Bartolo y las hormigas

Manuel Espinoza repitió que no la había escuchado y entonces Voitila comenzó a contarle la historia del frailecito Bartolo: El cual fue el primer religioso en pisar estas tierras, bueno, el primer padre católico, porque los O´dam seguro que tenían su casta religiosa, aunque de eso sabemos poco o más bien nada y ya siendo sinceros, fuera de dos o tres historiadores refundidos en el Colegio de México, a nadie le importa. Pero ese no es el punto, la cosa es que Bartolo, antes de ser fraile, fue un hombre de la tropa de Cortez, y seguro estuvo en la toma de Tenochtitlán y se agenció unas tlaxcaltecas, pero eso nadie sabe muy bien qué tan cierto fue, así que lo mejor es continuar y decir que este hombre, de nombre Bartolo Bulnes, al parecer no tenía estómago de conquistador y después de dos o tres matanzas dijo ahí muere y se metió de religioso. En resumen, cambió el arcabuz por la cruz. Y recién salido del monasterio, en la Havana o vaya uno a saber dónde mierdas, su primera tarea fue irse de misionero al norte, a las tierras ocupadas por los salvajes. El fraile Bartolo realizó el trayecto a pie y después de meses soportando las arduas penas del camino con la santa ayuda de su Dios llegó a donde ahora nos encontramos. Aquí entró en contacto con una tribu de los O´dam, los cuales, al parecer lo recibieron con inesperada cordialidad. A todo dar, debió pensar nuestro frailecito, quien ya para entonces debía tener las patas ampolladas bien metidas en lo que antes era el arroyo de Santa Gracia y que luego lo entubaron y ahora transporta los desperdicios de nuestra ciudad, pero que en aquel entonces debió ser un hilo de agua prístina sacado casi casi del meritito Edén. Según cuentan, los O´dam hasta se tomaron la molestia de acondicionarle un tapete en una parte plana del valle para que el frailecito pudiera dormir a pierna suelta con las estrellas titilando allá en lo alto, haz de cuenta que como si Dios le estuviera guiñando el puto ojo. Ya nomás falta que hasta le hayan encendido un incienso allí al ladito pa que lo arrullara la fragancia del almizcle. Pero bueno, no hay que exagerar. La cosa es que los O´dam no eran tan buenos anfitriones como hasta aquí ha querido hacernos creer esta historia. La verdad es que si lo recibieron con amabilidad y le dieron ofrendas y hasta le prometieron alguna hija, uno nunca sabe, fue sólo para que el frailecito Bartolo Bulnes no sospechara de ellos, pues aquellos hombres, alertados por otras tribus, de la llegada de unos desconocidos vestidos en hierro andaban bien alertas, desconfiando de cualquiera que se acercara a sus tierras. Ya ves lo que dicen, santos por pecadores. Pues así fue la cosa. El tendido se lo pusieron los O´dam donde ellos sabían que había un pinche hormiguero multifamiliar. Ya podrás imaginarte tú el desenlace de la historia. A la mañana siguiente el frailecito era una roncha inmensa. Dicen que agonizó todavía unas cuantas horas, ya sin ganas de rascarse, ¿pues ya qué se rasca uno cuando está así de hinchado? Ya después la iglesia quiso hacerlo santo pero ya ves cómo son de políticas esas cuestiones y al final la cosa quedó en nada. Ni a pinche mártir llegó Bartolo. A los pocos años se supo que el Cofre de Baltazar estaba lleno de plata y ya no enviaron padrecitos a traer la palabra de Dios a estos lares sino a hombres bien armados que les pusieron una santa chinga a los O´dam y a las putas hormigas, y se quedaron con toda esta tierra, incluidos los cerros, el arroyo, el valle y la jodida plata.

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*Imagen: detalle de una pintura de David Lynch.

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La Bodega de Odilón

En la parte oriente de la estación de ferrocarriles, en un espacio utilizado años atrás, cuando los trenes aún transportaban no solamente mercancías sino pasajeros, para guardar vagones y repararlos, y que hace poco fue lotificado y vendido para sufragar los gastos cada vez mayores del mantenimiento del viejo cascarón colonial de la antigua estación, se encuentran hoy en día varios negocios, todos muy modernos, muy al grito de la moda, con el diseño en tonos apagados de la época, entre ellos, uno de los restaurantes de mayor renombre en Santiago, La Bodega de Odilón, y su pequeño bar aledaño, El Bremont, el cual, de unos meses para acá, se ha visto infestado por esa temible plaga conformada por los variopintos miembros del gremio periodístico. Temible para los dueños por la simple razón que cualquiera de ellos, es decir, cualquier periodista que se aparezca por ahí, puede acomodarse en un banco frente a la barra del Bremont y calentar su cerveza durante más de una hora, eso en el mejor de los casos, pues en muchas ocasiones el susodicho simplemente se sentará allí, pedirá un vaso de agua, sumergirá su pezuña en el tazón de los cacahuates una y otra vez, esparciendo cáscaras por toda la superficie lustrada de la barra, mientras asegura estar esperando a alguien importante o mira constantemente su reloj y se dice a sí mismo, Ya debería estar aquí o Si le dije que a las cinco, aunque las palabras, la verdad sea dicha, parecen más bien dirigidas al ya impaciente barman que lo atiende.

Algunos de los empresarios utilizaron las paredes de adoquín o al menos las estructuras de acero de las antiguas bodegas de los ferrocarriles para acomodar sus negocios, los cuales se encuentran al lado de un camino adoquinado de diez metros de ancho, el cual avanza de este a oeste, y comienza justo a espaldas de la estación y termina en un espacio amplio donde algún ingenioso diseñador colocó en medio de una fuente una reproducción del David de Miguel Ángel, aunque este adorable mozo, a diferencia del original, resulta ser más pudoroso, pues en lugar de tener sus tiernos atributos al aire, éstos han sido cubiertos con una humilde hoja de parra, la cual fue colocada en ese sitio gracias a la presión que un grupo de cristianos ejerció sobre el municipio para salvaguardar las buenas costumbres y los valores de la juventud santiaguina, la cual, irremediablemente, según estos extremistas, sería corrompida al verse enfrentada tan bruscamente ante los modestos genitales del antiguo modelo florentino.

