de sacar al público lo que sería su quinto libro en la materia. Para entonces, con cuatro libros ya escritos, los dos se habían convertido en acreditados connaisseurs en la materia y en aclamadas personalidades públicas (no había consumidor de hierba en el sur de California que no los citara) y consideraban que su labor había concluido. Los anteriores cuatro libros se habían vendido por todo el país e incluso hubo varias traducciones. Los autores pensaban que ya habían hecho su parte respecto al trabajo de concientizar tanto a los fumadores como a los no fumadores. Por otra parte —y esto era algo que, a pesar de resistirse a admitirlo abiertamente, dañaba la dinámica creativa hasta entonces establecida entre los viejos colegas—, Larry había dejado el hábito de encender un canuto a discreción; lo que disminuía su interés en la materia. Bartolome Horwitz estaba en el equipo sólo por las ganancias y su consumo de otras drogas había despeñado su gusto por la hierba. Sólo John continuaba fiel al cannabis, y, no sólo eso, sino que, sus recetas habían mejorado considerablemente. Razón suficiente para convertirlo en el más ferviente simpatizante de la primera edición de la Guía.

—Larry,

—¿Acaso no has visto las recetas que he incluido? —dijo John, consternado ante la visible apatía de su compañero respecto a la Guía.

—Sólo digo que no veo un motivo de peso para editarla —respondió Larry, somnoliento y un tanto desmotivado, mientras entre sus delgados y largos dedos un lápiz giraba como un pequeño ventilador—. Eso es todo John. No es nada personal.

La oficina de The pot documents se encontraba en el quinto piso de un antiguo edificio remodelado en el centro de San Francisco y la bahía se extendía a lo lejos, merodeada por una niebla blanca y delgada, como un dulce de algodón flotando en el aire un domingo en el parque.

—¿Un motivo de peso? ¿De qué hablas? —balbuceó John, al tiempo que salía de un momentáneo estupor, causado en gran medida por el calor y los golpes que le había dado a su pipa en la azotea, antes de bajar a su oficina. Y sacando las fotografías de las pruebas que mostraban los distintos platillos, comenzó a enumerar—: Pastel de zanahoria. Pasta a la boloñesa. Pay de limón. Crema de avellanas. Trufas de chocolate. ¿No son estas razones suficientes? Carajo, Larry, me he partido el lomo experimentando en la cocina para salir con estas recetas. Por no hablar de los dolores de estomago. Y, ¿tú me pides razones de peso? No, no lo creo. Esto tiene que ver con Carla. El asunto tiene su nombre por todas partes.

—¿Carla? ¿Carla, en serio, John? No la metas en esto, no tiene nada que ver con ella.

Carla era la secretaria de The pot documents, y la ex pareja de John. Dejó de ser ambas cosas cuando decidió mudarse  a casa de Larry.

—Carla me dejó por ti… no hay problema, hermano. Carla dejó de ser nuestra secretaria por ti… no hay problema, hermano. Carla hace que dejes de fumar marihuana… no-hay-problema. —Levantándose, John se acerca a la ventana y pierde su mirada sobre los tejados de la ciudad. Finalmente, después de un silencio dramático, añade—: Pero, Carla te trastorna la cabeza y te vuelve en mi contra y, ¡más delicado aún, en contra de la Guía!… Puedes estar seguro que tenemos un problema.

—John, todo lo que quiero decir es que no me parece apropiado sacar al mercado un quinto libro acerca de lo mismo. No te estoy pidiendo que analices el genoma humano o que rebeles la existencia de Dios. Vamos, sólo quiero que veas que ya hemos hecho lo que nos propusimos en un inicio. Los prejuicios contra la marihuana han cambiado. El mundo ya no la ve como lo hacía hace diez años. Por Dios, ahora es vendida como un fármaco más.

—Está bien, te comprendo —alcanzó a apuntar John, un tanto contrariado ante la bien pensada respuesta de su socio. En verdad no esperaba que éste resultara tan articulado. Finalmente, él mismo no había reflexionado acerca de la conveniencia o pertinencia de sacar al mercado a la Guía. Aquella cuestión, para él, no existía; el libro debía publicarse al igual que por la mañana el sol debía salir por el este. La negativa de Larry para publicar el libro lo tomó por sorpresa; a pesar de que éste último le había expresado su punto de vista reiteradamente durante las últimas dos semanas. Recuperando su ímpetu, agregó—: Bien, pero, ahora, respóndeme algo. Quiero que tengas la amabilidad de decirme: ¿en qué libro puedes encontrar una receta para hacer Pay de limón con cannabis?