La Bodega de Odilón y el Bar Bremont cuentan con entradas separadas, aunque comparten baños y un pasillo interior los une, de tal manera que los clientes de uno y otro pueden mezclarse si así lo desean o permanecer cada uno en sus respectivos ambientes. Entre los dos negocios hay una pared de cristal, la cual permite que aquellos sentados en una mesa de la Bodega puedan observar libremente las acciones que se desarrollan en el bar y decidir si acaso, después de deglutir el plato fuerte, algún corte o una sopa de cangrejos, desean ir a tomar un coctel a la barra. Los dueños pensaron que este acomodo les sería a la larga redituable, pues indudablemente a los comensales de la Bodega les resultaría atractivo el diseño y el ambiente del bar, y, a su vez, a aquellos clientes del Bremont, después de unas copas, les apetecería bajar un poco su embriaguez con un caldo de pato o algún otro entremés. Sin embargo, hasta la fecha, la realidad es que las clientelas de cada establecimiento rara vez se mezclan. Son como especies de planetas distintos. Células rojas y blancas. Ángeles y demonios. Las mesas de la Bodega son generalmente ocupadas por hombres de negocios, políticos y personajes emperifollados de la socialité santiaguina, mientras que por el Bremont usualmente rondan personalidades más opacas, deslustradas, casi sombras de lo que algún día fue una persona, sombras errabundas que se olvidaron, por descuido, que pertenecían a alguien.

Sin lograr su principal cometido de aquel día, presionar a la directora del instituto de cultura para que el Bobalicón fuera publicado, pero habiendo en cambio desfogado su frustración sobre el gentil cuerpo de Abigail dentro de una sórdida habitación de un motel de paso, Manuel Espinoza, sin dirigirle a lo largo de aquella mañana otoñal un solo pensamiento a su pareja, Ana Laura Quintana, con quien compartía techo desde hace más de un año y a quien quería como se quiere a una hermana menor, con ternura y cierto sentido de protección, ingresó por las puertas batientes del Bremont y se quitó las gafas de sol para dejar que sus ojos se acostumbraran a la tenue penumbra del local. En el bolsillo derecho de su pantalón de mezclilla deslavada descansaba un arrugado billete de cincuenta pesos. Hoy había promoción de cervezas. Dos por uno. La matemática era sencilla. A veinticinco pesos la botella, tenía suficiente para beberse cuatro cervezas y no dejar nada de propina. Ningún problema. Nadie esperaba propina de alguien como él. Y si acaso algún incauto mesero llegaba a hacerse esperanzas de ello, el problema era suyo. Ya aprendería a juzgar mejor a la clientela.

Cuando se dirigía al fondo de la barra, a ocupar el último banco, aquel que colindaba casi con el pasillo que llevaba a los baños, posición que Manuel tenía estudiada y que le permitía observar a las mujeres que iban de la Bodega de Odilón a los sanitarios, siempre enjoyadas, pelos pintados, ropas de marca, tacones y demás parafernalia de las damas de la alta sociedad, escuchó que alguien, allá en la oscuridad de un rincón, decía su nombre. Al girarse y avanzar en aquella dirección, Manuel Espinoza reconoció, ya cuando estaba casi encima de la mesa, a su antiguo colega y casi mentor, el periodista de la nota roja, Juan Pablo Murguía, quien con singular gusto se llevaba un puño de cacahuates a la boca, mientras su XX lager descansaba sudorosa encima de un portavasos con el logotipo del Bremont, un anzuelo doble azul sobre un fondo blanco.

El periodista lo invitó a tomar asiento y el joven escritor, quien había realizado sus prácticas profesionales en el Heraldo del Norte, situación que le permitió entrar en contacto con la gente del medio, incluido su actual compañero de mesa, pidió una Victoria y se acomodó con la espalda a la barra, de tal manera que podía observar a través del cristal que separaba a los locales a las personas que ingresaban a la Bodega.

Manuelito y su espinosa escritura, ¿cómo le va?

Ahí la llevo, Voitila. Remando como esclavo y sin divisar puerto alguno.

Ah qué muchacho. Le dije que se quedara con nosotros, ¿a poco no? Si uno quiere andar escribiendo no queda otra que buscar refugio en las pestilentes salas de redacción de un periódico. ¿Para qué nos hacemos weyes? Pero no se apure, no hace falta que me lo repita. Yo sé muy bien que usted es un alma libre, un renegado, uno de esos seres irredentos que desprecian las hipocresías del convivio social y en lugar de eso prefiere el destino del lobo sin manada. Pero eso sí, también se lo digo sin tapujos, sin manada, no hay mamada. Y en este mundo hay que aprender a mamar.

Manuel reflexionó un momento aquellas palabras del periodista, sin saber si las mamadas referidas eran del tipo sexual o si se trataba de empujar a los cachorros hermanos sin misericordia para alcanzar la preciada teta de la madre. Lo mismo da, concluyó. Resumiendo, el que no chinga no mama. Le dio un trago a su Victoria para pasarse el mal sabor de boca que le producía la grandilocuencia de Murguía, ese tono tan típico de ciertos periodistas que solamente era utilizado en presencia de un colega, como si el ser parte del gremio les impidiera hablar como la gente y tuvieran que sonar como algún conde sacado de una de las novelas menos conocidas de Tolstoi. Un renegado. Las hipocresías. Un ser irredento. El convivio social. El destino del lobo alejado de la manada. Mamadas. Puras pinches mamadas.

Al hurgar el fondo del tazón con sus gruesos dedos en busca de un último cacahuate tostado o una semilla y no encontrar nada, J. P. Murguía, a quien por su nombre y su inmensa calva blanca habían apodado en las oficinas del Heraldo como Voitila, por aquel famoso Karol, también conocido como Juan Pablo II, le habló al mesero para que le trajera más botana, y ya estando, con solamente dos tragos descansando en el fondo de su tarro, una cerveza más, pero esta vez bien helada, porque la pasada, lo que sea de cada quien, estaba medio tibiezona.

La mesa en la que se encontraban estaba ubicada en la parte más oscura del bar, aquella que no podía apreciarse desde La Bodega de Odilón, pues la parte iluminada estaba justamente detrás de la barra, de tal manera que los comensales del restaurante sólo podían observar a los clientes del bar que se habían acomodado en los bancos altos junto a la barra. Contrariamente, Manuel y Murguía podían apreciar a cualquiera que entrara a la Bodega y se sentara en una de sus amplias mesas de caoba, con sus anacrónicos candelabros al centro y sus servilletas semejando cisnes, gracias al doblado de un hábil mesero, descansando sobre los platones de cerámica.