—Ese no es el punto, John.

—Vamos, ¿Pay de limón?

—¡Esto no tiene que ver con Carla, ni con un pay de limón, ni con las trufas o las avellanas! Estoy hablando de dejarlo ir. La Guía es innecesaria —reaccionó Larry, intentando con fuerza no caer en el juego de su colega.

—¡Para ti!… ¡Para ti que ahora eres un no consumidor! Pero, ¡piensa, quiero que pienses en todos esos consumidores ansiosos por preparar una pasta a la boloñesa que te mandará al cielo!

En aquel momento un joven de alrededor de 15 años, entreabrió la puerta de la oficina. Se trataba del pequeño Ryan, el mensajero de The pot documents, a quien, después de percibir el olor del cannabis que exhalaba la oficina de los editores, se le hizo fácil entrar para darle dos o tres jalones a un toque, platicar con sus jefes y reanudar su holgada jornada repartiendo boletines informativos por las calles. Sin embargo, Ryan no esperaba encontrar a los editores enfrascados en una acalorada discusión, situación por demás inusual en aquel atípico ambiente laboral. Fulminado por la mirada de un iracundo Larry, Ryan se disculpó, tartamudeando, y cerró con extrema delicadeza la puerta.

—John, analicemos esto con seriedad —reanudó Larry la conversación—. Hace ocho años que te graduaste de la facultad. Muy bien, estás trabajando para The printed word, y eso ya es algo. Pero recuerda aquella novela que querías escribir, piensa en los sueños que tenías antes de que comenzáramos esta empresa. ¿Acaso no quieres realizar ninguno de ellos? ¿Editar o escribir otro tipo de libros?

—No lo sé, Larry —respondió John, sintiéndose un tanto confundido, pues, para él, aquella labor, editar libros acerca de la marihuana, era, sin lugar a dudas, su trabajo, su oficio, el motivo por el cual había luchado durante la última década. ¿Escribir novelas? ¿Dedicarse a otra cosa? Aquello estaba fuera de su alcance. Había decidido años atrás avocar sus esfuerzos a The pot documents, y sugerirle cualquier otra línea de trabajo era como pedirle a una ballena que cambiara su hábitat, que abandonara las inmensas llanuras del océano para aplatanarse a sus anchas en alguna selva tropical—.     Tu mente ha sido saboteada por la sobriedad y no sabes el dolor que me causa verte así. Estás hablando del futuro. ¿Escribir una novela? Larry eso no está siendo discutido hoy. Aquí estamos por la Guía… enfócate.

—Tienes razón, he cambiado. Mis prioridades han cambiado.

La luz del sol entraba generosa por una venta orientada hacia el oeste, bañando los diversos objetos esparcidos en el lugar: dos escritorios; un sofá; un par de sillas; libros y hojas tiradas por todas partes; un perchero con varios sombreros colgados; una fotografía enmarcada que mostraba a un surfista montado sobre una ola de cinco metros; las pruebas de la Guía diseminadas sobre el escritorio de John.

—No… no me digas que este año no irás conmigo a la gira de conferencias. Por favor, Larry, no me hagas eso —dijo John, después de un prolongado silencio, el cual su mente había aprovechado para viajar hacía remotas regiones, entre las cuales vislumbró la escena de una conferencia, donde, para su sorpresa, John se vio solo, sin su fiel compañero a su lado, disertando frente a un  público inmisericorde. El pánico de aquella visión lo paralizó y no pudo más que olvidar, irremediablemente, por un momento el punto central a tratar: la pertinencia de la publicación de la Guía. Por demás, aquellos saltos, casi cuánticos, en su conversación eran una normalidad a la cual Larry estaba ya habituado. Sin embargo, la sensibilidad que el tema ameritaba, o que él, Larry, deseaba infundirle, lo sobresaltó, haciéndolo reaccionar y decir:

—¿Conferencias? ¿Estoy hablando de ni siquiera publicar la Guía y tú me sales con las mentadas conferencias?

Sugestionado y conmocionado por la desolación de la escena de aquella hipotética librería, en la cual se había visto a sí mismo totalmente solo, John se replegó en sí mismo, cerrándose al mundo exterior. Sintiendo aquel terror pánico no pudo más que reaccionar infantilmente; y olvidando cualquier especie de argumento racional para defender su postura, tan sólo pudo decir con completa honestidad:

—Estás irreconocible; y yo estoy a punto de llorar. Mira, ven, acércate, ves esa lágrima que ya bordea mi ojo. Es por ti, Larry. Me estás lastimando.