El mesero, que conocía a ese par de individuos, trajo otro tazón de botana y una hielera con una XX y otra Victoria, y se retiró sin ofrecer mayor cortesía que su silenciosa indiferencia. Sabía muy bien que aquellos dos no dejarían ni un solo peso de propina y lo mejor era atenderlos rápido para que su presencia no se alargara más de lo estrictamente necesario, pues aquella mesa, si el día era favorable, podría ser en algún momento ocupada por clientes más dispuestos a congraciarse con él dejando unas cuantas monedas sobre la mesa por sus servicios.

Hablando de mamadas, dijo Manuel, después de un prolongado silencio, punteado por los tronidos de labios que se dejaban escuchar cada vez que alguno de los dos le daba un largo trago a su cerveza. Vengo justo de recibir una de campeonato. Fue una de esas mamadas lentas, que no quieres que se acaben nunca, y que están llenas de añoranza, ¿me explico?, mamadas tristes, por ponerles un nombre, como si se estuvieran despidiendo de tu verga pero a la vez pidiéndole perdón por no sé qué chingados. Suena estúpido, ya lo sé. Pero así se sienten o al menos así las siento yo.

¿Mamadas tristes? ¿De qué chingados estás hablando, Manolito? ¿La vieja estaba chillando mientras te la mamaba o qué mierdas? Eso ya suena a violación. Y en estos tiempos de empoderamiento ya sabes que por cualquier babosada te acusan de abuso.

Olvídalo, Murguía. No era nada.

Ya, no te me achicopales, Manolito. A ver, cuéntame. ¿Cómo fue o a qué le llamas tú una mamada triste?

La mera verdad ni sé, Voitila. Se me ocurrió ahorita.

¿Pero sí te la mamaron?

Sí, vengo justito del motel. Por eso no quería llegar a la casa y mejor me vine con mis únicos cincuenta pesos a echarme unos tragos.

Pues ya veo que te dejó melancólico esa tal mamada.

Ya ni sé si fue la mamada o todo lo demás. De unos días para acá ando que me lleva la chingada, como si no me encontrara o más bien como si me estuviera dando color de que nomás me la he pasado cagándola. ¿Sí sabes cómo?

Claro, Manolito. Eso que acabas de describir se llama vivir. Ni más ni menos. ¿Tú crees que el resto de nosotros anda por la vida sabiendo qué hacer? Aquí estamos todos iguales. Jodidos. Sin brújula. Y algunos desgraciados ni a lancha llegan. Ahí los ves a los pobres pataleando como desesperados nomás para no hundirse en el culero mar. Por eso hay que trabajar. Así al menos, cuando sientas los tirones que te quieren llevar a la chingada, tienes algo a qué agarrarte. Y por más que el ventarrón te quiera llevar, pues tú te aferras bien a ese pinche mástil o el nombre que le quieras poner a eso que te sirve de guía y sustento.

Manuel Espinoza le dio un trago a su Victoria y le ofreció una mirada de descreimiento a su compañero.

Ya sé que a ti todo esto que te digo te vale madres. Eres un anarquista. Un radical. Para ti todo aquel que tiene un trabajo estable es un puto burgués, un esclavo sodomizado por la gruesa e insensible verga del sistema. Pero lo ves así porque eres joven. Ya crecerás y verás que aquí todos nos tenemos que doblegar, ya sea ante el gobierno y sus impuestos, la salud y los achaques, o ante la mujer que escogiste como esposa. Al final del jodido día, o remas o te hundes.

Las monsergas de Murguía, aunque de buena fe, sólo servían para ensombrecer aún más el ya de por sí deplorable estado anímico de Manuel, quien ni siquiera podía reunir las fuerzas suficientes como para rebatirle al viejo periodista.

Mírate nomás, continuó diciendo Voitila, ya más por seguir escuchando su voz que por aliviar de su carga a su compañero, vienes llegando del motel, oliendo a ese jodido jabón que tienen en esos lugares, y lo único que puedes decir es que todo está mal y que nadie te comprende. Ya ni la muelas. Y todavía me sales con eso de que le estaban pidiendo perdón a tu verga por faltas que no sabes ni que cometiste. ¿Qué chingaderas son esas, Manolito? Hazme el reputo favor. Para mí, si me lo preguntas, todas las mamadas son tristes. ¿Y sabes por qué? ¿Eh? Pues porque la mera verdad es que a mi edad uno ya no sabe si esa mamada será la última. Y eso, escuincle, eso es pinche tristeza de verdad.

Para concluir su discurso, Murguía empinó su cerveza y bebió hasta secar el envase.

Las puertas batientes del Bremont se abrieron y tres figuras oscuras se colaron al interior del bar, dejando escapar risitas nerviosas, seguramente provocadas por alguna indiscreción murmurada por uno de ellos. Murguía intentó conseguir la atención del mesero, pero éste en ese momento estaba ocupado acomodando a los recién llegados.

A través del cristal que separaba los establecimientos, Manuel Espinoza vio que los meseros de La Bodega de Odilón trabajaban esmeradamente en el reacomodo de las mesas, arrastrando unas y juntándolas con otras. Al parecer esperaban un grupo grande. Un cumpleaños o una fiesta de graduación, pensó el escritor.

Las puertas del Bremont se abrieron de nuevo, y en esta ocasión entraron cinco personas más al bar. La hora de la comida se acercaba y al parecer los establecimientos se iban llenando. El mesero se dirigió de inmediato a los recién llegados, enfureciendo con ello a Voitila, quien comenzó a chiflarle para llamar su atención.

Ahí voy, dijo el mesero, cortante.

Estos lugares disque de mucha clase, y nomás son como todos los demás, renegó el periodista.