—Deja de dramatizar. Carajo, no puedo creer que estemos teniendo esta discusión.

—Ni yo, si me lo preguntas —dijo John, al tiempo que, impulsándose con sus pies, hacía girar su silla rotatoria para dirigir su mirada hacia el océano, donde quizá aquel terror provocado por la idea de realizar la gira de conferencias solo desaparecería.

—¿Qué ha dicho Bartolome acerca de la Guía? —preguntó Larry, después de bufar como un toro, dejando que parte de la tensión acumulada se disipara. La opinión del socio capitalista, Bartolome, respecto a la Guía, le tenía sin cuidado, sin embargo, había sacado el tema tan sólo porque intentaba mantener la conversación dentro de parámetros razonables y pensaba que, quizá, su compañero abandonaría aquella deplorable actitud si le proponía concentrarse en cuestiones más realistas o concretas.

—¿Qué puede decir? Tenemos crédito abierto, amigo. Luz verde. Bartolome sólo está interesado en conseguir más pasta para sus anfetas. Y la Guía, puedes asegurarte de eso, le dará suficiente como para engolosinarse por un año.

La estrategia había funcionado. La vida de Bartolome era algo que John siempre había encontrado fascinante, al grado, incluso, de hacerlo olvidar sus sugestiones y volver al mundo real.

—No puedo creer que todo sea tan fácil —dijo Larry, suspirando melancólicamente. Sus ojos cristalinos reflejaban el azul profundo del mar—. Si quisiera emprender cualquier otro negocio, estoy seguro que fracasaría. Sólo esto me reporta dinero. Y estoy harto de ello. Tiene que haber una ley para lo que me sucede, una como la de Murphy.

—Subestimas el poder de los fumadores —dijo John, sin poder reprimir una sonrisa, pues, desde hacía tiempo, deseaba encontrar la oportunidad de echarle en cara a Larry su abstinencia. Y con un tono aleccionador, como el que un padre utilizaría ante el hijo que le ha causado una profunda decepción, dijo—:   Te has pasado al otro lado de la calle, Larry, y estás desenfocado. Nunca debiste haber dejado de fumar. Pero, no te lo diré. Pues, justamente, mi lucha es en contra de los prejuicios y las opiniones fáciles y sin fundamento, y sobre todo, estoy en contra de decirles a los otros qué hacer. Yo no les digo que fumen. Ellos no me dicen que deje de fumar. Esos son los principios de esta empresa, Larry, si es que los recuerdas.

—Algo me dice que nada bueno saldrá de todo esto —dijo Larry, proféticamente, mientras recargaba su brazo derecho contra la cornisa y perdía su mirada en el paradisiaco paisaje que se extendía frente a él.

—Estás embrollado por tener la cabeza limpia y despejada, Larry —diagnosticó John, imprimiendo un tono de suficiencia médica a su voz—. Pero fue tu decisión dejar de fumar y lo respetaré hasta mi muerte.

—Dudo que haber dejado la marihuana afecte mi capacidad de raciocinio —suspiró Larry, no muy convencido, intuyendo que quizá sí, su abstinencia había menguad su pensamiento crítico.

John, mientras tanto, pensando que ya había dicho todo lo que tenía que transmitirle a su socio, comenzó a jugar con un pequeño ventilador chino cuyas aspas al girar deletreaban la palabra Greenstone. La neblina, proveniente de las montañas reptaba como un lagarto, apeñuscándose paulatinamente sobre el calmo manto oceánico. Sin embargo, a pesar de la aparente tranquilidad que se había alcanzado en la oficina, atravesando su mente, como un relámpago irrumpiendo y rasgando la serenidad de una tarde de verano, un pensamiento hizo que John regresara a la carga, diciendo:

—Ahora que lo pienso, respetaré tu decisión de abstenerte, pero, con una condición. ¡Carajo, no es posible que no haya pensado en esto antes! —dijo John, con visible ansiedad, al tiempo que se levantaba y comenzaba a andar de un lado a otro en la oficina—. ¿Sabes acaso la mala publicidad que puede traer consigo tu decisión de no fumar? ¿Te imaginas cuando nuestros lectores se enteren que has dejado la hierba? Tenemos que mantenerlo en secreto, Larry. Tenemos que hacerlo así. Esa es mi condición: para el mundo tú eres y seguirás siendo un marihuano más del montón.