Como su cerveza apenas iba a la mitad, Manuel no le prestó mucha importancia al supuesto mal servicio ni a las quejas de Murguía. Su mente en esos momentos estaba ocupada por temores, recriminaciones y culpabilidad. No sabía si algún día llegaría a ser el escritor que deseaba ser, y no era que su ambición fuera desmedida, no pretendía ser un Faulkner o un Joyce, simplemente quería escribir como alguien cuyos libros él disfrutaría leer. Pero ojalá fuera sólo eso lo que lo tenía sumido en aquel estado melancólico, en verdad su principal preocupación en aquellos momentos era la naturaleza de su relación sentimental con Ana Laura. No la amaba. Al menos ya podía ser franco consigo mismo en cuanto a eso. Vivía con ella y era su amiga. Le agradaba pasar tiempo con ella. Lo hacía reír. Le hacía la vida más pasajera. ¿Pero era eso la vida en pareja? ¿O acaso se estaba aferrando a cuentos infantiles de lo que era el amor y la pasión? Quizá eso era la vida en pareja y punto. Nada de emociones desbordadas. Nada de deseos irrefrenables que nos llevan a hacer tonterías. No. El amor quizá era solamente eso, mesura, comprensión y convivialidad. Domesticidad. Cotidianidad. Una vida sin sobresaltos ni dramas. Un camino recto y bien aplanado. Un camino aburrido que solamente conducía a la muerte. No. Debía haber más, pensaba Manuel. Y era entonces que en su mente aparecía Abigail Pulido, una mujer llena de caprichos, inestable, con aspiraciones que él no podía ofrecerle, pero voluptuosa, siempre insatisfecha, dispuesta a entregarse plenamente al placer, sin detenerse un instante a considerar las consecuencias de sus actos, porque ella era así, impulsiva, atractiva, demandante, dueña de sí misma y de su entorno, pues a donde fuera las cosas comenzaban a comportarse como ella, como si se impregnaran de su voluntad y de sus deseos exuberantes, de sus ganas de consumirse como el fuego, incandescente y destructor, arrasando todo aquello que entra en contacto con él. Y someterse a eso, voluntariamente aceptar ese camino, era una categórica idiotez. Nadie en sus cabales se echaría un clavado a esa agua turbulenta, llena de emociones y placer, pero con tantos peligros acechando constantemente.

Y entonces, ¿qué quedaba? ¿Regresar a casa cada día y preguntarle a Ana Laura cómo le había ido, escucharla hablar de las yagas purulentas en la espalda baja de don Augusto Vargas o de lo difícil y mal pagado que era ser enfermera, mientras él volvía a quejarse de la gente del instituto, de esos parásitos del erario público, de esos burócratas invertebrados y de sangre fría que le chupaban la vida gota a gota, para finalmente acostarse a su lado y darle un beso de buenas noches y al día siguiente repetir de nuevo todo?

No, eso era una insensatez, y la misma Ana Laura lo sabía. Por eso se inyectaba analgésicos cada vez que podía. Y él, Manuel Espinoza, no tenía la autoridad moral para prohibírselo. De hecho, si no se drogaba con ella era solamente porque le tenía un miedo irracional a las agujas. Si aquella maldita droga viniera en píldoras, o incluso hasta en supositorios, allí estaría, anestesiado, lejos de esta miserable realidad que lo rodeaba en todo momento, que lo hacía sentirse enclaustrado, y que un buen día terminaría engulléndolo para finalmente desecharlo como lo que siempre había sido, un simple mojón.

El golpe de dos cervezas más sobre la mesa despabiló a Manuel, quien se había quedado mirando su estúpido reflejo sobre el cristal que separaba los establecimientos.

Por los marginados, dijo Murguía, alzando su cerveza.

Por la muerte, respondió Espinoza, chocando su cerveza contra la de Voitila.

Pinche humorcito que te cargas hoy, Espinosito. Si sólo supieras lo que otros están sufriendo hasta vergüenza te daría andar paseando tu cara largota por todas partes. Sin ir más lejos, conque hubieras estado hoy en la mañana conmigo en la Reserva del Azquel, habrías sido testigo de algo que te habría dejado los huesos helados. Y eso nomás pa empezar, pa picar diente. Pues ni pa qué te cuento del encuentro que tuve después con un lidercillo social, hijo de su reputa madre, nomás de acordarme hasta se me enchina el cuero.

Mejor ni me digas, Voitila. Yo no sé cómo le haces tú para soportar tanta pendejada. No podría trabajar en la policiaca ni aunque me fuera la vida en ello.

Supongo que al inicio pensaba como tú. Pero ya verás, con el tiempo la piel se va endureciendo. Aunque con todo y eso, hay cosas que luego a uno sí le llegan. Ni creas, uno no es de piedra.

Por la prensa libre, dijo el escritor, alzando su cerveza.

Por la nota roja, dijo Murguía.

Por los medios en línea, dijeron los de otra mesa.

Por el internet, dijeron otros.

Por los dinosaurios que no saben que ya se extinguieron, dijeron unos más allá, otros recién llegados, articulistas todos de un periódico en línea.

Por Facebook y el live streaming, se escuchó al fondo del bar.

Pues por su chingada madre, culeros, dijo finalmente Voitila, poniéndose de pie y encarando a la multitud dispersa y anónima que los rodeaba.

Se escucharon algunas risas. Alguno que otro le dijo que se sentara, que no se fuera a lastimar la espalda. Se escuchó a alguien bromear acerca de su playera floreada. Alguien más le recordó que aquí no era Mazatlán y a otro más que si se le había perdido la playa. Murguía intentaba enfocarlos, localizarlos, para ponerlos en su lugar. Pero la luz dentro del Bremont era tenue y ocultaba los rostros. Manuel Espinoza lo jaló de la manga, intentando sentarlo.

Uno por uno, bola de culos, dijo Voitila, antes de regresar a su asiento.

Las burlas poco a poco fueron cesando y el mesero se acercó a su mesa para ver si querían algo más. Manuel ya no tenía dinero y así se lo hizo saber a su compañero.

Usted no se apure, colega. Las que siguen van por mi cuenta. Faltaba más.

Manuel le agradeció en silencio, con un ligero movimiento de cabeza, mientras pensaba, total, ni para que aparecerme por la casa a estas horas.

La puerta de La Bodega de Odilón se abrió de par en par y en el umbral apareció una mujer diminuta, entallada en una minifalda, con unas botas de piel que le cubrían las pantorrillas enteras, y una ombliguera pegada a su torso que le realzaba los compactos pechos y cuyo estampado decía: SMILE.