—¿Condición? ¿De qué estás hablando, John? ¿Me impides decir que he dejado de fumar? No, espera… ¡me condicionas a no decirlo! Es decir, ¿tu “respetas” mi abstinencia a cambio de que no la haga pública? —apuntó Larry, desde su asiento, gesticulando exageradamente y remarcando las comillas con sus dos manos.

—Tienes razón, he dicho una cosa terrible. No puedo “respetar” tu decisión, tengo que hacerlo sin comillas, es decir, porque lo acepto tal y como es —refunfuñó John, sintiéndose sinceramente disgustado consigo mismo al comprender la vileza implícita de su petición—. ¡Diablos! Todo se está complicando, Larry. Siento que energías muy negativas se interponen entre nosotros. Toma mi mano. Hagamos un juramento.

—John, no voy a tomar tu mano y no necesitamos hacer un juramento. Yo dejé de fumar marihuana y, si nuestros lectores se enteran de eso, no hay anda que yo pueda hacer.

—Muy bien, juremos por eso —insistió John, intentando limpiar con aquel acto su conciencia.

—Ya lo he dicho y lo sostengo, no hay necesidad de realizar un juramento.

—Sería simbólico, Larry. Lo simbólico es importante para mí, lo sabes.

—Y, ¿qué simboliza la Guía para ti?

—¡Puf! Sacas las preguntas grandes, así, de la nada. Ahorita no tengo la respuesta para eso, Larry. Estaba pensando encontrarla, como siempre, durante la gira de conferencias.

—¿Harías la gira sin mí? —preguntó Larry, con una indignación un tanto falsa.

—¿Y por qué habría de hacerla sin ti?

—Porque ya no fumo.

—¿No fumar te impide firmar autógrafos?

—No.

—Eso hubiera sido el colmo.

—No, John, no hablaba de los autógrafos. Me refería a ¿cómo se vería que un no fumador de cannabis atravesara el país hablando maravillas de la hierba?

—Tú irás a la gira de la Guía, te coloques o no —afirmó John, intentando demostrar a su colega lo mucho que estaba dispuesto a respetar su abstinencia.

—No lo sé, John. Además, tengo otros planes que me gustaría adelantar —suspiró Larry, intentando pensar en esos supuestos planes que años atrás se había prometido llevar a cabo y que nunca había podido concretar debido al inmenso trabajo que representaba publicar y promocionar aquellos libros de orientación al consumidor. Pensó en los planes que él y Carla habían diseñado para el futuro: comprar un terreno al norte, frente al mar, construir una cabaña, cultivar una hortaliza y quizá criar animales, hacerse de una lancha y salir cada madrugada a pescar. Ella deseaba tener hijos, un niño y una niña, de inicio. Quizá, con los años, en medio del tibio cariño de la naturaleza, escuchando el suave canto de los pájaros, sumergidos en el verde espesor del bosque y la clara luminosidad del mar, podrían procrear más niños, cinco o seis, y educarlos de acuerdo con la simple sabiduría de la tierra. Larry deseaba más que cualquier otra cosa liberarse de aquel mundo comercial, de aquellas giras interminables, de los entusiastas consumidores de marihuana que los acosaban con preguntas que difícilmente tenían respuesta.

—¡Lo tengo! —esputó John, súbitamente—. Haremos publicidad de tu abstinencia. Digo, si no te importa. ¡Ya lo estoy viendo! —añadió, excitado—. ¡Esto podría llegar a ser lo mejor que nos ha pasado! Piénsalo, un no fumador escribiendo un libro acerca de la marihuana, es como si el Papa comenzara a dar discursos a favor de las armas. ¿Te imaginas el aumento en las ventas de rifles cuando todos esos católicos se enteren de que su máxima figura de autoridad ha ensalzado las armas?

—Dudo que el símil aplique —bostezó Larry, hastiado e intentado sujetarse a aquel sueño de su lancha y sus críos corriendo libres por una pradera desnuda.

—No te gusta que me meta con la religión, está bien —dijo John, malinterpretando la cara de enfado de Larry. He intentó arreglar la situación con otro símil—: Que tú promociones la Guía sin consumir hierba es como si una prostituta diera pláticas matrimoniales.

—Basta de símiles, John. No soy ni una puta ni el Papa, y… en todo caso, sería una “ex” prostituta dando pláticas matrimoniales, o un “ex” Papa hablando de lo práctico y conveniente de portar un arma. Pero… no quiero hablar de eso.

—Vamos, Larry, no te encierres ahora en tu caparazón. No te pido que tomes una decisión ahora, sólo quiero que contemples las posibilidades.