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Apropiación

A mitad del camino de la vida en una selva oscura me encontré, porque mi ruta había extraviado, porque nada había ya sagrado, porque la autopista la lluvia había cerrado, y principalmente porque un quiste pilonidal me había brotado. Comenzó como una molestia en la parte baja de la espalda causada por una protuberancia que me impedía sentarme de forma adecuada, e inicialmente atribuí la desazón a una común y corriente espinilla, cuyo único logro o mérito, aquello que la separaba del resto de las de su especie que a lo largo de la vida había llegado a conocer, era la zona de mi cuerpo que había elegido para hacer su incómoda aparición. Pero pasados cinco días la bola no había explotado en el festival de grasa y sangre que había esperado, al contrario, persistía, rotunda y esférica, y no sólo eso, había dejado atrás su estado líquido y transitorio para adquirir una consistencia sólida, más acorde a la permanencia. En efecto, la protuberancia había llegado para quedarse, corroboró el médico especialista. No se trataba de una espinilla, sino de un quiste, y había que operar. ¡Ah es cosa dura, decir qué era esa bola salvaje, áspera y fuerte, que en el pensar renueva la pavura!

 

Último refugio

El Servicio Postal no contaba con una oficina en el Mezquital y por ello los correos arribaban a la tienda de don Herme, quien, además de sus obligaciones como abarrotero, debía recibir las cartas, organizarlas, guardarlas y entregarlas a sus destinatarios cuando éstos se aparecieran en su negocio preguntando si había llegado algo para ellos.

Aquel día don Herme, después de decirle por undécima vez lo mucho que lamentaba la muerte de su abuelo, le entregó tres sobres a Arturo Lara. Dos provenían de la ciudad de Durango. El tercero ni siquiera estaba dirigido a él. En silencio Arturo le regresó aquella carta y guardó las otras dos.

Ya no hay hombres como don Damián, repitió el viejo, detrás del mostrador.

Para Arturo estaba claro, los años habían arrojado al abarrotero al laberinto de la demencia senil. Cada vez que venía a la tienda el viejo decía las mismas cosas, en el mismo orden, como una maldita grabación. Su abuelo llevaba casi un año muerto y don Damián no soltaba el tema. Y ahora incluso le había entregado una carta que ni siquiera era para él.

Buen día, don Herme, se limitó a decir Arturo.

Buen día, hijo. No tardes mucho en volver. Acuérdate de nosotros los viejos.

Descuide, pasaré por aquí antes de lo que se imagina.

Ve con Dios.

La mera verdad no sé si él quiera ir conmigo, se fue pensando Arturo, al dejar atrás la tienda de abarrotes. Se subió a su camioneta y tomó el camino que lleva a La Rosita.

El paisaje era el mismo. Huizaches y piedras. Tierra dorada. Tierra seca. Montes lejanos. Y encima de todo, un ominoso cielo azul.

En la superficie nada había cambiado. Esta seguía siendo la tierra que su abuelo conoció y amó. Pero en el fondo Arturo sabía que nada era igual.

Las apariencias engañan, se dijo, doblando el volante para tomar la última curva.

Al dar la vuelta dio de frente con el poste sobre el cual dos noches atrás había aparecido el cordero crucificado. El animal pertenecía al rancho La Rosita. En su oreja colgaba aún el arete que así lo atestiguaba. Alguien lo había robado para después matarlo y clavarlo a ese poste. Sobre la cabeza le colocaron una corona de espinas. Definitivamente, pensó Arturo, no carecían de sentido del humor. Un corte recorría el pecho del animal, cuyas vísceras yacían tendidas sobe el suelo. Al bajarlo de su cruz, Arturo advirtió que algo habían dejado dentro del animal. Metió su mano al interior del cordero asesinado y extrajo un papel ensangrentado.

Paga.

El mensaje no podía ser más claro.

A pesar del horror de la escena, Arturo no pudo más que apreciar los métodos tan abrumadoramente sencillos y eficaces que utilizaban aquellos hombres para darse a entender.

La violencia es elocuente, y ellos lo saben, pensó.

Un cordero crucificado.

Paga.

Nada más fácil de entender.

Desde la noche en la que el rancho del Jefe había sido incendiado, al contrario de lo que inicialmente había pensado la gente, las cosas sólo habían empeorado. Un nuevo orden intentaba imponerse a base de amenazas, intimidaciones y actos violentos. Algunos habían cedido. Algunos habían huido. Algunos habían hecho frente y habían pagado las consecuencias de su hombría. La sangre se convirtió en la moneda de cambio. Este era el nuevo orden.

Mientras el Jefe estuvo a cargo de aquella zona, La Rosita había salido bien librado. A pesar de las cosas terribles que se decían de él, al menos el Jefe había cumplido su palabra. Hasta sus últimos días respetó a Damián Lara y dejó su rancho en santa paz. Pero los nuevos jefes nada sabían de ese trato, del pasado o del honor. Ellos sólo conocían lo que su ambición les permitía y la violencia necesaria para satisfacer sus apetitos. Su visión era de corto alcance y eso tenía sus desventajas. Pero también les brindaba grandes ventajas: los hacía tremendamente eficaces; no perdían el tiempo.

Aquella nota ensangrentada no era la primera vez que habían entrado en contacto con Arturo. Un par de meses atrás dos camionetas negras se estacionaron frente al rancho. No se molestaron en buscar el amparo que les concedía la oscuridad de la noche. Se presentaron a pleno mediodía, como si aquello se tratara de una visita de negocios. Un hombre bien vestido, con un sombrero Stenson y unas botas de piel de cocodrilo, se acercó hasta la puerta, mientras dos de sus hombres, con metralletas colgando de sus hombros, lo siguieron con la mirada desde su posición frente a las camionetas.

Buenas tardes, caballero, dijo aquel hombre, con sus ojos ocultos tras los cristales opacos de sus gafas Prada. Y con una sonrisa amplia añadió: Le traigo un anuncio.

El anuncio era que estaba siendo extorsionado. De ahora en adelante, si quería seguir trabajando su rancho ganadero debía reportarles una suma de dinero mensualmente.

Puede dejarnos la cantidad dentro de un sobre con don Herme, sólo dígale que es para la Hermandad y él sabrá qué hacer. ¿Sí sabe de quién le hablo?

¿Don Herme? Sí, claro.

El hombre le deseó un buen día y se retiró. Las camionetas abandonaron la propiedad, dejando tras de sí una nube de tierra.

Ni siquiera tenía que verlos. Eso era eficiencia. Sería como si no existieran en su vida. Arturo sólo debía hacer a un lado parte de las ganancias y depositarlas en un sobre. Don Herme se encargaría del resto. Por supuesto, el problema era ¿qué ganancias? La Rosita difícilmente salía de números rojos. La venta de ganado había empeorado desde la muerte de su abuelo. Al parecer, los conocidos de don Damián siguieron comprándole vacas y borregos por deferencia al viejo. Pero una vez que éste murió, ninguno volvió a aparecerse por el rancho. Las ventas se habían deslomado, pero el ganado aún requería alimentos y cuidados, es decir, costaba dinero, y esta situación finalmente terminaría por llevarlo a la banca rota.

Aun así Arturo cumplió con su parte. A final de mes dejó un sobre para la Hermandad con don Herme, quien al escucharlo decir el nombre de aquella agrupación le ofreció una mirada llena de conmiseración.

Así son las cosas ahora, dijo Arturo.

Pensé que al menos por respeto a la memoria de su abuelo dejarían La Rosita en paz.

Esos hombre no tienen memoria ni respeto, don Herme.

Pues mire cómo me lo tienen, quiso agregar Arturo, pero prefirió callar, trabajando para ellos.

El sobre que dejó ese día no contenía dinero sino la hoja de balance del rancho, la cual claramente mostraba que ese mes había habido pérdidas.

Me dijeron que querían parte de las ganancias, pensó Arturo, pues ahí lo tienen. Puras pérdidas. ¿Van a querer compartir esas también?

Los hombres no volvieron. Al mes siguiente Arturo realizó la misma acción. Don Herme les entregó de nuevo la hoja de balance.

Y luego apareció el cordero. Eran ellos. No había duda. ¿Quién más podría haber hecho algo así? Se habían cansado de recibir hojas de balance. Querían su tajada. No les importaba que el rancho tuviera pérdidas mes con mes. Ese no era problema suyo, ¿o sí?

Arturo estacionó su camioneta frente a la entrada y entró a la casa. Dejó las dos cartas sobre la mesa y se dirigió al baño. El desayuno le había caído pesado. Consideró la posibilidad de estar convirtiéndose en un intolerante a la lactosa. Al carajo las extorsiones y los putos corderos crucificados. Esa era una verdadera desgracia, volverse intolerante a la lactosa. Con lo que le gustaban los quesos y las malteadas.

Al salir del baño, distinguió el olor a cigarro proveniente de la sala. En el sofá encontró a su hermano, fumando con los pies sobre la mesa de madera. A pesar de que llevaba un mes aquí, aún no se acostumbraba a su presencia, a encontrárselo por la casa o en las caballerías.

¿Fuiste al pueblo?

Sí.

A nadie había afectado más profundamente el incidente del cordero que a Gabriel, quien de inmediato propuso que debían abandonar el rancho, largarse de allí cuanto antes, qué chingados importaba el cordero, déjenlo clavado allí, a la chingada con él.

Arturo le dijo que podía irse, si eso quería, pero él se quedaría. Al escucharlo Gabriel pareció reconsiderar las cosas. ¿Y a dónde iba a ir? Sus padres no lo querían ni ver y para haber terminado buscando refugio aquí en el rancho algo terrible debió haberle sucedido. Al menos eso sospechaba Arturo, quien lo había recibido sin hacerle preguntas. Pero que no se las hiciera a su hermano, no quería decir que él mismo no se las hiciera. ¿Qué hizo? ¿Qué le pasó? ¿Por qué vino a caer acá? ¿Qué habrá hecho? ¿Tanto dinero debe? Gabriel llevaba años sin visitar La Rosita, y su repentina aparición daba mucho espacio a la especulación. Sin embargo, Arturo decidió alojarlo sin importar las razones que lo habían llevado hasta acá. Finalmente era su hermano y éstas eran las cosas que se hacían por ellos.

¿Y no viste nada?

Pues vi muchas cosas. Pero si te refieres a si vi algo sospechoso. La respuesta es no.

La situación del cordero en verdad lo había dejado marcado. Su desmedida paranoia y su ingobernable ansiedad eran claros indicativos de que Gabriel se encontraba en esos momentos en los más profundos abismos de la abstinencia. No dejaba de mover sus manos. Fumaba todo el día. Un cigarro tras otro. Su cuerpo parecía vibrar constantemente. No podía concentrarse en nada. Sus ojos brincaban de un lugar a otro. Estaba demasiado flaco y pálido. Y lo peor de todo, cualquier cosa le causaba un terror pánico, ante el cual cualquier razón, explicación o argumento se desvanecía. Si el chiflido de la cafetera o un caballo relinchando en las caballerías despertaban en él los más profundos temores, imposible imaginar el horro que causó en él la crucifixión del cordero.

¿Crees que tengamos que dejar el rancho?

No lo sé, Gabo. Espero que no. Pero no sé cómo vayan a reaccionar esos hombres.

Esa gente no se anda por las ramas, Arturo.

Ya lo sé, Gabo.

¿Y entonces?

¿Entonces qué?

¿Pues qué vamos a hacer?

No lo sé, cabrón. Para serte sincero ni siquiera estoy pensando en eso ahorita.

¿Ah, no? ¿En serio?

En serio.

¿Y en qué piensas?

En si seré o no intolerante a la lactosa.

No chingues, Arturo.

No chingo, Gabo.

Los dos hermanos rieron. Gabo apagó su cigarro en el cenicero, no sin antes encender otro con el último. Arturo se estiró y tomó los sobres de la mesa. Abrió el primero. Propaganda. Una compañía farmacéutica promocionaba su nuevo producto para desparasitar ganado. El segundo era más pesado y mostraba varios sellos legales. Arturo lo abrió y sacó varias hojas membretadas. Su nombre aparecía en la parte superior, junto al de la propiedad La Rosita, el de su tío y el de unos abogados. Leyó el primer párrafo y después el segundo. El texto estaba lleno de verborrea legal que apenas podía comprender y que le dificultaban la lectura. Sin embargo, cuando llegó a la segunda hoja, no tuvo ninguna duda, aquello era una demanda legal. Su tío Enrique finalmente había cumplido con su palabra de interponerle una demanda por la herencia del rancho.