—No, John. No —dijo Larry, confundido—. Yo quería hablar contigo acerca de la posibilidad de no sacar al mercado la Guía, y, ahora, me estás haciendo pensar en si voy a ir o no de gira.

—Colega, todo está solucionado —dijo John con suma seguridad, al tiempo que se deslizaba de nueva cuenta sobre su silla rotatoria. Impulsado por sus pies, dio un par de giros, antes de frenarse y recargar sus codos sobre el escritorio y continuar exponiendo los términos de su estrategia—: La Guía se publicará y, como un favor especial a ti, haré que en la contraportada se lea tu experiencia como un no fumador. No ocultaremos nada. Tenemos que seguir fieles a nuestros principios, pues, sin ellos, nada de esto tendría sentido. Y de las giras —añadió, imprimiendo a su voz aquella suficiencia propia de los grandes hombres de negocios—,  no le des más vueltas a ese asunto, si vas, será un placer, como lo ha sido por los últimos ocho años, y si decides no ir, sabré comprender.

—No sé si he sacado nada en claro, John. El sólo hecho de hablar contigo es suficiente para sentirme colocado.

—Tomaré tus palabras como un cumplido.

Los dos hombres, satisfechos con los resultados de su discusión (cualesquiera que éstos hayan sido), reclinándose en sus asientos, dejaron sus cabezas irse hacia atrás, mientras cerraban los ojos y pensaban en lo que habían obtenido de aquella charla.

John no tardó en sacar un estuche de baterías donde guardaba su hierba para el día. Y en una nada tuvo un canuto listo para encenderse. Larry aspiró aquel humo y fue quedándose dormido. Al final, poco había cambiado entre los dos.

Un par de meses más tarde, sin sospechar si quiera lo cerca que estuvo de jamás ver la luz del día, la Guía salió a la venta.

En la contraportada se apreciaba una foto de Larry, a cuyos pies venía un cuadro de texto que explicaba las actuales circunstancias de su relación con la hierba. La estrategia mercadotécnica funcionó y el libro fue un éxito. Los consumidores, al parecer, apreciaban la honestidad del ex fumador.

En el 2005 salió la segunda edición.

John pasó ese mismo año dando conferencias y firmando autógrafos, solo. La mayoría de los consumidores de hierba que se le acercaron durante la gira le preguntaron sobre la ausencia de Larry: “¿Dónde está tu colega, hermano?” “¿Dónde está el abstemio?” ¿La última vez que los vi, no eran dos?”

La Guía fue el último trabajo realizado conjuntamente por Larry y John.

Éste último, después de la gira, decidió invertir su dinero en la bolsa, comprando el tres por ciento de las acciones de una compañía de armas. Por suerte, al mes de haber realizado la compra, una guerra comenzó al otro lado del pacífico y su inversión se cuadruplicó, convirtiéndolo en un  joven millonario.

Actualmente prepara un programa de cocina para la televisión.

Por su parte, a finales del 2005, la colección The pot documents, de la editorial The printed Word, fue cerrada a causa de una tragedia.

Bartolome Horwitz murió ese año. Sufrió una sobredosis, mientras disfrutaba de unas vacaciones en Las Vegas.

Larry Nostromb, por su parte, se casó en septiembre de ese mismo año con la señorita Carla. Juntos intentaron llevar a cabo varias empresas, ajenas a la colección The pot documents, sin embargo, todas ellas concluyeron en tremendos fracasos.

Compraron un lote frente al mar, pero nunca pudieron construir en él, ya que la tierra en esa región estaba protegida por una ley ecológica que, años atrás, el mismo Larry había apoyado. Igualmente, intentaron tener hijos, sin éxito.

Clara atribuyó aquella circunstancia a un problema de fertilidad de Larry.

Finalmente, las dificultades mermaron la ternura entre los dos y en el 2006 ella decidió irse a la India a sanar su karma, no sin antes enviarle los papeles de divorcio a Larry, quien para entonces, destrozado sentimentalmente, había regresado a vivir a casa de su madre, en donde —en el mismo ático en el cual, años atrás, había germinado la semilla inicial de The pot documents— ahora se emborrachaba noche tras noche.

La Guía no sólo dio a conocer al mundo las atípicas recetas de John, sino, también, y en adecuación con la trama de este libro, la posibilidad de que una mujer consiguiera, en su viaje de tres días a Nueva York, el regalo perfecto para su pareja… quien, si es necesario decirlo, es un consumidor complacido.