Lo que faltaba, dijo Arturo, dejando caer las hojas sobre la mesa.

¿Qué? ¿Qué pasó?

Nada. El tío Enrique me está demandando.

¿Por el rancho?

Sí. Lo quiere vender, al igual que mi mamá y el resto de la familia. Soy el único pendejo que le importa un carajo lo que el abuelo quería.

Gabriel bajó los pies de la mesa, se sentó correctamente y tomó aquel legajo. Paseó sus ojos unos momentos por encima de aquellos párrafos cifrados en terminología legal antes de darse por vencido y dejar las hojas de nuevo sobre la mesa.

¿Y entonces, lo vas a vender?

No sé. No quiero. Pero ya ves cómo están las cosas. Por un lado aparecen corderos crucificados y por el otro demandas legales. Es como si el mundo se empeñara en hacerme saber que soy un idiota al aferrarme a esta propiedad. Si el abuelo supiera lo que me esperaba al pedirme que defendiera el rancho, que hiciera lo posible porque permaneciera en la familia, no creo que me lo volvería a pedir. Pero qué digo, si el muy cabrón bien que sabía. Si me lo dijo clarito: en cuanto estire la pata, tus tíos te van a caer en manada. Y míralos. Todos detrás de sus abogados. Todos listos para hundirle el diente a las ganancias de la venta.

No deberías vender, dijo Gabo. Digo, es lo que quería el abuelo, ¿no?

Arturo lo miró desconcertado. ¿Acaso no había escuchado lo que había dicho? Estaba siendo demandado, por sus propios tíos. Por su propia madre. ¿Qué debía hacer? ¿Subir al techo, enfundarse en una bandera y arrojarse al vacío cual niño héroe?

No. No debería, dijo Arturo, después de una pausa. ¿Pero qué se le va a hacer? Es una lástima, apenas estábamos hermanando de nuevo.

Gabo encendió otro cigarro. La noticia de la demanda parecía haberlo afectado de sobremanera. Lucía nervioso. Asustado. Tomó la demanda de nuevo. Intentó leer algo. ¿Qué podía hacer? ¿Si llegaba a entender algo, acaso iba a salir con alguna artimaña legal para salvarlos?

La droga le ha encogido el cerebro, se dijo Arturo, levantándose del sofá.

Iré acostarme un rato.

Pero Gabo ni siquiera lo escuchó. Estaba perdido en sus temores, intentando escapar de ellos por medio de aquellas palabras, buscando en ellas desesperadamente una salida. No podían vender el rancho. No podían hacerle eso. Aquel lugar era su última guarida. Qué demonios importaba la última voluntad del abuelo. Para él era cuestión de vida o muerte. O mejor dicho, de prisión o libertad. Vender La Rosita significaba tener que dar la cara de nuevo en Durango. Y allá alguien daría con él. Allá alguien sabría lo que había hecho y entonces estaría perdido. El peso de la ley caería le encima, lo aplastaría. Todos lo sabrían. Su crimen saldría a la luz. Todos lo sabrían. Y entonces nadie podría rescatarlo. Estaría condenado. No y diez mil veces no. El rancho no estaba en venta, no importaba cuántos putos borregos colgaran o cuántas pinches demandas enviaran. Él tenía que permanecer aquí, donde nadie sabía lo que había hecho, donde sus crímenes no existían.

La Rosita era su último refugio.

Preferimos callar

Regresamos a San Patricio después de comprobar con nuestros propios ojos los rumores que habíamos escuchado en Durango acerca de lo ocurrido en el poblado de la Cañadita. Durante los meses pasados Salvador Carrasco se había negado a creer aquella terrorífica historia. Nadie arrasa con un pueblo de la noche a la mañana y sin ningún motivo. ¿Y qué razón podrían haberles dado los pobladores de la Cañadita, si eran gente tranquila que difícilmente se entrometía con los extraños? Simplemente no había manera de dar crédito a esos rumores. Los de la Cañadita eran indígenas que se mantenían al margen de los asuntos del gobierno, los narcos, los mineros y los demás ganaderos de la región. De ninguna manera habrían podido provocar una reacción tan desmedida, tan drástica. Pero todo resultó ser cierto. Allí yacían las vigas carbonizadas, junto a los cuerpos putrefactos. Los perpetradores de aquel horror ni siquiera se habían tomado la molestia de ocultar la crueldad de sus actos. No habían dejado ni una sola casa en pie. Ni un solo cuerpo con vida. Salvador y yo tardamos en dar crédito a aquella barbarie, a pesar que frente a nosotros teníamos la evidencia de aquel holocausto.

Jamás he olido algo en mis sueños, pero ahora aquel olor me despierta por las noches.

Salvador quiso enterrar los cuerpos de sus antiguos alumnos y sus familiares. Pero de inmediato supe que si lo hacíamos no volveríamos a ser los mismos. No había manera de regresar al mundo después de enterrar a un pueblo. No lo sé. Incluso ahora no puedo explicar bien la sensación, pero en ese momento tuve la sensatez suficiente como para saber que debíamos alejarnos de aquel lugar lo antes posible. Los rostros desmadejados por las llamas de aquellos hombres nos perseguirían hasta la muerte si permanecíamos allí un minuto más. Ningún ser vivo pertenecía a ese lugar. El pueblo entero, reducido a cenizas, pertenecía a otro reino, uno al cual a ningún hombre le debería estar permitido ingresar.

Hijos de puta, dijo Salvador.

Durante el trayecto a San Patricio manejé yo; mi compañero estaba incapacitado para realizar cualquier tarea. Jamás he visto a un hombre quebrarse así. Arrellanado en el asiento del copiloto, Salvador lloraba a lágrima tendida. Y no había nada sentimental al respecto. Sus lágrimas eran lágrimas de indignación y odio. Él los conoció. Él los visitó incontables ocasiones durante los últimos siete años. Él sabía cada uno de sus nombres. Y ahora ninguno de ellos existía. Semejante aberración era imposible de concebir. Ningún desastre natural había causado aquella tragedia. Ni siquiera una epidemia podía tener aquella fuerza devastadora. ¿Qué agente del demonio habitaba estas tierras? ¿Quién había desatado aquella voraginosa maldad? ¿Existía dentro de cada uno de nosotros la crueldad necesaria para cometer actos de esa naturaleza? ¿Acaso los hombres estamos condenados?

Hijos de puta.

Desgraciados hijos de su reputísima madre.

Al llegar a San Patricio nos estacionamos sobre la calle principal. Con 2,500 pobladores, aquel es el pueblo más grande en la región. Cuenta con un telégrafo y alumbrado público. No hay servicio telefónico. Tampoco hay una escuela, pero la Secretaría de Educación tiene una bodega allí, la cual utiliza para almacenar utensilios escolares que luego serán repartidos en los pueblos vecinos.

Sin ser capaces de obligarnos a bajar de la camioneta, Salvador y yo permanecimos dentro de la cabina durante un buen rato, al tiempo que los pobladores de San Patricio realizaban sus actividades cotidianas a nuestro alrededor. El mundo que teníamos frente a nosotros nos parecía falso e irreal. Una impostura. Incluso nuestras vidas mismas tenían en ese momento la extraña calidad de no pertenecernos, de ser las de otros hombres, como si hasta este día alguien más hubiera vivido por nosotros, habitando nuestros cuerpos y utilizando nuestras mentes. ¿O era al revés? ¿Acaso habíamos sido invadidos por entidades desconocidas? ¿Quiénes éramos? ¿Qué mundo habitábamos? La sensación de irrealidad que nos embargó esa mañana es difícil de describir, justamente por ser tan fuera de este mundo, a causa de su intrínseca extrañeza. Las palabras de esta realidad son incapaces de expresarla. Y sin embargo, seguíamos allí, es decir, aquí, en este mundo, dentro de una cabina, con un pueblo a nuestro alrededor y el sol por encima de nosotros. En la superficie nada parecía haber cambiado. Pero nada era igual. Y lo sabíamos. Incluso en esos primeros momentos intuíamos que jamás podríamos regresar a ser las personas que habíamos sido hasta esa mañana. Una parte de nosotros se había quedado allá en la Cañadita. Poco importaba que tan sólo hubiésemos estado allí unos cuantos minutos. La brutalidad de aquella escena tenía la fuerza suficiente como para quedarse con nosotros el resto de nuestros días.

Hijos de puta.

Hijos de puta, repitió Salvador, sin molestarse en secarse las lágrimas.

Sus ojos estaban irritados y su cara demacrada. Podía ver hasta dónde lo había afectado lo sucedido. Mi compañero había dejado de ser un hombre. No sé qué era ahora. Pero no un hombre. Todo rasgo humano había desaparecido. Y comenzaba a sospechar que aquello lejos de ser una maldición, era lo mejor que le habría podido pasar. Si los hombres eran capaces de llevar acabo semejante matanza, esa mañana tampoco yo deseaba seguir siendo un hombre.

Finalmente logramos convencernos que lo mejor sería salir de la cabina de la camioneta e intentar saber qué había sucedido en la Cañadita. Pero rápidamente comprobamos que no estábamos capacitados para hablar con nadie. Los rostros de las personas que caminaban esa mañana por las calles de San Patricio nos resultaban agresivos y grotescos, agresivamente grotescos. Nuestra sensibilidad tenía un límite, y ese día lo habíamos alcanzado. Estábamos saturados, atrofiados, deshechos emocionalmente.

No tuvimos que decirnos nada para entrar a la cantina. En cuanto pasamos frente a la puerta ingresamos automáticamente. Quizá la potencia del alcohol nos regresaría a la tierra, nos haría habitar nuestros cuerpos de nuevo.

Pedimos sotol y nos sentamos frente a la barra. No miramos a nadie y esperábamos que nadie nos mirara. Pero aunque nos sintiéramos tan lejanos al mundo, al punto incluso de ser completamente invisibles, no lo éramos, nuestros cuerpos estaban allí, a la vista de todos.

Parece que vieron un fantasma, dijo el cantinero.

¿Uno? Varios. Un pueblo entero. Un pueblo fantasma, para ser exactos.

Ni Salvador ni yo respondimos. Al ver nuestros vasos vacíos, el cantinero nos sirvió más sotol.

Estos van por la casa, dijo.

Su amabilidad tuvo la fuerza suficiente para hacerme alzar la cabeza y mirarlo a los ojos.

Gracias.

No se apure, profe. Estos días todos necesitamos un trago.

O varios, dijo Salvador, a mi lado.

Así es, profe. Varios.

¿Cómo supo que éramos maestros?

No son de San Patricio ni de los pueblos vecinos. Si lo fueran, ya los habría visto. Tampoco son de los malos. Eso está claro. ¿Y quién más viene hoy en día hasta acá? Maestros. Nada más.

Después de decir esto, rellenó nuestros vasos de nuevo.

Por la cara que traen, me imagino que vienen de la Cañadita, o mejor dicho de lo que quedó de ella.

Asentimos en silencio.

Dios los tenga en su gloria.

Y a los otros en el infierno, esputó Salvador.

No se me alebreste, profe. Ya no se sabe quién puede escucharnos.

¿Sabe lo que pasó?

Pues si ya fue a ver cómo quedó aquello, ¿qué quiere que le cuente?

¿Hace cuánto sucedió?

Hará unos tres meses. Fue durante el verano. Pero si me permite darle un consejo, mejor no ande haciendo tantas preguntas. Por aquí la gente anda muy asustada. Todos saben lo que sucedió allá arriba. Preferimos callar. No vaya a ser que corramos la misma suerte.

Tanta circunspección de su parte me obligó a pasear la mirada por la cantina en busca de personajes sospechosos. Pero no estaba en posición de juzgar correctamente. Todos los hombres en la cantina me parecieron asesinos. Sus caras irradiaban maldad y sed de sangre. Regresé mi mirada a mi bebida.

¿Se salvó alguien?

Un anciano. Dicen que todavía anda por allí. Los cazadores se lo encuentran de vez en cuando allá en las montañas. Incluso lo han visto por aquí cerca. Pero nunca baja al pueblo. Personalmente no lo he visto. Y le ruego a Dios que nunca me lo ponga enfrente. Su dolor debe ser inmenso. Me quemaría el alma.

Salud por él, dijo Salvador.

Salud, dijimos el cantinero y yo.

Salud.